– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXIII ORDINARIO
– HACERSE UNA OFRENDA AGRADABLE
Lc 14, 25-31
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
La subida a Jerusalén resulta un camino catecumenal para recibir el bautismo con Jesús(Lc 12, 50), por lo tanto los bautiza primero en su palabra, que les hace arder el corazón en la verdad(Lc 24, 32), para hacer comprender que la vida nueva pasa por la cruz. A lo largo de este peregrinar los va invitando a una aventura única, la de ser libres para hacer de toda su vida una ofrenda agradable a Dios. Esta es la vocación más profunda del hombre hacerse una ofrenda para Dios y para sus hermanos. Como Hijo de Dios Jesucristo está al servicio del ser humano, por ello le procura lo que le conviene. Parece injusta e irracional su propuesta de renunciar a “todos los bienes” para seguirlo. En realidad Jesús ha escuchado el corazón del hombre en él y conoce su deseo de redención, quiere liberarse del miedo que le imponen sus limitaciones y ambiciones. Jesús le invita a ”saltar en el vacío” junto con él. Esto es problema de cada uno, estamos necesitados de vida nueva, de mucha alegría y esperanza, que no está en nosotros, es necesario salir a buscar, arriesgar. Si no saltamos con Jesús en la renuncia a nosotros mismos, saltaremos de todos modos a no sabemos qué abismos. Todo ese deseo de volar, de libertad absoluta, de pasión, comprometiendo toda su persona es un problema inherente a la condición humana.
No le cobremos a Jesús el que parece que pone exigencias inalcanzables, es nuestra condición necesitada de sacudirse el peso de su pequeñez para abrirse a los bienes eternos, a lo infinito. Continuamente nos estamos poniendo en peligro en búsqueda de otras dimensiones esenciales para nosotros. Jesucristo nos ofrece donde reposar toda esa inquietud. Las renuncias a los padres, a la esposa, hijos, hermanos(as) y a sí mismo, se hacen por muchos motivos. Por eso, la literalidad de estas palabras no es original, hay quien renuncia a su familia y muchas cosas por proyectos personales. Muchos de estos rompimientos llegan a ser más crueles e inhumanos que lo que pide Jesús. El motivo por el que se hacen estas renuncias, propuesto por Jesús, sí que es original, es la única causa que permite detonar la energía más potente del amor. Jesús nos ofrece una causa digna que sí merece el sacrificio total de sí mismos, para no “echar las perlas a los cerdos”(Mt 7,6), para no “inmolarnos” a los ídolos. Sólo el sacrificio por el reino de Dios tiene sentido, nos libera del abismo y del caos. El reino no es más que la familia de Jesús conformada por la escucha de la palabra y su cumplimiento(Mt 12, 50). Poner las relaciones familiares al servicio de la gran familia de Dios, es una necesidad del corazón humano, si no lo hace buscará otra familia. Por eso el que renuncia a todos sus afectos, bienes y a sí mismo, no es más que un siervo inútil que ha hecho lo que tenía que hacer(Lc 17, 10).
Podemos decir que Jesús parte de este dato antropológico, de necesidad de buscarnos a nosotros mismos, a costa de muchos sacrificios. Naturalmente decimos que hay que sufrir para merecer. Queda claro que Jesucristo no es el peor enemigo de las relaciones familiares o del amor a nosotros mismos o el causante de la pobreza por “satanizar” los bienes materiales. Simplemente ofrece cobijo a nuestra indigencia original ofreciendo el calor del sentido último de nuestra vida: abrirnos al proyecto de la familia trinitaria. Hay crisis en las familias, falta de seguridad en sí mismo, de condiciones dignas de vida, ¿será por culpa de Jesús? Es claro que no, porque ni siquiera le hacemos caso. Todo lo contrario, dichas crisis se deben a no seguir sus enseñanzas. Jesús siempre nos reenvía a estas dimensiones fundamentales de la existencia con una actitud responsable, comprometida y respetuosa. Por ejemplo, en relación a la familia basta decir que Jesús tuvo una, si definitivamente la familia fuera un obstáculo para su seguimiento, hubiera buscado otra manera de llevar a cabo su misión. Incluso llegó a defender el mandamiento de honrar al padre y a la madre, fundamento de toda familia: “ustedes -en cambio- afirman que si uno notifica a su padre o a su madre: ‘Declaro korban, es decir ofrenda sagrada, queso que pudieras reclamar de mí como ayuda’, queda liberado de socorrer a sus padres”(Mc 7, 11-12).
El seguimiento al que Jesús nos invita no es algo extraño, impuesto desde fuera, es una consecuencia de lo que somos misma: espíritu encarnado. Su espiritualidad encarnada lo proyecta al infinito. Se trata de una inquietud que comienza en el corazón del hombre y que sólo Jesús nos revela su santidad y puede guiar a hasta el final. No se trata de reprimir, sino de encausar adecuadamente. Agradezcamos a Jesús que en su encarnación ha asumido todos los abismos y rincones del ser humano y es el único que conoce la seriedad del proyecto humano: “¡He aquí al hombre!”(Jn 19, 5). Sin darse cuenta, Pilato, está presentando a Jesús como la medida del hombre perfecto, por lo cual la Iglesia dirá después que “Jesús revela el hombre al hombre mismo”(GS, 22), revela la trascendencia de su existencia. Vuelve a resonar el tema de la “puerta angosta”, como signo que anuncia la grandeza de la existencia humana. Entre más angosta sea una puerta puede ser que cuide un valor más grande. Un lugar en el que todos pueden entrar y salir sin ningún control tal vez sea porque no nos adentra a nada que valga la pena. Jesús recoge el conjunto de condiciones para su seguimiento con el “cargar la cruz”, la cual identificábamos como la puerta de entrada a la plenitud de la vida.
Es por ello que es lamentable que el proyecto de Jesús se quiera “privatizar” y vivir como un adorno de la vida. Esto es contradictorio a la naturaleza de la obra de la salvación. Jesucristo quiere redimir al hombre integralmente, reducirlo al pasatiempo de una devoción o de un relleno ocasional, enferma la existencia. Quien gestiona mal su relación con Dios se pierde la oportunidad de sacar el mayor provecho a su vida. Seguir a Jesús consiste en “venderlo todo y seguirlo”(Mc 10, 21). Quien busca la experiencia religiosa lo sabe y lo expresa en el deseo de espiritualidad, pero luego no es coherente, hace la finta. Resulta como el hijo que dice que sí va a trabajar a la viña, pero al final no va(Mt 21, 28-29). Es extraña esta paradoja de buscar religiosidad, pero después no querer seguir a Jesús.
El instinto religioso es signo de toda esa necesidad de trascendencia de la que hemos hablado, podemos decir que es un dato natural, pero que como todo lo natural debe ser evangelizado, bajo el riesgo de simplemente creer en un ídolo. Quien puede saciar nuestra sed de Dios es solamente Jesucristo. Aquí es donde se viven las mayores contradicciones, la mayoría vivimos nuestra relación con Dios de manera instintiva, natural, un tanto egoístamente porque es una necesidad mía, pero en realidad no conozco la voluntad de Dios ni la cumplo. Esto se nota en el divorcio fe-vida, el poco sentido comunitario de la fe, en el rechazo a escuchar la palabra. Se buscan experiencias religiosas intensas, como son las celebraciones sacramentales u otras oraciones, pero no se quiere tener mucho que ver con la comunidad de creyentes, su compromiso de fermentar con los valores del evangelio los espacios de la vida cotidiana.
Se dice que tenemos un 78 %, más o menos, de catolicismo y se hacen análisis críticos de cómo va bajando cada vez más rápido el cristianismo católico. Casi siempre los criterios con que se hacen estas mediciones son los sacramentos, sobre todo el del bautismo y si hay cierta afinidad con la Iglesia católica. Todavía se podría objetar que las preguntas en torno a este tema no estuvieron muy claras. Sin embargo, analizado este porcentaje desde los criterio que pone Jesús para ser reconocidos por él, me parece que mermaría mucho la pertenencia. Si esa cifra correspondiera a un seguimiento verdadero de Jesucristo, a un discipulado misionero, podríamos estar tranquilos, pero la realidad es más dramática: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, en vano me dan culto, pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos”(Mt 15, 8-9).
En el pasaje que meditamos, por medio de las parábolas de la torre y de la guerra, Jesucristo nos invita a tomar conciencia del valor de ser sus discípulos. Está en juego toda nuestra felicidad, nuestra vocación y misión, por ello es mejor reconocer que no somos discípulos de Jesús antes que caer en el mortal autoengaño. En varias ocasiones Jesús nos invita a tomar a decisión, dando a entender que prefiere el rechazo sincero a la aceptación hipócrita: “¡Ay de ustedes, expertos en la ley, que se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes, y tampoco han dejado entrar a los que querían hacerlo”(Lc 11, 52). Es cierto que Jesús prefiere que las personas se conviertan y lo sigan, pero frente a una religiosidad vacía, sin conocimiento de Dios y sin misericordia prefiere el rechazo abierto(Os 6,6).










