– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVIII ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Mc 10, 17-30
13 de octubre, 2024
Como sabemos, el evangelio de Marcos trata de responder a la pregunta ¿quién es Jesús de Nazareth? con el fin, al mismo tiempo, de presentar la identidad del discípulo. Después de anunciarlo, abiertamente, como el humilde servidor de Dios que cumplirá la voluntad de su Padre desde la cruz, ahora nos enseña las consecuencias para el que quiera ser su discípulo. En este pasaje se traza el camino de todo el que quiera seguir a Jesús. Primeramente debemos decir que se trata de caminar, a Jesús se le encuentra en el camino: “Iba ya de camino cuando se le acercó uno corriendo…”(Mc 10, 17). No en vano a los primeros discípulos se les llamó los seguidores del camino(Hech 22, 4). Quien busque instalarse, asegurarse no es digno de Jesucristo: “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el reino de Dios”(Lc 9, 62).
La enseñanza comienza desde que Jesús cuestiona el titulo de bueno que le da aquel hombre. Por más que sea cierto lo que se diga, siempre se deben discernir las intenciones y motivaciones profundas. Desde un principio tendrá que cuidarse que no haya meros ritualismos, formalismos o autocomplacencias, es necesaria la confrontación con los más altos ideales sin pretender manipularlos. Jesucristo es “la Palabra de Dios viva y eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón…”(Heb 4, 12). Frente a la autocomplacencia que manifiesta aquel hombre, Jesús le presenta un horizonte más amplio, una invitación a la libertad total. Como la Palabra que es, desnuda y descubre las intenciones más profundas del corazón. Sin dejar de dar el beneficio de la duda de las buenas intenciones de aquel personaje, con su respuesta, Jesús, le anuncia la medida si límites de la misericordia de Dios. Le denuncia, también, que el bien no está a nuestra disposición para adornar nuestra existencia, que en cuanto nos lo queremos apropiar deja de ser bien y nosotros de ser buenos. El verdadero bien siempre está más allá de lo que nosotros podemos controlar, como la sabiduría de la primera lectura que está más allá de los cetros y los tronos, de las riquezas, de las piedras preciosas y el oro.
Que había el riesgo en aquel personaje de buscar su seguridad al lado de Jesús y quitarle su radicalidad, de manejarlo de acuerdo a sus criterios de negocio, lo podemos ver en cómo neutraliza la exigencia de los mandamientos con una pretendida observancia, sin verdadera preocupación por la fraternidad que reclama luchar contra las desigualdades sociales. La falta de solidaridad con las necesidades de los pobres afecta directamente nuestra relación con Dios, nos dice el Papa Francisco: “<<Si te maldice(el pobre) lleno de amargura, su Creador escuchara su imprecación>>(Si 4, 6). Vuelve siempre la vieja pregunta: <<Si alguno que posee bienes del mundo ve a su hermano que está necesitando y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?(1Jn 3, 17)(EG, 187).
Ser admirador de la bondad de Jesús es un buen comienzo, pero no basta, es necesario querer ser discípulo suyo. Aquel hombre está tan seguro de su bondad que ni siquiera se fija que Jesús inventa un nuevo mandamiento, o, explicita el decálogo: no estafaras. Para ser de la estricta observancia debió haber reaccionado o maliciado algo. No sabemos porqué Jesús añada esto. Tal vez se trate de una explicitación del “no robaras” pero con más intención hacia los ricos, porque ante la respuesta presuntuosa de aquel hombre, Jesús radicaliza su postura en dirección a las riquezas: “Una cosa te falta: ve vende lo que tienes y dáselo a los pobres… Luego ven y sígueme”(Mc 10, 21).
En todos los tiempos han existido personas que sostienen que la riqueza es signo de la bendición de Dios, obviamente porque su conducta es recta supuestamente. Tal vez sea bueno recordar ahora las palabras de Francisco: “No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales(¿y ser buenos?), sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y sabiduría. Porque a los defensores de la ortodoxia se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpable respecto a situaciones de injusticia intolerable y a los regímenes políticos que las mantienen”(EG, 194). Sobre las riquezas siempre pesa la sospecha de la injusticia, que reclamaba Santiago hace unos domingos: “Lloren y lamenten ustedes los ricos ante las desgracias que se les avecinan…Miren, el jornal que ustedes han retenido a los trabajadores que cosecharon sus campos está clamando, y los gritos de los cosechadores llegan vídeos del Señor todopoderoso”(St 5, 1. 4).
Pero sigue siendo el amor el absoluto, expresado en el seguimiento de Cristo. Lo dice muy bien san Pablo: “Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve”(1 Cor 13, 3). Este amor no es posible si no nos dejamos amar por Jesús. En realidad el seguimiento de Cristo consiste en dejarnos amar por él que dio su vid por nosotros, porque “el amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero”(1 Jn 4, 10). Ser bueno no es cubrirme de gloria a costa de la miseria del otro, “sino ante todo una atención puesta en el otro considerándolo como uno consigo. Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien…El verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia…”(EG, 199).
El compartir los bienes con los pobres será muy importante, pero más lo es, todavía, seguir a Jesucristo. Jesucristo no le propone a aquel otro hombre un simple mandamiento más o dos, le está diciendo que se debe cambiar de mentalidad y de actitud, está queriendo iniciar en el espíritu de la ley a aquel hombre. Se trata de superar la justicia de los escribas y fariseos(Mc 8, 14; Mt 5, 20). Estamos en el centro de la fe, dejar de ser los gestores de nuestra propia salvación y reconocer que sólo hay un mesías, Cristo Jesús. Me parece que es la intención principal de las palabras “vender todo lo que tienes y darlo a los pobres”, desarmar de toda autosuficiencia. Porque aunque se cumplan literalmente estas palabras, todavía no se es discípulo de Jesús. El problema no está en las técnicas, las cosas, los conocimientos, mientras exista un corazón avaro todo será ambición, codicia y descarte de los hermanos. Jesucristo quiere conducirnos a la experiencia de que “para Dios nada es imposible”, quiere iniciarnos en la capacidad de confiar en las posibilidades de Dios.Jesús dice primero a sus discípulos: “¡Que difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios”. Pero al final dirá: “¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Aquí cabemos todos no sólo los millonarios.
El discípulo siempre deberá estar buscando esa única cosa que le falta. Que quede claro que Jesús le dijo esto con mucho cariño. Él simplemente respondió a la petición que se le hizo, con mucha generosidad. Le responde hasta lo que no le pregunta explícitamente, sino que, aprovechando la autosuficiencia de su interlocutor, le revela el espíritu de los mandamientos. Jesús le ofrece la posibilidad de recuperar la dignidad que le había robado la idolatría de las cosas. Ahora estamos seguros de que este hombre le interesaba más parecer bueno que ser bueno, sumar medallas a su colección de buena conducta. El seguimiento de Jesús implica estar referido siempre a un Bien que nunca podré controlar ni manipular, sino ante el que me tendré que confrontar siempre. Existe lo Bueno pero nunca me podré adueñar de él, en cuanto lo haga dejo de caminar hacia la vida eterna. A la única bondad a la que podemos aspirar en este mundo es a buscar una Bondad que nos sobrepasará siempre. Fuera toda autocomplacencia, toda autoreferencialidad. Aquí sólo podemos ser buscadores, caminantes. Lo bueno es ser discípulos siempre.
Jesús no sataniza el dinero ni las cosas materiales, simplemente advierte de su capacidad seductora, capaz de corromper todos los valores. Si la acumulación de riquezas, o su simple administración, no se acompaña de amor y conocimiento de Cristo, se irá pervirtiendo la vocación a la solidaridad, desfigurando la identidad fraterna de los seres humanos, haciéndose lobos unos de otros. Aún el altruismo la filantropía y cierta “caridad” cristiana, pueden ser fachadas para lavar conciencia o agasajar la vanidad, si no se ha hecho antes la experiencia de haber sido rescatados por Cristo y que, por tanto, no podemos adueñarnos de nada. Frecuentemente escuchamos quejas del efecto que producen las riquezas en algunas gentes, cambiándolas para mal en arrogantes, indiferentes y frías. No es justo para la dignidad de las personas el carecer de las condiciones de vida digna, pero, tampoco, ser esclavizadas por las cosas materiales. La peor pobreza es rechazar la riqueza del amor de Dios.










