– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXII ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
(Mt 16, 21-27)
3 de sptiembre de 2023
Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga
En el itinerario formativo de Jesús con sus discípulos ha comenzado una nueva etapa de su enseñanza, llamando más la atención sobre su persona: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre… Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?(Mt 16, 13. 15). Hasta ahora había habido bastante enseñanza sobre el reino de Dios. Esta vez, Jesús mismo se ofrece como una parábola viviente que cumple fielmente la justicia de Dios(Mt 5,20), entrando por la puerta angosta del amor(Mt 7, 13). Se asemeja esto, un poco, al diálogo de Jesús con sus discípulos en la última cena, en el evangelio de san Juan: “Jesús le contestó: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si me han conocido a mí conocerán también al Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”(Jn 14, 6-7). Frente al conocimiento personal y verdadero de Jesús, tanto los “lejanos” como los “cercanos” quedaran evidenciados como unos ignorantes. Todos querían echar vino nuevo en odres viejos(Mt 9, 17). Los alejados lo hacían descaradamente queriendo reducir a Jesús a un personaje del Antiguo Testamento, comenzando por el más cercano como es Juan el Bautista hasta llegar a Elías, pasando por Jeremías. Los discípulos se revelan más diplomáticos en su negación de Jesús; supieron decir correctamente los títulos de Jesús: “…el Mesías, el Hijo de Dios vivo”(Mt 16, 16). A la postre serán igualmente falsos y superficiales que los demás. No mencionaran a ningún personaje del pasado pero compartían la misma expectativa mesiánica política.
La verdad sobre Jesús no la soporta nadie. Ninguno pasó la prueba de la fe como encuentro personal con Jesús. Mientras se seguían ideas que eran fáciles de distorsionar y acomodar a la conveniencia todo estaba bien, pero cuando comienza a enseñar que la fe es una experiencia de encuentro con él, y que lo que les ha enseñado se cumplirá perfectamente en su persona al ser entregado en manos de sus enemigos, todo se hace confuso. No es que él tenga pensamientos suicidas, sino que sus enseñanzas lo conducirán hasta ahí. Los discípulos despiertan de su letargo y se dan cuenta de que Jesús es el el Siervo de Dios: “Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi siervo, a quien elegí; mi amado en quien me complazco;… No discutirá, gritará; no se oirá en las plazas su voz…”(Mt 12, 17-21). Será necesario escuchar palabras parecidas, en la transfiguración para poder sobre ponerse a aquel enigmático anuncio: “Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco, escúchenlo”(Mt 17, 5). En adelante Jesús será más explícito en sus enseñanzas y más apremiante. Vendrán los tres anuncios de su pasión, que son como la llave para comprender todo el evangelio. El mismo hecho de que por tres ocasiones Jesús repita dicho anuncio y se tope con la resistencia de sus discípulos, significa que estamos en un tema central. De alguna manera había hablado Jesús de esto cuando dijo las condiciones del seguimiento a sus discípulos: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que quiera conservar la vida, la perderá, y el que la pierda por mí, la conservará”(Mt 10, 37-39).
Ahora Jesús habla abiertamente, su propuesta del reino tiene completa autonomía e implica un conflicto a muerte con los criterios del mundo, a los que se refiere san Pablo: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente…”(Rom 12, 2). A este punto podemos recordar las palabras de Jesús: “No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino discordia…”(Mt 10, 34). Esto tendrá su culmen precisamente en Jerusalén, en su rompimiento total con las autoridades judías, hasta el punto de acusarlos de ser un estorbo para la salvación de su pueblo y los hace responsable de la sangre de todos los enviados de Dios, desde el justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien ustedes asesinaron entre el templo y el altar”(Mt 23, 13. 35-36). Esto queda bien ilustrado con el testimonio de Jeremías quien vive su misión en continuo pleito: “Desde que comencé a hablar, he tenido que anunciar a gritos violencia y destrucción. Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto del oprobio y de burla todo el día”(Jer 20, 8).
Tal vez esta sea la novedad de la nueva etapa de su misión, urgida desde su testimonio. Es claro que no debemos perder de vista que el mensaje de fondo del misterio de la encarnación es el amor de Dios por el mundo. Jesús no fue enviado a condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él(Jn 3, 16- 17). Los discípulos no habían caído en la cuenta de todo el alcance de las enseñanzas de Jesús hasta que las explica con su vida. La mejor pedagogía es el testimonio. Estamos en el corazón del evangelio, se trata del dinamismo del amor verdadero. Llegada su “hora”, esto mismo, lo explicará Jesús con la imagen del grano de trigo: “Yo les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere dará fruto abundante. Quien aprecie su vida terrena, la perderá; en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la conservará para la vida eterna”(Jn 12, 24-25). Parece que estamos en la originalidad del mensaje de Jesús, que se explicará de una y otra manera, pero que al mismo tiempo será lo más incompresible, será necesaria la luz del Espíritu Santo para entrar en este misterio: “El mensaje de la cruz, en efecto, es locura para los que se pierden; en cambio para los que están en vías de salvación, para nosotros es poder de Dios”(1 Cor 1, 18).
Desde san Pablo se puede ver que por la sabiduría de la cruz Dios ha salvado al mundo. Pero también se puede apreciar el drama de la incomprensión de todos los tiempos, inaugurada por los discípulos en voz de Pedro al manifestarle su desacuerdo, a Jesús, de que se sacrifique por amor a Dios y a sus hermanos: “…Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos. Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos”(1 Cor 1, 21-23). Lo mejor de todo es el significado que le da, san Pablo, a esa sabiduría/locura de la cruz: “…Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para confundir a los fuertes; ha elegido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para aniquilar a quienes creen que son algo”(1 Cor 1, 1, 27-28). En el fondo, esto es lo que defiende Jesucristo cuando reprende a Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino…”(Mt 16, 23). Si Jesús no arranca de raíz el espíritu del mundo en Pedro, entonces la levadura de los escribas y fariseos estaría bien(Mt 16, 6. 11). Pero su manera de comportarse acarreaba opresión, exclusión y muerte: “El ladrón va al rebaño únicamente para robar, matar y destruir… El jornalero cuando ve venir al lobo, las abandona y huye. Y el lobo las arrebata y las dispersa”(Jn 10, 10. 12). Y, entonces, hubiera estado bien todo aquel orden de ceguera, de parálisis, de sordera, de condenación y de lepra que tenían estos “guías ciegos”(M 23, 16), con el cual sometían a todo el pueblo.
Con su respuesta a Pedro, Jesús está defendiendo las bienaventuranzas para todos los descartados del mundo(Mt 5, 1-12). Continua mostrando el rostro misericordioso de Dios su Padre, “que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos”(Mt 5, 45). De otro modo no sería cierto que “no son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos”(Mt 9, 12). Tampoco habría que tener cuidado con la idolatría de las riquezas, que conduce a toda clase de depravaciones(Mt 6, 21). Y entonces estaría permitida la “mundanalidad espiritual”, con la que se cuida la doctrina, la imagen y el prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparse de que el evangelio tenga una real inserción en el pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia(EG, 95). Las palabras de Pedro llevan el mismo venenos de las insidias del demonio que que quiso desviar a Jesús de su camino en el desierto, al inicio de su misión. La cruz, ciertamente, significa renuncia, sufrimiento, sacrificio, pero sobre todo, la posibilidad de integrar a todos en la fiesta de la vida. Por eso. “No me gloríe yo en ninguna otra cosa que no sea la cruz de Cristo…”(Gal 5, 14).










