– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL III DOMINGO ORDINARIO
– DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS
Juan 1,29-34 (Is 49,3.5-6 – 1 Co 1,1-3)
25 de enero 2026
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
San Mateo, hace su contribución para que “la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza” (Col 3, 16), -lema del VII domingo de la palabra- anunciando a Jesucristo. Sabe que Cristo es la Palabra definitiva de Dios: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo” (Heb 1, 1-2). “Jesucristo Palabra hecha carne, “hombre enviado a los hombres”, “habla las palabras de Dios” (Jn 3, 34) y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó (Jn 5, 36; 17, 4). Por eso quien ve a Jesucristo, ve al Padre (Jn 14, 9); Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino…” (VD, 4).
Ser habitado por la Palabra es la condición del discípulo. En sentido estricto sólo las personas habitan en una casa, en un sentido amplio también las ideas pueden habitar en un determinado lugar. El deseo de Pablo es que seamos habitados por Cristo y que él sea el que llene toda nuestra vida; que seamos otro Cristo: “Dios invisible (Col 1, 15); 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a los hombres como amigos (Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (DV 2). Pareciera que se trata de otro bautismo, el de la Palabra que hace que Cristo viva en nosotros: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Jesucristo nos invita a seguirlo, es decir, a permanecer unido a él a ir caminando tras sus huellas. Esto implica una relación interpersonal con Jesús, no sólo el seguimiento de una doctrina. La habitación de la Palabra en el discípulo supone que toma posesión, se “adueña” de la mente y la voluntad de quien la recibe: “Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece ‘el homenaje total de su entendimiento y voluntad’, asintiendo libremente a lo que Dios revela” (DV, 3). La habitación sugiere domicilio, permanencia, espacio seguro, identidad. Tratándose de una relación interpersonal, podemos decir que la Palabra también se vuelve habitación del discípulo, en el sentido que la Iglesia se refiere a María: “El Magníficat -un retrato de su alma, por decirlo así-. Está completamente tejido por los hijos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios…” (VD, 28).
Podemos decir que Jesucristo da comienzo a su misión invitando a dejarse habitar por la Palabra de Dios. Como ya decíamos, la misma invitación a seguirle, que hace Jesús en el evangelio, es a estar con él, a compartir sus sueños, lo cual compromete toda la existencia. En esto coincide con la llamada de los primeros discípulos que meditamos el domingo pasado, narrada por Juan. Las circunstancias cambian, pero el significado es el mismo: “” Maestro, ¿dónde vives? Él les respondió: Vengan y lo verán” (Jn 1, 38-39). El discipulado al que Jesús invita es al de habitar donde él habita no sólo físicamente, sino en el proyecto del reino de Dios que vive Jesús: “Yo tengo un alimento que ustedes no conocen” (Jn 4, 32). Pero también el contenido de su predicación es muy pretenciosa, anuncia el reino de Dios, es decir, una propuesta que colma todos los anhelos del corazón humano. Los reinos siempre tienen la pretensión de adueñarse de todo, siempre están en pugna unos con otros. El reino de Dios es conocimiento, pasión y acción, invade toda la vida.
El marco que pone Mateo para inaugurar la misión de Jesús es el pasaje de Isaías, que ubica a la altura de los grandes acontecimientos del Antiguo Testamento el inicio de su misión, más aún, lo presenta como el cumplimiento de lo antes dicho por la ley y los profetas: “Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz…” (Mt 4, 15-16). En la noche de navidad meditábamos este texto para anunciar el acontecimiento fundante de la nueva creación, Dios encarna su Palabra en la historia. San Juan nos interpretaba la navidad como un misterio de comunicación en el que Dios pronuncia su Palabra eterna en la que estaba la vida y la luz: “En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz resplandece en la oscuridad, y la oscuridad no pudo sofocarla” (Jn 1, 4-5). La Palabra de Dios vino a habitar en medio de nosotros (Jn 1, 14), su encarnación es la prueba de ello. Podemos decir que el anuncio del reino está al nivel del nacimiento, muerte y resurrección de Jesús.
Para que Jesús predicara una Palabra con dimensiones de reino, absoluta, debió sufrirla él primero. Ciertamente que él es la Palabra de Dios, pero tuvo que asumir su identidad a través de un proceso, como sucede con toda realidad humana. En él debió cumplirse la escucha y obediencia del Siervo de Yahvé: “El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con mi palabra al cansado. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás” (Is 50, 4-4). A pesar de ser la Palabra tuvo que aprender a dejarse habitar por ella padeciendo: “…y precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer…” (Heb 5 8).
La llamada a la conversión es la expresión misericordiosa de un reino que actúa en Jesús y quiere recrearlo todo de una manera respetuosa, apelando a la libertad. Debió ser una experiencia permanente desde su adolescencia (Lc 2, 49) lo que vivió Jesús es semejante a la de Jeremías: “La palabra del Señor se ha convertido para mí en constante motivo de insulto y burla. Yo me decía: ‘No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre. Pero era dentro de mí como un fuego ardiente encerrado en mis huesos; me esforzaba en sofocarlo, pero no podía” (Jer 20, 8-9). Es difícil contener el acicateo de la utopía del reino, experimentada por Jesús y administrarla constructivamente.
La situación política y social de aquel tiempo esperaba una chispa para estallar. Jesucristo pone fuego en aquella realidad (Lc 12, 49), pero un fuego envuelto en el amor y la paz. En su predicación inicial Jesús manifiesta su inconformidad frente a la situación que se vivía, sus palabras reflejan la indignación de todo el pueblo con la injusticia que lo rodeaba. Al mismo tiempo proponía una estrategia integral de cambio que debe partir de lo más profundo del corazón, de la experiencia del amor de Dios. Se debería buscar que las cosa cambiaran, no como un capricho o conveniencia personal sino por amor a Dios; no sólo en la superficie, sino desde muy adentro: “Porque del corazón provienen pensamientos perversos, crímenes, adulterios, lujuria, robos, falsos testimonios y blasfemias” (Mt 15, 19). La transformación de las estructuras pasa por la conversión del corazón. Así las cosas: “¡Ay de ustedes los ricos, porque ya están recibiendo su consuelo!” (Lc 6, 24); pero también: “todo el que se enfurezca contra su hermano será sometido a juicio, el que lo insulte será llevar ante el tribunal; y el que lo desprecie será condenado a la Gerena”(Mt 5, 22). Por eso: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que lance la primera piedra”(Jn 8, 8).
Qué difícil contener en el corazón toda la rebeldía que genera el sufrimiento del mundo, el hambre, la pobreza, las injusticias, la violencia y administrarla con una propuesta de fraternidad y de paz: “pero yo les digo que no se opongan a quien les hace el mal, al contrario, a cualquiera que te dé una bofetada en la mejilla derecha preséntale también la otra” (Mt 5, 39). Jesucristo asumió la Palabra de Dios sin glosa ni prosa, se dejó herir por ella y alimentó al pueblo con esa Palabra para alentar su esperanza. Prueba de la eficacia de su predicación será la inmediata respuesta de los primeros discípulos. Por dos ocasiones dirá Mateo: “Ellos, de inmediato, dejaron la (barca, redes, padre), lo siguieron”(Mt 4, 20.22). Esto es casi un milagro, porque la expectativa mesiánica predominante era político-militar. Un Mesías pacífico y humilde no impresionaba mucho. Ciertamente el Bautista tiene el mérito de haber iniciado la revolución del interior, no obstante, sus llamados a la justicia social.
El anuncio del reino de Dios es una forma, por parte de Jesús, de inculcar la pasión por su Padre, al estilo del “Shemá Israel” (Dt 6, 4-5).










