SUBSIDIO PARA LA HOMILÍA.
6to DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo B.
– No le digas nada a nadie. –
Domingo 14 de enero 2021
(Marcos 1, 44)
Lecturas bíblicas: Lv 13, 1-2.45-46; Salmo 31 (32); 1Co 10, 31-11,1; Mc 1, 40-45
Evangelio de Jesucristo según san Marco
Capítulo 1, versículos 40 al 45
“Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio». Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos, Y acudían a él de todas partes”.
• Apertura
“Si quieres…”, dice el leproso a Jesús. ¿Se trata de una simple fórmula de amabilidad? ¿O bien, será que el leproso está preparado a lo que Jesús responda? Cuando pido algo al Señor, ¿estoy dispuesto a que él me escuche y aun así no conceda directamente mi petición? Sin embargo, es lo que sucede con frecuencia: esperamos un milagro y sucede otra cosa: el Señor no nos ignora, pero responde de otra manera. ¿Me siento decepcionado sin cesar por la manera de actuar de Dios? Señor, enséñame a decir “si quieres” como el leproso.
• La dulzura del gesto
Este evangelio es incisivo, en seis frases. No hay una palabra de más y, sin embargo, de golpe, hay una insistencia: Jesús “extiende la mano” y “toca” al leproso. Este contacto físico, ante el desprecio de todas las prohibiciones y gestos de barrera, es en sí una palabra: “no estás solo en tu miseria”. Con los ojos de la imaginación, trato de ver esta expresión del amor de Dios. Jesús, acércate a mí como lo hiciste con el leproso.
• Palabras de vida
Haciendo eco al “si quieres” de la petición del leproso, Jesús responde: “Lo quiero, queda purificado”, como eco a su vez de las palabras creadoras del Padre “que el mundo sea”. Esta es la fuerza de las palabras de Jesús: hacen lo que dicen, abren a nuevas posibilidades. Señor, haz que resuenen en mí estas palabras “Lo quiero, queda purificado”, que yo sienta en ellas un llamado a ser cada vez más vivo, incluso en la muerte.
• Otro testimonio
La petición de Jesús es sorprendente: el leproso no debe decir nada a nadie, simplemente presentarse ante el sacerdote. ¿En qué será esto un testimonio? Por supuesto, si el leproso hubiera obedecido, no habría afirmado el milagro ni la acción de Jesús, pero al ser reintegrado a la sociedad después de haber estado enfermo, el antes leproso habría recordado así al sacerdote y a todos que ninguna exclusión es definitiva. La humanidad de todos, hasta del más humilde y enfermo, habría sido proclamada y el amor de Dios por todos habría sido anunciado; ese es el testimonio. Señor, ayúdame a no esperar un milagro para ver tu acción en el mundo, para oír los testimonios silenciosos del mundo y de los hombres.
• Colaborar con Dios
El leproso desobedece; quiere hablar de Jesús, al sentirse dichoso por deberle su curación. Y Jesús tendrá que cambiar sus planes, adaptarse. Estamos en el primer capítulo del evangelio de Marcos, es el principio de la misión de Jesús y, a través del leproso, ya los hombres dan forma a la misión de aquel a quien todavía no reconocen como el Hijo de Dios. Oh Cristo, ayúdame a entrar en esta colaboración, a participar contigo en la manifestación de tu señorío, en tu epifanía.
• ¿Impuro?
El leproso habló y Jesús ya no pudo entrar a una ciudad… Por supuesto comprendemos que, al haber tocado a un leproso, Jesús a su vez fuera considerado impuro. Había tomado sobre sí la exclusión del enfermo. Pero el texto nos hace presentir una razón totalmente opuesta: en la ciudad, habría sido abordado por la multitud. Así, aquellos que querían excluir a Jesús de la ciudad se encuentran excluidos del movimiento de la multitud y los juegos de fronteras pierden su sentido. Señor, tú que tomaste sobre ti mismo la exclusión del leproso, enséñame a rechazar los juegos de exclusión, para recibir a aquellos que vienen a mí, a aquellos que vienen a ti.
• Enfermos con Jesús… primera Iglesia
¿Quién será el leproso que nos convocará a abandonar nuestras casas para encontrarnos juntos en los lugares desiertos? Pues “acudían a él de todas partes”, y el evangelio concluye con este movimiento de la multitud al que estamos invitados a unirnos. Hombres y mujeres llegan a Jesús llevando sus desdichas y enfermedades, vienen a depositar ante este hombre-Dios sus miserias y sus expectativas. ¿Qué van a encontrar? Probablemente no lo saben, pero algo les hace falta para ser ellos mismos, para ser dichosos. Señor, enseña a tu Iglesia a encontrar la humildad de esta multitud que no quiere predicar a nadie, que no sabe adónde va, pero que se constituye porque no puede lograrlo sola, porque necesita de su Señor.
Orar al centro del mundo con el Papa Francisco
Por las mujeres víctimas de violencia, a fin de que sean protegidas por la sociedad y que sus sufrimientos sean tomados en cuenta y escuchados.
Jesús es en verdad el hombre de la palabra. Pero de manera sorprendente, pide “severamente” al leproso a quien acaba de curar que no le diga a nadie de su sanación. ¿Qué está en juego en esta petición? ¿Qué pretende Jesús exactamente?
Con frecuencia oímos decir que “la palabra es de plata, pero el silencio es de oro”. Y de hecho, el final de la narración le da la razón a Jesús: debido al testimonio intempestivo del leproso, vemos que Jesús – a su vez como un leproso- ya no puede entrar a las ciudades ni llevar a cabo su misión de predicador.
También podemos comprender su solicitud de silencio como una invitación a la interioridad y a la “maduración”. En efecto, este hombre sanado está inmensamente dichoso, pero no toma tiempo para recibir lo que en verdad le ha sucedido ni para comprender quién es aquel que lo ha purificado. Jesús no es en primer lugar un sanador, sino el Señor a quien hay que seguir y amar.










