– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXIX ORDINARIO.
Mt 22, 15-21
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
22 de octubre, 2023
Ciertamente la relación con Dios debe ser confrontada con la capacidad de proclamar su señorío no sólo en la liturgia, sino en los acontecimientos concretos de la vida.
Después de las parábolas con las que Jesús ha narrado en sintonía con la “purificación del templo”, a instancias de las mismos jefes del pueblo que le piden razón de su autoridad, comienza un nuevo episodio en la confrontación de Jesús con los escribas, fariseos y saduceos. La tensión ha llegado al punto de buscar un pretexto para provocar su muerte. Haciendo gala de una pedagogía impecable hecha de imágenes e ideas, Jesús, les ha dejado claro lo que piensa de ellos: que son unos usurpadores del lugar de Dios frente al pueblo y no guías espirituales, “asalariados y ladrones” que sólo les interesa la “lana y la carne” de las ovejas, antes que verdaderos pastores(Jn 10, 10-13). La narración que ahora meditamos, parece una construcción a modo para que Jesús proclame el amor absoluto a Dios desentendiéndose, aparentemente de la problemática social o simplemente de la existencia humana. La expresión “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios ha sido distorsionada infinidad de veces para oponer el orden temporal al espiritual, totalmente contrario al sentido profundo de esta expresión.
Parece una respuesta diplomática para quedar bien con todos, tanto con los que se niegan a pagar el tributo al César como con los servidores del emperador. Nada más alejado de la realidad, porque como dicen hipócritamente los enviados de los fariseos Jesús es sincero y enseña con verdad el camino de Dios. En otros pasajes hemos escuchado que enseñaba con autoridad, que precisamente se funda en la coherencia de vida, sus palabras y sus obras se correspondían unas a otras. Ahora, Jesús afirma una sola verdad y no dos. Se trata de una respuesta inteligente que aparentemente enfrenta dos realidades absolutas, sin embargo, simplemente está pidiendo darle a cada cosa su lugar. Tal vez el hombre de la época moderna, que ha divorciado el mundo material del espiritual, para irse adueñando de la naturaleza, sea el que vea conflicto de intereses. Todo judío del tiempo de Jesús sabía que Dios estaba por sobre todas las cosas. Tal vez el problema sea que Jesús no acepte reducir la realidad a buenos y malos, sino que integra a todos. No es ingenuo, sabe distinguir los niveles que hay en la realidad, no los mezcla acríticamente. La inteligencia humana sirve para analizar las partes de un problema y poder distinguir, así, qué es lo más importante y qué lo secundario. Alguien con la sensibilidad religiosa de aquel tiempo y con un poco de inteligencia se debe dar cuenta de que Jesús está nuevamente frente a “satanás” respondiendo: “Adorarás al Señor, tu Dios, y sólo a él darás culto”(Mt 4, 10).
Así las cosas pareciera que Jesús quiere quedar bien con los fariseos, porque representan al grupo más religioso, eran los más celosos guardianes de la ley. Hasta cierto punto Jesús coincide con este grupo de “ultraderecha” en su celo por las cosas de Dios. Sin embargo su relación con Dios es con un Padre misericordioso “ que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos”(Mt 5, 45). Desde Dios descubre el valor y la belleza de las realidades temporales. Por amor a Dios Jesús respeta la creación y hasta las instituciones humanas, en cuanto custodias de la vida y la dignidad de las personas. Se trata de dos realidades totalmente diferentes, pero íntimamente relacionadas. Pareciera que aquí está el arte de la existencia humana, ser profundamente contemplativos para aprender a leer el libro de la vida, de la naturaleza y de la historia. Debiera ser que entre más sensibilizados por la relación con Dios más contemplativos tendríamos que ser de la vida. La relación con Dios no podrá ser nunca un pretexto para aislarnos del mundo. Porque si no enfrentamos al mundo desde la verdad de Dios lo haremos desde nuestros propios criterios. Por salvaguardar a Dios de las contrariedades de la vida terminamos viviendo sin Dios. Esto es negar la fe que desde el misterio de la encarnación está en tensión hacia lo temporal. Nuestra fe es profundamente histórica. El Dios que nos ha revelado Jesucristo se descubre en los acontecimientos de la vida. Esto es algo original de la fe bíblica, mientras los demás “dioses” se avergonzaban del mundo, Yahvé y el Dios de Jesucristo se hacen presente en los acontecimientos de la vida.
Prueba de esto es la interpretación que el profeta Isaías nos hace de la historia, en la primera lectura de este día. Él, precisamente, está dando a Dios lo que es de Dios. Tal vez sólo la fe bíblica tenga el atrevimiento de cuestionar los poderes más absolutos que existen sobre la tierra y ponerlos al servicio de Dios. No se trata de un avasallamiento político o militar, pero sí de servicio al proyecto lleno de sabiduría de Dios. Algo sabía Ciro de ser instrumento de designios de lo alto, pero es la inteligencia que da la fe acerca de la historia que le revela, a él mismo que es un ungido del Señor, “a quien ha tomado de la mano para someter ante él a las naciones y desbaratar la potencia de los reyes, para abrir ante él los portones y que no quede nada cerrado”(Is 45, 1-2). El profeta no tiene temor de ensalzar la figura del César de su tiempo, con la única finalidad de resaltar la majestuosidad de la obra de Dios, que hace de Ciro su servidor: “Te hago poderoso, aunque tú no me conoces, para que todos sepan, de oriente a occidente, que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”(Is 45, 4-6). El mismo celo por el nombre de Yahvé le lleva a ubicar los poderes de este mundo. A esto deberá corresponder una manera de actuar libre frente a estos señores, como lo hace Jesus que tiene una opinión crítica de los reyes de la tierra: “Ustedes saben que los jefes de las naciones las someten y los poderosos las dominan. Entre ustedes no debe ser así…”(Mt 20, 25-26). Esta denuncia también está implícita en la respuesta de Jesús a los fariseos. Las palabras del salmo parece que están en esta misma sintonía: Caigamos en su templo de rodillas. Tiemblen ante el Señor los atrevidos. “Reina el Señor”, digamos a los pueblos. Él gobierna a las naciones con justicia”(Sal 95, 8-10).
Ciertamente la relación con Dios debe ser confrontada con la capacidad de proclamar su señorío no sólo en la liturgia, sino en los acontecimientos concretos de la vida, pero al decir Jesús: “al César lo que es del César” tampoco está queriendo decir que hay que obedecer ciegamente a los poderes del mundo, sino desde la primacía de Dios. Debemos cumplir con el mundo, estar en el mundo, seguir las sanas tradiciones y cumplir con las instituciones. Jesús nos dio ejemplo de obediencia a la ley y de buena ciudadanía. En la persona de sus padres acudió a Belén a empadronarse; a los doce años visitó el templo de Jerusalén; visitaba las sinagogas, etc. Tal vez un ejemplo muy elocuente de ciudadanía, en la que cumple literalmente el pago de impuestos, esta vez al templo, es cuando ordena a Pedro que vaya al mar y en el primer pez que pique le abra la boca y saque la moneda de su interior y pague por los dos(Mt 18, 27). Se trata de situaciones diferentes, el pago al César además de molestia económica, era una especie de idolatría, porque el emperador reclamaba un culto divino; el título Augusto tenia un carácter divino. El problema de fondo era más religioso.
Con su respuesta, Jesús, contesta lo que le preguntan y lo que no le pregunta. Le preguntan acerca del César y él responde acerca de Dios, parece que evade la pregunta pero simplemente contesta desde su inteligencia de la fe. Desde Dios se ubica más justamente la vida política, económica y social, representada por el César. Quienes interrogan a Jesús son los hombres más celosos de las cosas de de Dios, por lo tanto les está hablando en su lenguaje. Supuestamente lo que más les dolía a aquellos hombres era la humillación de la omnipotencia de Dios frente aquel simple mortal, como era el emperador. Suena un tanto irónico que Jesús les de unas lecciones de Dios a los hombres más celosos de los asuntos divino. Les da una cátedra sobre la fidelidad a Dios aún en las situaciones adversas, y no como ellos a quienes su celo los lleva a buscar desacreditar a quien quiere ser fiel a Dios. Cuestionan a Jesús en nombre de su celo por la ley de Dios, que les parece intolerable el tributo al César, y sin embargo lo pagan. La respuesta de Jesús les desenmascara su falso celo.
La fe en el verdadero Dios no nos lleva a la lucha fanática por la justicia, sino a la búsqueda del bien común por los caminos pacíficos establecidos, o buscando trazar caminos. Los fariseos quieren que Jesús les compre su falso celo, que ellos no sostienen con sus obras. Jesucristo les demuestra que su único pleito es purificar la imagen de Dios y desde él la imagen del hombre.










