– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXII ORDINARIO
31 de agosto de 2025
Lc 14,1.7-14
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Jesús sigue “poniendo el dedo en la llaga”. Ahora vuelve a tocar una cuestión medular de la condición humana. Continuamente hay una lucha por la supremacía en la convivencia social. Pareciera ser inherente al corazón humano el deseo de imponerse sobre los demás. Las relaciones entre las personas casi siempre se dan entre luchas por el poder. Apenas comienzan los encuentros y comienza el “acecho de la presa”, la búsqueda de la vulnerabilidad del otro para dominarlo. Claro que esto no sucede abiertamente sino discretamente. Esto es algo que hay que reconocer que así es, que está dentro de nuestro instinto de conservación, no se puede negar. En principio es una energía neutra que si administramos adecuadamente nos conducirá al cumplimiento de nuestra misión. Tal vez más que búsqueda del poder se trate de la vocación que todos tenemos de crearnos a nosotros mismos.
Sin embargo, lo vivimos en la inseguridad que todos sentimos de la propia condición de fragilidad. Nunca estamos en la plenitud de lo que somos, siempre estamos frente a un gran abismo. Cuando no sabemos gestionar nuestra vulnerabilidad caemos en la “histeria” del poder. Como cuando está en peligro nuestra vida y reaccionamos agresivamente para preservarla. Pero cuando la sensación de vulnerabilidad llega a ser enfermiza estaremos reaccionando desproporcionadamente tratando de someter a los demás. El otro siempre será una amenaza para nuestra fragilidad. Cuando Jesucristo denuncia nuestras reacciones egoístas, en realidad está invitando al banquete de su sabiduría a “pobres”, “lisiados”, “cojos” y “ciegos”, que somos todos, para ayudarnos con nuestros miedos, tristezas y amarguras, que nos hacen agresivos. Querer ser más que los demás nos pone en nuestros niveles más básicos de “salvajes”, pero Jesús huele nuestro miedo, nuestra fragilidad, y se compadece. La sabiduría de Jesús coincide con la del sabio del Antiguo Testamento, que invita al hombre a administrar sus límites con provecho: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ese el Señor, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria” (Eclo 3, 19-21). Los sabios son muy conscientes de los límites humanos, pero también nos enseñan los caminos de la verdadera grandeza, como lo hace Jesús en el texto que meditamos: “Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido” (Lc 14, 11).
Seguramente que Jesús sintió compasión al ver aquel espectáculo de personas que “pelean” los primeros lugares. Se le debió representar como niños hambreados que no se detienen ante nada para obtener un pedazo de pan. Es cierto que provocan indignación por que el “pan” que ellos buscan es el poder, que los hace parecer fuertes, pero en realidad tienen hambre de afecto, de reconocimiento, de consuelo, son víctimas de su realidad. Para Jesús no hay condición más denigrante que la idolatría de las cosas del mundo. Para empezar el ser humano se denigra porque su inteligencia, que lo distingue de los animales, está en la manera al entender que la vida está en las cosas o títulos que se posea. Y en segundo lugar, porque un corazón que se conforma con las glorias del mundo, no da razón de su infinita grandeza. El hombre está hecho para la eternidad no sólo para los triunfos pasajeros de este mundo. La carta a los hebreos nos recuerda la vocación divina del ser humano: “Cuando ustedes se acercaron a Dios, no encontraron nada material… se han acercado a Sión, el monte y la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a la reunión festiva de miles y miles de ángeles, a la asamblea de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo”(Heb 12, 18. 22-23).
Es por ello que Jesús les quiere ayudar a “sacar la casta”, a indignarse con ellos mismos. Tal vez le dio pena ajena ver a aquellos “dignísimos” personajes revolcarse en el lodo de sus ambiciones. Con la misma compasión que sentía frente a los pobres, pecadores y enfermos, Jesús se compadeció de los enfermos de sí mismos.
Si en cualquier persona se ve muy mal que se arrastre frente a los ídolos, mucho más en quienes se ostentan como clase dirigente y ejemplar. ¡Qué vergonzoso espectáculo dan los que gobiernan, frente a quienes pretenden enseñar a ser buenos ciudadanos, cuando los ciega su ambición y pierden de vista el bien común.
Es de las enfermedades más tristes, porque conduce a malbaratar la primogenitura en el orden de las criaturas por las “migajas” del poder. Esto sí es ser verdaderamente idiota. A estos tales se les pueden aplicar las palabras del sabio: “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad”(Eclo 3,30).
En el evangelio, Jesús, como verdadero sabio, nos inculca la verdadera humildad. Hay una autosuficiencia que se reviste de humildad, es la “mundanalidad espiritual” de la que tanto se habla, buscar poder envuelto en el manto de la religiosidad, ser “lobo con piel de oveja”. La verdadera grandeza está en la libertad frente al ego, para no permitir que nos baranice. Esto significa que la construcción de nosotros mismos pasa por el servicio a los demás. Es engañoso todo afianzamiento de mi mismo en solitario, sin tener en cuenta las necesidades y el sufriendo de los demás. El ser humano ha buscado su grandeza en la relación directa consigo mismo, sin necesitar de los demás. Esto lo ha conducido al encierro, al individualismo y, a veces, a la psicosis.
Poco a poco se ha dado cuenta de que el descubrimiento de sí y su afianzamiento pasa por la relación interpersonal. El tú de la familia, de la amistas y del totalmente Otro, es el único camino de llegar a constituir nuestra identidad. Jesús los dice con toda sencillez y claridad en su última cena: “Entre ustedes, el más importante sea como el menor, y el que manda como el que sirve… Y yo les confiero la dignidad real que mi Padre dispuso para mí…”(Lc 22, 26. 29).
Jesús da esta enseñanza a propósito de un banquete en el que participa y observa el triste espectáculo de la búsqueda de los primeros lugares. Jesús no deja pasar la ocasión porque se trata de una condición que hace mucho daño a la convivencia social. La búsqueda de privilegios para estar sobre los demás es como un cáncer que carcome desde lo más profundo la convivencia social. El querer estar por encima de los demás contradice la naturaleza del ser humano. Para empezar ofende una relación fundamental como lo es hacia Dios. Si el hombre se endiosa a sí mismo está quitando a Dios del centro. Esto afectará todas las demás relaciones que lo conducirán hacia la autodestrucción. Destruye desde la raíz la relación de fe que consiste en la vivencia gozosa de la dependencia hacia un ser superior. Pero si el ser superior soy yo mismo entonces todo me es permitido. Tendré siempre la tentación de adueñarme de los demás. Pero la realidad objetiva es que no puedo dar cuenta de mí mismo.
Afectada la relación con Dios de esta manera, reclamaré el culto de los demás, querré beber su sangre. Si no cultivo una sana relación con una Absoluto me llenaré de adicciones por las criaturas, como fue la experiencia de san Agustín que reconoce que se deslizaba por encima de ellas, buscando llenar su corazón con su belleza, siendo que Dios estaba muy dentro del él sin percibirlo.
Sin Dios somos unos miserables adictos al poder, a las cosas, al placer, a a la fama. Esto es una carga muy pesada, es seguro que nos aplasta. Es conocido cómo la fama, la riqueza y el poder que hacen perder el control a las personas, haciéndolas seres de fuerzas caprichosas.
Jesús lleva hasta sus últimas consecuencias su enseñanza de dignificación del ser humano, que explica con otra parábola más sencilla el alcance de sus palabras anteriores. Es claro lo que ya ha enseñado lo suficiente sobre el servicio y la humildad. Pero fiel a su método de ser muy generoso en su enseñanza, revela abiertamente el motivo de la grandeza del ser humano. Como el “remate” que hizo con el hombre rico: “Una cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”(Mc 18, 22).
En la segunda parábola, Jesús, expone con total claridad el alcance de la primera: si en la primera Jesús pone algún motivo de conveniencia para ser humildes: para no hacer el ridículo de ser echados hacia atrás; en la segunda invita a renunciar a cualquier pretensión de ganancia en el servicio a los demás, porque “ya se te pagará, cuando resuciten los justos”(Lc 14, 14). Si se quiere ser verdaderamente importante habrá que hacer la experiencia de la gratuidad: “soy lo que soy por la gracia de Dios” (1 Cor 15, 10). Tener una presencia gratuita de la que se puedan beneficiar los demás, sin tener que pagar humillaciones, desprecios, marginación, descartes, será la fuente de la felicidad más grande.
Llegar a experimentar la vida como un don y poder ofrecerla a los demás como tal, es la grandeza y el gozo del ser humano.










