Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
«FIESTA DE TODOS LOS SANTOS«
“La santidad de Dios se ha hecho patente en la belleza de Jesucristo: “¡Oh Verbo!, ¡Oh Cristo! ¡Qué bello y qué grande eres!”
Domingo 1 de noviembre de 2020
En este domingo, que coincide con la fiesta de Todos los Santos, encontramos una gran oportunidad para celebrar y agradecer la vocación a la santidad que se nos ha concedido y de buscar avivarla en nosotros. Hemos sido hechos santos desde el día de nuestro bautismo por la acción del Espíritu Santo, pertenecemos a un pueblo de santos, la Iglesia es santa, lo decimos en el credo. Jesús, en las bienaventuranzas nos invita a ser santos. El Papa Francisco en su Exhortación sobre la santidad identifica bienaventuranza con santidad: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha”(G et E, 64).
También, hoy, es para muchos “el día de los angelitos”, refiriéndose a todos los niños fallecidos. Tal vez, en su entender, son los más seguros de ser santos, de los más grandes que no estén canonizados por la Iglesia quién sabe. Claro que sabemos que hay muchos santos no canonizados, que tal vez conocimos. Pero, también, puede ser una manera de intuir el criterio básico para entrar al reino de los cielos, que consiste en ser como niños. Los que murieron de niños tienen que ser santos por el hecho de serlo. Tal vez queden bien retratados en la bienaventuranza de
“los limpios de corazón”, porque “tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad”(G et E, 83), se mantienen en la inocencia del amor de Dios, la maldad, el egoísmo no los ha pervertido.
Sólo Dios es santo, en cuanto misericordioso y justo, pero ha querido irradiar su santidad en toda la creación, de modo más perfecto en el hombre. Así lo cantamos en la eucaristía: “Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de su gloria”. La belleza de la creación, su perfección, es su santidad. El hombre es el más claro reflejo de Dios sobre la tierra, semejante a él en su vocación a la santidad: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”(Lev 19, 2). Existe una ley de santidad en cada cosa por ser creada por Dios. La contemplación de la creación inspira deseos santos, porque es reflejo de la gloria de Dios, nos dice san Buenaventura. De ahí el compromiso por cuidar la obra de las manos del Señor.
Sin embargo, la santidad de Dios se ha hecho patente en la belleza de Jesucristo: “¡Oh Verbo!, ¡Oh Cristo! ¡Qué bello y qué grande eres!” Jesús es el Santo de Dios(Mc 2, 24) porque ha sido concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Es la “obra maestra” del Espíritu, es la santidad de Dios en el mundo. La santidad “en último término, es Cristo amando en nosotros, porque la ‘santidad no es sino la caridad plenamente vivida’. Por lo tanto, ‘la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo modelamos toda nuestra vida según la suya. Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo”(G et E, 21).
Jesús se revela desde lo más profundo de su ser en este canto de amor a Dios y al prójimo, que son las Bienaventuranzas. Ante todo son un decreto de felicidad, no se trata de unas ideas discutibles relativas a cada uno, sino que se trata de una
declaración de plenitud de felicidad, independientemente de si se está de acuerdo o no con ellas o si se es creyente o no. Esto es así. Dios simplemente nos regala la felicidad, ciertamente se necesitan ciertas actitudes para que se cumpla en nosotros. Frente a las bienaventuranzas podemos recordar el dilema que pone Dios Yahvé al pueblo de Israel frente a su Ley: “Mira, hoy pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandamientos… vivirás y serás fecundo. Pero si tu corazón se desvía… no vivirán mucho tiempo”(Dt 30, 15-18). En las bienaventuranzas se inaugura el evangelio de la gracia, ponen el acento en la iniciativa de Dios, que quiere que sus hijos sean felices y ya. De entrada, los pobres, manos y humildes son dichosos porque Dios los ama preferencialmente.
En primer lugar, Jesús nos revela la vocación de todo ser humano a ser felices. Si hay algo en lo que nos podemos poner de acuerdo todos es en el deseo de felicidad. Después, cada quien tendrá su propuesta para alcanzarla: el conocimiento, la contemplación, la acción, el placer, la vida comunitaria, la ascesis, etc. Sería muy extraño que alguno se opusiera a la felicidad, algo andaría mal en él. Sabiendo esto muchos abusan de ello ofreciendo “paraísos terrenales” a cambio de la conciencia o de la dignidad humana. Hay muchos “encantadores de serpientes” que endulzan el oído con ofertas muy baratas de felicidad, “enemigos de la cruz cuyo Dios es el vientre”, nos dice san Pablo(Flp 3, 18-19).
No se trata de sufrir, sino de amar como Dios nos ha amado:
“Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, que no sólo nos llamamos hijos sino que en verdad los somos”(1Jn 3, 1). Las condiciones para ser bienaventurados(pobres, hambrientos y sedientos, mansos, humildes, misericordiosos, etc), no son un monumento al sufrimiento, a la depresión, la tristeza, la baja
autoestima, sino signos de la capacidad de amar. Si no fueran pruebas del amor a Dios y a los hermanos, merecerían la crítica de san Pablo a los que “reparten todos los bienes a los pobres y entregan sus cuerpos a las llamas, sin amor”(1 Cor 13, 3), de na da sirve eso. Claro que esto reclama renuncias y sacrificios, pero no hay una relación simplemente inversa entre el sufrimiento y la felicidad o la santidad. No a todo sufrimiento le corresponde la recompensa de ser felices.
Felices los que sus problemas son de categoría porque tienen que ver con la causa del reino de los cielos. Los que por tener los mismos sentimientos de Cristo(Flp 2, 5) son pobres, humildes, mansos, misericordiosos, pacíficos y son perseguidos. Caminan con las heridas del amor de Dios expuestas en este mundo. Es una gracia el que Dios nos conceda cargar sus sueños, anhelos y sufrimientos, aunque tengamos que llevar este tesoro en vasijas de barro(2Cor 4, 7). Es como llevar por todas partes la muerte de Cristo en nuestro cuerpo, para que en él se manifieste la vida(2Cor 4, 10) Los signos de la muerte de Cristo en nosotros serán, precisamente, la pobreza, la mansedumbre, el hambre y sed, la persecución. Es como estar “enfermos” de Dios. Vale más estar enfermos de Dios, que muy sanos del mundo con sus criterios egoístas.
Finalmente, metidos en este mundo, habrá limitaciones, hambres, sufrimientos, angustias, no son exclusivos del camino de Jesús, uno sabrá si los invierte en sus mezquinos proyectos o en la causa de Jesús. Él ha venido a darle una causa digna a nuestra “miserable vida”. No nos ha cancelado las fragilidades y adversidades, pero ha plantado una “empresa” que las redime, las rescata del “valle de lágrimas”, para que no seamos llorones amargados, frustrados, sino de aquellos cuyo llanto los hace más grandes y respetables, porque no se lloran a sí mismos, sino que se dan el lujo de llorar los problemas ajenos.
Contemplemos a Jesús llorando en el evangelio. Llora por su pueblo, porque ha desaprovechado la oportunidad que Dios le daba: “¡Si en este día comprendieras tú también los caminos dela paz! Pero tus ojos siguen cerrados”(Lc 19, 42). Llora por su amigo Lázaro, pero no para deshacerse en lágrimas, sino para anunciar el poder de la resurrección: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá…”(Jn 11, 25).
Aunque el mundo nos enseña a honrar y admirar a los vanidosos, orgullosos, ambiciosos, los que obtienen ciertos éxitos materiales y poderes de este mundo, la gente que verdaderamente vale la pena y merece respeto y honores son los santos, canonizados o no, porque son gente de gran estatura y corazón, que vivieron el gozo de ser libres frente a todas las seducciones del mundo para gestionar su vida al servicio de sus hermanos. Tal vez, desde la ciencia moderna se les diagnostique cierta locura, pero nunca las patologías más tristes del vivir para sí mismos. Y si somos justos se deberá reconocer una astucia en ellos que no procede de este mundo.
Cierto culto a los santos da la impresión de que se les adora como a dioses, eso es problema de la fe no muy evangelizada que tenemos. En realidad ellos son testigos de las bienaventuranzas. Aunque a veces proyectamos sobre ellos nuestras tristezas, desalientos, fragilidades, ellos fueron hombres llenos de la alegría del Espíritu Santo. No tuvieron necesidad de odiar o hacer daño a quienes les rodeaban para ser felices, porque el amor de Dios los inundaba. Tampoco de ambicionar las cosas del mundo, porque el Señor era su herencia(Sal 16, 5- 6). Por el contrario, se sentían tan desbordados por la gracia de Dios que fueron siempre alivio, consuelo, alimento para sus hermanos. Que se alegren y regocijen porque su recompensa será grande en los cielos.










