ARTÍCULO DE FONDO
UNA ESPIRITUALIDADA LA LUZ DEL DOCUMENTO:
PROYECTO GLOBAL DE PASTORAL DE LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO
Héctor Javier Villa / Ciudad Juárez.
El Proyecto Global de Pastoral (PGP) de la CEM, esta dividido en tres grandes partes, bajo el esquema del método de Ver, Pensar y Actuar. Esto ha permitido “acercarse a la realidad como punto de partida”, como pastores con “los ojos bien abiertos para contemplar este bendito espacio de vida” (22) y “escrutar a la luz del Espíritu” (6), “preguntarse” a profundidad (11), para realizar “un sano ejercicio de escucha del sentir del pueblo… de autocrítica…” (19). Para tratar no solamente de comprender sino “discernir y llevar a la vida lo que el Señor pide a su Iglesia en este momento trascendental para el mundo y para poder acompañar de manera especial, a quienes sufren las consecuencias y estragos de estos nuevos fenómenos” (24).
Ante esta realidad compleja de profundas y aceleradas transformaciones “que no alcanzamos aun a comprender”, por lo que se nos dificulta tener una respuesta adecuada, creemos que “la Iglesia no ha tenido la creatividad pastoral suficiente para atender y responder adecuadamente” (23; 25; 81). Realidad ante la cual “pareciera que nosotros los Obispos y con nosotros muchos cristianos, somos los primeros que no acabamos de creer nuestra confesión de fe, no se nos nota la Redención, no vivimos de acuerdo con nuestra condición de redimidos. (92)
Ante la gravedad de este momento existencial que vive nuestro país, momento que refleja “una crisis antropológica-cultural” (27), muchas veces nos podemos sentir como aquellos discípulos de Emaús que “ensimismados” se alejaban de Jerusalén desalentados, con la dificultad para comprender y discernir los signos de los tiempos y para ver al Señor que camina con nosotros. Deseamos escucharlo, que nos explique a la luz de las Escrituras y del misterio de su vida, muerte y resurrección lo que era necesario y conviene a la luz del designio del Padre (Lc. 22,26; cf. Heb. 2,10). Deseamos que él toque nuestros ojos y nos renueve con el colirio de su gracia (Ap. 3). Que nos abra los ojos para reconocerlo en el camino de nuestras vidas y abra nuestra inteligencia para poder comprender y discernir (Lc. 24,25.45), para poder responder pastoralmente y acompañar a su pueblo.
El momento presente es un desafío, oportunidad de gracia (kairos) para discernir lo que el Espíritu quiere decir a nuestra Iglesia y a todo hombre de buena voluntad. Oportunidad para responder desde la fe, ante la cual nuestros obispos nos sugieren algunos caminos de respuesta que podemos trabajar y cultivar desde nuestra vida, caminos del Espíritu que afortunadamente ya se cultivan en algunos ámbitos eclesiales pero que hemos de acentuar especialmente nosotros como pastores junto con nuestras comunidades.
El PGP nos sugiere: a) promover una “espiritualidad de la escucha y discernimiento” (19); b) a centrar nuestra mirada en Jesús, “criterio absoluto que ilumina y fundamenta nuestro juicio. Porque nuestra medida es Jesucristo Redentor” (88), cultivar una espiritualidad cristocéntrica; c) Una Espiritualidad animada por el Dinamismo de la Encarnación. “En salida”, animados por el “dinamismo nuevo” que el Señor comunica; d) dinamismo eucarístico que impulsa a ser como Jesús, “pan partido y compartido” (143. 144); e) y a trabajar por construir “la casa de todos”.
I. Una Espiritualidad de la escucha y discernimiento.
“Estamos viviendo un cambio de época” con frecuencia el Papa Francisco nos señala este hecho. En el discurso a la Curia Romana con motivo de la Navidad 2019, decía: “…no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época. Por tanto, estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento de relacionarse entre las generaciones humanas y de comprender y vivir la fe y la ciencia…El reto de un cristiano es dejarse interrogar por los desafíos del tiempo presente y comprenderlo con las virtudes del discernimiento…reclama paciencia”1.
“El cambio de época” que vivimos hoy es descrito o presentado con diferentes nombres: “Nueva fase de la modernidad”, Secularización del mundo, erradicación de lo religioso, pérdida del monopolio cosmovisional del cristianismo sobre todo del catolicismo romano; éste deja de ser el único donador de sentido; aparecen plurales ofertas de sentido. Subjetivización de la creencia, cada uno crea su propio sistema de sentido (holístico). Ingreso de visiones religiosas sagradas y visiones religiosas seculares. Etc.2. Recordemos que esta realidad ya la habian planteado los obispos en Aparecida 2007: “Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural” (DA 44). Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios.
Nuestros obispos en el doc. PGP hacen referencia a esto diciendo: “…estamos convencidos de que la humanidad vive en este momento, un verdadero y profundo cambio de “época” con diferentes matices, como un extraordinario giro histórico que se percibe en todos los campos de la vida humana, arrastrado por un desarrollo científico, innovaciones tecnológicas sorprendentes y sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida…”la negación de la primacía del ser humano! cultura del descarte” (20)
En realidad no está cambiando algo; cambió alguien: el hombre. “Es una crisis del ser humano (PGP 20. 87) “Es una crisis del antropos (hombre y mujer) y de su cultura” (PGP 20.87). “Ha traído un giro histórico en todos los campos de la vida humana” (PGP 87). Según los obispos franceses, “Un mundo desaparece y emerge otro”3.
Para el joven de hoy, este cambio de epoca es algo normal (porque él lo está generando). Por el contrario, “el hombre de edad (la mayoría de los agentes de pastoral) estamos desorientados” (PGP 23), confundidos…no sabemos qué hacer. Esto nos plantea la urgencia de estar atentos, abiertos, pacientes ante la realidad juvenil, porque en los jóvenes está naciendo un hombre inédito, un nuevo modo de ser y de vivir…o al menos es el anticipo. Los jóvenes son una nueva pasta humana. “Son como los primeros colonos o pioneros de la formación de un nuevo mundo”. Los jóvenes no necesitan explicación del ‘cambio de época’ pues ellos lo llevan en su cuerpo.
Son ellos “quienes más se han alejado de la Iglesia” (PGP 77), “se adhieren a nuevas espiritualidades” (PGP 36), “rechazan a la Iglesia como institución, un creciente descontento con sus estructuras y con el anti-testimonio de muchos de sus pastores” (PGP 83. Cf.DA 100). En ellos “Se ha transformado profundamente su manera de pensar, percibir y vivir la relación con Dios, con los demás, con la naturaleza y consigo mismo” (PGP 25), “todo es relativo, nada es firme, cada uno es dueño de su propia verdad” (PGP 32). Esto ha traído como consecuencia que “en esta nueva época se da una crisis de Sentido” (PGP 37;).
Nuestros obispos continúan diciendo que “contemplando la realidad “con ojos de pastores, constatamos que en el centro de la transformación que nos ha traído este cambio de época hay una profunda crisis antropológica-cultural, con muchos rostros y expresiones” (87). Tal vez todo esto nos da la sensación de una crisis que no podemos afrontar, o una situación que no alcanzamos a captar sus dimensiones y su trascendencia. Sin embargo el tiempo de crisis no necesariamente ha de ser vivido como fatalidad, puede ser vivido tambien como una oportunidad de crecimiento, de gracia, de discernimiento (kairos). La crisis es una oportunidad. La oportunidad de vivir lo más auténtico de nuestra fe cristiana, la oportunidad de vivir la vida como “tiempo propicio, tiempo de salvación” (2Cor. 6,2). La crisis brinda la oportunidad y la decisión de revisar las orientaciones fundamentales de la vida pastoral, para preguntarse por qué o para quién se vive realmente. La crisis es oportunidad para no cerrarse en sí mismos, dejar de ser autorreferenciales, para ayudar y ser ayudados y en definitiva para reorganizar y purificar los valores que estructuran la vida pastoral. En una palabra si se quiere seguir adelante , si se quiere madurar y ser fiel al evangelio y al mundo hay que decidirse a entrar en la dinámica de la crisis como oportunidad y crecimiento.
El Papa Francisco continúa en su discurso de navidad sugiriendo que una actitud sana ante la realidad, es la de dejarse interrogar por los desafíos del tiempo presente y comprenderlos con las virtudes del discernimiento, de la valentía y la paciencia”.
Nuestros obispos sugieren: “Acercarse a la realidad del mundo y del Pueblo de Dios, es el punto de partida para apacentarlo y un lugar sagrado para sus pastores, porque en ella se encuentran las alegrías y las esperanzas mas profundas, además ahí contemplamos los dolores, las luchas, y los sufrimientos mas sentidos. Queremos acercarnos a ella con los ojos bien abiertos para contemplar este bendito espacio de vida, alertar bien nuestros oídos para escuchar los gritos de nuestro pueblo y encender nuestro corazón para acoger con fe y un profundo amor, la voz del Señor que se manifiesta a través de ella. Al analizar nuestra realidad presente, contemplamos que desde hace tiempo se habla y se experimentan profundas y aceleradas transformaciones que están afectando todos los campos de la vida de las personas. Estamos en una nueva época en el camino de la humanidad…incluso, nosotros como Obispos y muchos presbíteros, no alcanzamos aún a comprender, por lo que se nos dificulta tener una respuesta adecuada y pronta ante la profundidad y rapidez con la que están sucediendo” (22-23).
Recordamos que “nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón del cristiano” (GS 1). Con humildad y apertura, con corazón y ojos abiertos, somos invitados a cultivar la sensibilidad de Jacob que en sueños experimenta la presencia de Dios en un lugar insospechado, el Señor se le hace presente en un lugar que no sabía, tal vez porque a Dios lo imaginaba solo en los “espacios sagrados” (Gen. 28,10-22). O Moisés que “retirado”, tal vez para olvidarse de todo esfuerzo y colaboración con su pueblo, es sorprendido por Dios en el desierto por una zarza ardiente, lugar insospechado de su presencia, llamado por su nombre a colaborar en su obra. Debe quitarse las sandalias porque el lugar que pisa es sagrado (Ex. 3,5). O Elías a quien Dios se le revela no de la manera tradicional y familiar (en el trueno, en la tormenta, en el terremoto), sino en “el sonido de suave silencio” (2Re. 19,12). El Señor Jesús también nos invita a ser hombres de discernimiento y no quedarnos en la superficie, “a quitarnos las sandalias y despojarnos de toda pretensión de orgullo y soberbia para acercarnos a la realidad con humildad…El momento presente exige de la Iglesia, ver y escuchar esas aflicciones de su pueblo para renovar con esperanza su misión y proponer la Verdad del Evangelio, en la riqueza de este dialogo cultural” (167).
Hemos de cultivar una mirada contemplativa que nos permita profundizar la vida y nuestra historia. Aspirar a tener una “mirada penetrante que contempla la visión de Dios poderoso” (Num. 22,15). Pedirle al Señor que vuelva a posar su mano sobre nuestros ojos, porque tal vez como aquel ciego del camino no vemos con claridad y “vemos a los hombres como si fueran arboles que caminan” (Mc. 8,22-26). Como el ciego de nacimiento hemos de volver una y otra vez ante Jesús, ante quien somos re-enviados por los que nos confrontan y cuestionan, por el “adversario”, para finalmente rendirnos ante Jesús postrarnos y adorarlo pidiéndole luz y discernimiento.
II. “Fijos los ojos en Jesús” (Heb. 12,2). Una Espiritualidad Cristo-céntrica.
“Nuestra medida es Jesucristo Redentor, el Evangelio del Padre, nuestro Señor y Salvador”. (PGP 88). En su Exhortación apostólica, papa Francisco ya nos había propuesto: “invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso… Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 3.1).
Por esto podemos decir que ante esta realidad desafiante en la que nos encontramos somos invitados a ir al fundamento de nuestra fe, fundamento que es JESUCRISTO. Él es la sabiduría del Padre que puede iluminarnos y ayudarnos a descubrir el sentido de lo que vivimos en este cambio de época. Hemos de asumir con humildad que si permanecemos unidos a él podremos dar fruto y responder a los retos de nuestro tiempo, pero también de que si vivimos separados de él no podremos hacer nada (Jn. 15,5).
Es importante la manera como nuestros obispos lo anotan: “queremos afirmar, con corazón y mente de pastores, que para nosotros el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (87). “El criterio que ilumina y fundamenta nuestro juicio es la persona y la vida de Jesucristo, el proyecto del Padre que El nos ha revelado y que el ES nos ayuda a comprender” (88).
Esto podrá resultarnos familiar y conocido especialmente a nosotros sacerdotes, sin embargo es necesario, buscar renovar conscientemente nuestro encuentro, relación y comunión con Jesucristo. Por esto nuestros obispos nos insisten: “No podemos cansarnos de repetir que Él es nuestra verdad y la verdad que tenemos para comunicar al México de hoy. ¡Hay que volver a Jesús! ¡Hay que conocerlo como si fuera la primera vez que oímos hablar de Él! ¡Hay que recuperar sus palabras como buenas y como nuevas! Hay que redescubrir la pasión que envolvió a aquellos primeros hombres que lo escucharon y que transformaron sus vidas por Él; en sus palabras vivas y frescas, encontraron un tesoro por el que todo lo demás podía ser dejado a un lado”. (111)
En el Evangelio, los que se encuentran con Jesús se sienten contagiados de algo nuevo y excitante, quien se encuentra con Jesús no continua igual sino que su vida es transformada ¿Cómo nuestra vida refleja e irradia esta alegría? De hecho nuestros obispos se cuestionan diciendo: “pareciera que nosotros, los obispos y con nosotros muchos cristianos, somos los primeros que no acabamos de creer nuestra confesion de fe. No se nos nota la Redencion, no vivimos de acuerdo con nuestra condición de redimidos. ¿Cómo iluminar entonces la complejidad de la realidad mexicana a la que queremos responder desde el evangelio, sin la certeza de que el Señor Jesucristo, hecho hombre por nuestra salvación, Crucificado- Resucitado nos ha reconciliado con el Padre? ¿Acaso no parecemos ser nosotros los primeros en confirmar, con nuestra mediocridad y desesperanza, el grito de quienes proclaman un mundo irredento? (92 cf. EG 10).
Los evangelios dan cuenta de la alegría profunda causada por la palabra y la persona de Jesús (cf. EG 5). San Juan nos ayuda a descubrir cómo no solamente es la alegría que toca el corazón, sino una alegría que llega a plenitud en la persona (3,29). Esta alegría surgida del encuentro con Jesús genera en la persona un dinamismo que lo lleva a compartir y buscar transformar a otros.
Los Primeros Discípulos son introducidos a Jesús por Juan Bautista (1,19-52). Es Juan que conduce a sus dos seguidores al encuentro con Jesús habiéndolo presentado como el “Cordero de Dios”. Juan Bautista, excelente testigo que es confundido con el mismo Mesías, no se deja envolver por su popularidad, con humildad conduce a los suyos al encuentro con el Cristo. Es el “amigo” del novio que humildemente en el momento oportuno presenta a Jesús-novio ante los suyos (3,22-36). Los discípulos se encuentran con Jesús y son conducidos a su morada.
Los discípulos viven de tal manera aquel encuentro que los “marca”. Ellos no guardan la experiencia para sí, van inmediatamente a compartirla: Andrés con su hermano Pedro; Felipe con Natanael. “Hemos encontrado al Mesías!!” es la noticia que comparten con los que se Encuentran.
Con la mujer samaritana (Jn. 4), Jesús se comporta como un maestro del encuentro. El agua es la excusa pero Jesús va llevando progresivamente a la mujer hacia temas mayores. Aunque Jesús se presenta con sed en realidad descubrimos que la sed más profunda viene de la mujer. En el fondo de esta sed hay un deseo de Dios, y Jesús ayuda a la mujer a descubrirlo. Una sed de agua pura, de la cual ella misma no era del todo consciente. Jesús conduce a la mujer, a descubrir y expresar la sed en el Dios vivo (Sal, 42,3; cf. Sal 63,2; Am 8,11).
Descubrimos a un Jesús Maestro del encuentro, humilde y respetuoso de la persona. Jesús se nos presenta así no tanto como el agua, sino como el pozo. En la mujer hay un proceso progresivo que va manifestando la confesión de su fe en Jesús a través de los títulos cristológicos que le dirige: Tú (4,9), Señor (Kyrie 4,11.15), Profeta (4,19), Mesías (4,25). Todo culmina en el más solemne de los nombres de Jesús: YO SOY (4,26). Pero también los samaritanos que habían sido contagiados por la mujer confiesan a Jesús como “Salvador del mundo” (4,41).
Con la curación a distancia del hijo de un funcionario real en Caná de Galilea, Jesús, lejos de dejarse admirar por la fe del funcionario, le hace ver que su fe es todavía muy deficiente, porque sólo se fija en el milagro y no en lo que el milagro significa. Notemos que la fe de aquel hombre va madurando. Comienza creyendo en la palabra que le dijo Jesús (4,50); cree en Jesús Palabra y se “pone en camino”. Es una bonita manera de referirse a la dinámica de una fe que nos empuja a caminar. Cuando se encuentra con los criados y le dicen que su hijo vive, él ya creía antes, pero ahora va a creer él y toda su familia (4,53), mostrando así la dinámica expansiva de la fe.
Con el el ciego de nacimiento (Jn. 9), Jesus se revela como fuente de luz que libera y reintegra a la persona devolviendole su palabra y su dignidad. Es admirable el proceso progresivo vivido por el ciego curado, su protagonismo y libertad cada vez mayor. Y que con cierta ironía va abordando a sus detractores. En realidad el ciego va siendo iluminado progresivamente, desde la luz natural de sus ojos hasta la mirada sobrenatural y profunda de la fe. Él no hace nada para ser llamado por Jesús. Jesús es quien se acerca a él “escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego”.
Hay un cambio cualitativo en él de tal manera que la gente se sorprende. En el hombre ciego sanado podemos ver un progreso en la confesión de fe. Al inicio habla de “ese hombre que se llama Jesús” (9,11). Posteriormente afirma que Jesús “es un profeta” (9,17). En el segundo interrogatorio de Jesús: “Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada”. Al final, ante la pregunta de Jesús, le reconoce como Señor y como Hijo del Hombre y “postrándose le adora” (9,38).
Estos textos nos ayudan a recordar lo que nuestros obispos han escrito: “No nos cansaremos de repetir con el Papa Francisco, aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello una orientación decisiva” . Solo gracias al encuentro – o reencuentro- con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada (89).
Y es que para nosotros el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio de Jesucristo, a la luz de él, en su encarnación y todo el camino recorrido y vivido por él. Por esto, es importante considerar que “TODA la vida y misterio de Jesucristo es redención”. Me llama la atención la insistencia que el PGP hace en este sentido (nos. 90; 104; 112-129). “El Acontecimiento Jesucristo es todo redentor: desde la creación del universo de la que Jesucristo es mediador, su encarnación, su predicación y su praxis del Reino de Dios, la conformación de su comunidad de discípulos, su muerte y resurrección, la comunicación de su Espíritu, su presencia como resucitado en el mundo, en la humanidad, en la Iglesia, su trabajo permanente en la obra de cristificación de la realidad, hasta que todas las cosas lo tengan por cabeza” (104; cfr. 90 112-129). ¿Cuánto hemos meditado los misterios de la vida del Señor? ¿Cómo trabajamos el estudio y profundización de toda su vida en el evangelio y en la tradición de la Iglesia?
Nuestra gran tarea es “tener los ojos fijos en Jesús”, realizar aquello que Dios ha querido con su revelación: “invitarnos a su compañía y hacernos participes de su divinidad” (DV 2). O como lo afirma el PGP: “La fe cristiana, ha ilustrado, a través de muchas figuras, esta obra salvadora del Hijo encarnado. Lo ha hecho sin nunca separar el aspecto curativo de la salvación, por el que Cristo nos rescata del pecado, del aspecto edificante, por el cual Él nos hace hijos de Dios, partícipes de su naturaleza divina (cfr. 2 Pe 1,4). Teniendo en cuenta la perspectiva salvífica que desciende (de Dios que viene a rescatar a los hombres), Jesús es iluminador y revelador, redentor y liberador, el que diviniza al hombre y lo Justifica”.
Así lo propone San Agustín: “Dios quiere hacerte dios, no por naturaleza, como lo es aquel a quién engendró, sino por gracia, mediante la adopción. Del mismo modo que El al hacerse hombre participó de tu mortalidad, así te hace a ti, exaltándote, participe de su Inmortalidad”.
III. Una Espiritualidad animada por el Dinamismo de la Encarnación. “En Salida”.
“…el hombre queda incorporado a un dinamismo nuevo, que el mismo Jesús le comunica” (130; 146); “Nos proponemos ser esos pastores en salida, capaces de dialogar con el mundo”.
Con el Papa Francisco se ha hecho popular la consigna de que la Iglesia ha de ponerse “en salida” (EG 46; 49). Nuestros obispos lo hacen parte de la tarea y misión de la Iglesia al afirmar: “Somos conscientes de que, al caminar en la historia, necesitamos dialogar con el mundo para realizar la misión de proclamar a Jesucristo Redentor. Caminar en la historia como pueblo de Dios nos exige “salir”, superar inmovilismos, buscar actitudes nuevas, actitudes abiertas y capaces de proponer el Evangelio a todos para la construcción del Reino (138).
Asumimos con toda verdad que se trata de una “salida misionera”, como “paradigma de toda obra de la Iglesia”. No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos (DA 548), ya que es necesario pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera (DA 370)…Afirmamos con toda convicción que esta salida es lo que hace que la Iglesia, Pueblo de Dios, sea misionera. Y que el modelo de esta salida para la Iglesia es Jesucristo Redentor…” (140-141).
El misterio de la Encarnación nos revela a un Dios no solamente sensible y atento a nuestra humanidad sino en movimiento, “saliendo al encuentro nuestro”, tal como lo afirma el Concilio: “Porque así como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándole con el mismo movimiento con que Dios lo buscó. Así, pues como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades en prueba de la llegada del reino de Dios, así la Iglesia se une por medio de sus hijos a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa” (AG 12)
Contemplar a Jesucristo-PALABRA en San Juan es descubrir un dinamismo o movimiento de la caridad divina. Este “movimiento” de caridad, asumido por el Verbo lo podemos contemplar en el evangelio en los siguientes momentos: a) El Verbo originalmente en comunión y referencia al Padre (1,1s); b) El Verbo que sale y viene al encuentro de nuestra humanidad. Pone su morada entre nosotros. c) La gran misión del Verbo es reunir en uno a los hijos de Dios dispersos (11,52); d) Es el Verbo que habiendo amado hasta el extremo a los suyos, se anticipa a la casa del Padre, para luego volver y conducir a los suyos: “…os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (14,3).
San Pablo describe el misterio de la encarnación como un movimiento de descenso, la “kenosis” del verbo, el abajamiento. (Fil. 2,6ss). El misterio de la Encarnación sugiere un “movimiento”, “salir de sí”. Es el Padre que se deja “con-mover” y “movido de compasión” sale y corre al encuentro de su hijo y lo besa efusivamente (Lc. 15,20).
Este “movimiento” de la caridad lo podamos concretizar a la luz del camino permanente de Jesús en medio de pueblos y rancherías que no le daba tiempo ni para comer (Mt. 9,35- 38; Mc. 6,31). Pero no basta solamente con salir de sí. El Verbo de Dios ha salido al encuentro de la humanidad para desposarse con ella y como ESPOSO hacerse uno sólo con ella.
“El Esposo es el Verbo, y la Esposa es la carne humana, y ambas cosas son uno solo y el mismo, que es el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. El seno de la Virgen María fue como el lecho nupcial donde se hizo cabeza de la Iglesia, y de allí salió como el esposo de su tálamo” (San Agustín).
Jesucristo esposo de la humanidad viene a nuestro encuentro como BUEN PASTOR para reconducir todo al Padre. Jesús es el Pastor “bueno”, el pastor por excelencia en contraposición a los malos pastores (Jn. 6,35; 10,9; Sal. 23; 78,52; 80,2; Ez. 34; Mt. 9,36)
La acción que realiza el pastor con las ovejas es primeramente sacarlas para llevarlas fuera al descampado. Es por esto que Jesús es a la vez Pastor y Puerta (Jn 10). Pero el Pastor esta listo para defender a las ovejas frente a los depredadores, para que no las arrebaten ni las dispersen. El Pastor contrasta con el asalariado y el ladrón.
El Buen Pastor esta dispuesto no solo a defender la vida de sus ovejas, sino a poner la suya. No hay vida comunicada sin vida entregada. En Jesús vemos como el que entrega voluntariamente la vida puede recobrarla, porque el entregarla se ha abandonado al Padre cumpliendo su mandamiento. Es el Hijo que muestra su amor al Padre entregando su vida, y por esto mismo el Padre le ama y le demuestra su amor devolviéndole la vida.
Es bellísima la síntesis que hace San Juan al presentarnos al Buen Pastor como el Cordero. Así es presentado Jesús desde el principio en labios de Juan Bautista y en referencia velada al momento de su muerte (1,29.36; 19,36. Cf. Is 53,62). Pareciera que el autor lo que desea comunicarnos es que la única manera de quitar el pecado es cargar con él. No hay otra manera de dar vida sino entregándola. Sólo el que se ha puesto en el lugar de los corderos y ha dado la vida por ellos, puede pastorearlos sin peligro de tiranía y manipulaciones. Sólo puede dar vida quien ha dado su vida. Sólo quien ha sabido ponerse en nuestro lugar y asumir nuestro destino puede guiarnos a la Vida plena. Jesús que como Hijo obediente y dócil no busca otra cosa que realizar la voluntad del Padre (5,19) puede afirmar con toda autoridad nadie me quita la vida, yo la entrego voluntariamente. Tengo poder para darla y para después recobrarla” (10,18)
Dios Padre ofrece a Jesús y lo pone en nuestras manos como un DON. Si tu conocieras el “don de Dios” dice Jesús a la samaritana, subrayando de esta manera la gratuidad profunda y absoluta que caracteriza el don de su persona.
Jesús es “DON” para la humanidad e invita a entrar en el misterio de la vida con esta misma actitud. El ritmo de su vida lo determina el Padre en tiempo y hora (7,6; 10,18; 17,1); sus ovejas pertenecen al Padre y al Hijo y la misma calidad de relación y de conocimiento existente entre Padre-Hijo, se da entre Hijo-discípulos, es tal la relación estrecha que existe que tanto el Hijo como el Padre las tienen en sus manos y nadie puede arrebatarlas de sus manos (10, 14-15.28-30; 17,12); El vive permanentemente en el dinamismo del don, ante todo el don de sus discípulos, pero también la realidad dolorosa de la pasión (5,26; 17,6; 18,11)
Es Jesús que al recibir todo como don del Padre lo comparte con sus amigos (que no siervos 15,15): “Les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer” (17,26); “les he dado a conocer tu Palabra” (17,14); “Les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno” (17,22-23). Este es precisamente su regalo mayor: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a ustedes; permanezcan en mi amor” (15,9)
El don de la filiación divina, ofrecida a los hombres en Cristo constituye el corazón del mensaje de San Juan. Podemos encontrar dos extremos entre los que se realiza esta gracia: al inicio en el prólogo “A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (1,14) y la palabra de Jesús resucitado: “vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (20,17). La vida de Jesús se realiza entre estos dos extremos.
Todo esto nos ayuda a comprender que en el Señor Jesús no basta solamente con el “movimiento de descenso”, el estar “en salida”, sino el “salir al encuentro de la humanidad” pero animado por la actitud y los sentimientos de “esposo”, “buen pastor”, “cordero” y “don para los hermanos”, actitudes que cualifican y determinan la manera de salir al encuentro y de servir a la humanidad y que deben orientar el dinamismo de salida de todo cristiano y nuestra iglesia.
IV. “Una Espiritualidad animada por el dinamismo de la Eucaristía”(PGP 143)
“En la fuerza del Espíritu, los dones y nosotros en ellos, somos convertidos, somos consagrados en cuerpo y sangre, haciéndonos presencia personal del Resucitado. Desde y por Él, llamados a convertirnos en pan partido y compartido, generadores de vida y esperanza, constructores de comunidades fraternas” (144)
¿Qué significa que nuestra Iglesia es eucarística?(143) ¿Qué significa para nosotros vivir en el dinamismo de la eucaristía?. La celebración de la eucaristía con todo lo que implica es parte de nuestro trabajo cotidiano. Sabemos que nuestra vida sacerdotal la podemos vivir en la convicción y certeza de ser presencia sacramental de Jesucristo, iconos de su persona. Pero también podemos ir dejando a un lado la pasión inicial y celebrar el misterio de la fe como funcionarios de lo religioso.
La eucaristía es el sacramento que concentra y expresa de manera total el misterio de la vida de Jesucristo. La sabemos “fuente y culmen” en la vida sacerdotal y de la comunidad eclesial 4.
Es tan importante esta realidad que la vida presbiteral encuentra en la eucaristía la fuente de su espiritualidad y de su entrega.
La liturgia no trata solamente de una habilidad, la Iglesia nos habla de “Ars Celebrandi”, un oficio que hemos de realizar con temor en el sentido que realmente hacemos presente el misterio que celebramos. Como lo afirma el Concilio: “En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernaculo verdadero; cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía…”5. Ya esto determina la manera como preparamos, celebramos y vivimos nuestra liturgia. ¿Cómo hacemos presente el misterio de Dios y entramos en sintonía con la “liturgia celeste”? ¿Cómo hacerlo si no se prepara adecuadamente la eucaristía?.
Benedicto XVI presentaba toda esta realidad como “el arte de celebrar”6 y a los sacerdotes como quienes presiden en la fe a sus hermanos. “Presidir” sugiere un espíritu y nos presenta una exigencia porque no se trata solamente de “estar al frente”, “todos los sacramentos, asi como todos los ministerios están estrechamente unidos a la sagrada eucaristía y a ella se ordenan” 7.
Esto supone para el sacerdote vivir con intensidad cada eucaristía como fuente de su espiritualidad. Ya que la Eucaristía les permite irse configurando progresivamente con el Cristo: “en el sacrificio de la Misa, los presbíteros representan a Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima por la santificación de los hombres; de ahí que se los invite a imitar lo mismo que tratan…”8.
También para los laicos la eucaristia ha de ser “fuente” de agua viva, pan de vida que alimenta y nutre e impulsa en el camino9. San Agustín, refiriéndose al Misterio eucarístico, pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí en el sacramento: “Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz, santificado por la palabra de Dios, es sangre de Cristo.
Por medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su cuerpo y sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados. Si lo habéis recibido dignamente vosotros sois eso mismo que habéis recibido” Por lo tanto, “no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo Mismo”.
Ahora bien, el Concilio presentaba la eucaristía como una mesa en la cual se sirve un doble pan: el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía10. ¿Cómo nos alimentamos de esta mesa con doble pan? ¿Como nos preparamos para servir a nuestro pueblo este doble pan? ¿Cómo nos disponemos para ofrecer un verdadero pan que nutra y anime el camino de nuestro pueblo?
Servir el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. Ser palabra y pan para los Hermanos.
a) El Pan de la Palabra: En el Dinamismo de la Palabra
El Pueblo de Dios se congrega primeramente por la palabra de Dios vivo, que con toda razón es buscada en la boca de los sacerdotes 11. Por esto, el Ministro de la Palabra estudia y medita la Palabra de Dios para ofrecer un alimento sólido y consistente a sus hermanos en la comunidad eclesial12.
Para ser un fiel distribuidor de la palabra de Dios hay que ser un verdadero obrero de ella (cf. 2Tim 3,14-17). El ministro debe conocer por dentro las Escrituras, permanecer en ellas. Sólo así se puede ser testigo de la Palabra hecha carne (cf. 1Jn 1,1-4). De los labios del testigo debe fluir la palabra que habita dentro de él (1Tim. 4,12-16).
Para iluminar y acompañar la experiencia de la comunidad, el pastor, además de acompañar de cerca, ha de tener un conocimiento connatural de las Escrituras. Sólo se establecerá en el corazón del pastor un diálogo entre la experiencia de su pueblo y la palabra de Dios, si la Sagrada Escritura impregna su existencia. Es una condición indispensable para que la predicación y las múltiples relaciones del presbítero constituyan un auténtico momento Evangelizador13.
En realidad el Sacerdote, más allá de reducirse a ser un predicador por mas buen orador que sea, esta llamado a entrar y vivir el dinamismo del Verbo. Como Jesús el sacerdote esta llamado estar en comunión con el Padre; salir del Padre constantemente con corazón de pastor, al encuentro de su pueblo en especial ante los que sufren, los más pobres; salir al encuentro de los hombres “para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos”; para conducir a los hombres a Dios. Este dinamismo ha de acompañar nuestra oración y nuestro ministerio Pastoral.
Lo más exigente es que el Sacerdote se sienta llamado no solo a proclamarla, sino ante todo a “ser palabra” para su pueblo. Benedicto XVI hace referencia a esto cuando afirma: “La tradición del pensamiento cristiano supo profundizar en este elemento clave de la sinfonía de la Palabra cuando, por ejemplo, san Buenaventura, junto con la gran tradición de los Padres griegos, ve en el Logos todas las posibilidades de la creación, y dice que «toda criatura es Palabra de Dios, en cuanto que proclama a Dios» 14. El hombre en su grandeza, aun con su fragilidad y ambigüedades es sin embargo expresión del absoluto de Dios y ha sido llamado a ser “Palabra de Dios”.
El Cardenal Carlo María Martini15, recuerda cómo no solamente el sacerdote, sino todo cristiano esta llamado a vivir en este dinamismo. El creyente esta llamado a ser “palabra de Dios”.
b) Servir el Pan de la Eucaristía
En la eucaristía nos acercamos a Dios Padre para presentar nuestras ofrendas y necesidades. En realidad es él quien pone en nuestras manos la oblación por excelencia, El regalo de su hijo Jesucristo que ha hecho de su existencia don y ofrenda agradable al Padre. El no ha tenido que ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes de la antigüedad, sino que lo realizó de una vez para siempre gracias y por la fuerza de una vida indestructible (Heb. 7.18.27). Gracias a la grandeza de este don, puede “salvar definitivamente a los que por él se llegan a Dios, ya que esta siempre vivo para interceder en nuestro favor” (Heb. 7,25).
Los evangelios nos revelan la gran importancia que el “dar gracias” tenía para Jesús en la relación con su Padre. Para expresar esta actitud utilizan dos expresiones familiares para nosotros que podemos encontrar en la ultima cena: “dar gracias” (eucharistein) y “bendecir” (eulogein). El verbo “dar gracias” lo encontramos en el relato de la segunda multiplicación de los panes en los evangelios de Mateo y Marcos (Mt. 15,35-36: cf. Mc. 8,6) igualmente lo encontramos en el relato presentado por Juan (6,11.23). Podemos recordar también la oración de Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro por la cual Jesús ruega al Padre y da gracias (Jn. 11,41). San Pablo insiste en que seamos conscientes y agradecidos por los dones recibidos (1Tes. 5,16s.; Col. 1,12; 3,17; Rom. 1,8; 1Cor 1,4).
Es Jesús pues quien nos enseña a vivir en este dinamismo de acción de gracias. En la última cena Jesús ha comenzado con el dar gracias a Dios. Tomo el pan y dio gracias, tomo la copa y ha dado gracias (Mt. 26,26-27). Para Jesús el primer aspecto de la Eucaristía es que ella es un don del Padre16.
Jesús ha abrazado toda nuestra vida hasta la cruz. Y ha vencido a la muerte por medio de la misma muerte. Con la fuerza del amor que recibe del Padre, él ha transformado la propia realidad de su muerte, evento de por sí negativo, injusto y cruel en un momento trascendental, don supremo de amor, fuente de salvación para todos. Jesús ha podido decir en el momento decisivo: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad” y por esto hemos sido todos santificados gracias a “la oblación de una vez para siempre de su cuerpo”. (Heb. 10,9).
Por el misterio de la encarnación, el Señor ha querido asumir el “gustar la muerte para bien de todos”, “beber la copa de la pasión”, “compartir la sangre y la carne para reducir a la impotencia mediante su muerte al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir; al diablo” (Heb. 2,14)17. San Pablo no duda en afirmar: “A quien no conoció pecado, le hizo pecado
por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2Cor. 5,2; Gal. 3,13; cf. 1Pe. 2,24).
En la última cena, Jesús enfrenta y asume toda esa realidad dolorosa y la hace momento que manifiesta su “extrema caridad”, medio de comunión con Dios y con la humanidad. Con Dios a través de la obediencia filial (Heb. 5,8), con los hombres a través de una solidaridad fraterna y total porque “él no se avergüenza de llamarnos hermanos” (Heb. 2,11). Por esto el momento de la institución de la eucaristía ha sido una total victoria del amor sobre el pecado de los hombres y sobre la muerte.
c) El Sacerdote llamado a ser “un buen pan para sus hermanos”.
Es verdad que nuestra vida como ministros se realiza en medio de una realidad que sentimos tantas veces que nos rebasa y va mas allá de nuestras fuerzas. A veces sentimos que las demandas de la gente no solamente nos absorben sino que casi “nos devoran” por las exigencias y necesidades que se nos presentan. Agregamos además, la complejidad de la realidad que hoy vivimos, y ante la cual siempre somos invitados a situarnos como pastores y hermanos.
Nosotros que celebramos la eucaristía diariamente y que muchas veces la vivimos con tensión y de prisa por la realidad pastoral que vivimos, realmente ¿podemos aspirar a entrar en este dinamismo propuesto? ¿Puede ser la eucaristía el dinamismo que alienta y alimenta todo nuestro ser y ministerio pastoral? ¿Llegar a ser “palabra de Dios” para nuestros hermanos, “vivir en clave de gratitud y servir gratuitamente a nuestros hermanos”, aprender con Jesús a hacer de nuestra vida una liturgia permanente? San Pablo lo dice con una convicción profunda: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo…de modo que la muerte actúa en nosotros mas en ustedes la vida” (2Cor. 4,10; cf. Fil. 2,17; 1Tes. 2,13).
Antonio Chevrier sacerdote diocesano en Lyon (s. XIX), reflexionó mucho sobre la vida sacerdotal en esta perspectiva de configuración con el Cristo. El concluía que el sacerdote debía ser despojado como Jesús en el pesebre, crucificado como él en la cruz, comido como él en la eucaristía. Como Jesús, “hay que llegar a ser un buen pan, dando la vida por medio de su fe, de su doctrina, de sus palabras, de su ejemplo”.
Enviados a proseguir la obra de Jesús, los apóstoles se convierten en pan de vida por la unión y configuración con El. Toda nuestra vocación es reproducir en nosotros a Jesús “Palabra y Pan”, a fin que los hombres puedan conocerlo y entrar en comunión con El. Esto comporta de manera mística una decisión: Tomarlo como nuestro único Maestro y Modelo, a fin de llegar a ser “otro Jesucristo”, sabiendo que como Verbo de Dios, Enviado a los hombres, no sólo nos muestra el camino, sino que nos da su Espíritu para recorrerlo con seguridad y alegría.
Es necesario asumir que dar la vida, es mucho más que un gesto de un día, es avanzar
todos los días por el camino de la paciencia de Dios, que quiere que “todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Todos los días ceñirse el vestido pobre y
humilde del servicio. Todos los días morir a sí, para inmolarse en el ministerio. Todos los
días dejarnos transformar por el Espíritu en hostia viva. Dicho con otras palabras, el sacerdote
se hace en la medida que acepta llegar a ser víctima con Cristo, en la medida que se recorre
su mismo camino en todos los misterios de su vida.
Este darse a favor de un pueblo supone “permanecer” en la fe, en la Palabra, en la Eucaristía, en el sufrimiento de la entrega. Hay que unirse a Cristo para que dándose por la palabra y la Eucaristía, junto con él nos dé también a nosotros. “Como ministros, señaladamente en el sacrificio de la Misa, los presbíteros representan a Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima por la santificación de los hombres; de ahí que se los invite a imitar lo mismo que tratan…” 18(PO 13) y como lo sugieren nuestros obispos: somos llamados a convertirnos en pan partido y compartido, generadores de vida y esperanza, constructores de comunidades fraternas”.
V. Una espiritualidad que nos impulsa a construir “la casa para todos” (151s).
El Papa Francisco llama al mundo “nuestra casa común” en su encíclica “Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común” (3.17). Sacar las consecuencias de este concepto es una buena tarea para nuestro servicio pastoral precisamente por lo que implica de la realidad y las personas como parte de una casa a la cual todos pertenecemos, hemos de cuidar, atender y seguir construyendo, especialmente a los más pobres y maltratados que son siempre los más afectados y actualmente “descartados”.
El PGP, en el contexto del acontecimiento guadalupano insiste en mas de una ocasión sobre el “mandato de construir una casita donde se manifieste el consuelo materno de Dios (cfr. Is. 49,15)” (PGP 9.10.11). Ante esta misión y tarea, es importante afirmar que “la iglesia en México necesita sentarse a los pies de la Virgen Madre para alentar la esperanza de ser un solo pueblo…Creemos que la mirada inmaculada de María puede conducirnos a la serenidad necesaria para hacer un sano ejercicio de escucha del sentir del pueblo, de autocrítica, de trabajo en común…” (PGP 9-12.19). Una tarea importante para nosotros es meditar, profundizar y empaparnos del acontecimiento guadalupano. Conocer mas y cultivar la mirada que María de Guadalupe nos revela en este acontecimiento, su pedagogía, sus actitudes, sus consignas y misión que da a Juan Diego. Y esto complementarlo con una meditación permanente del canto del Magnificat. Aquí tenemos una tarea concreta para nuestro servicio Pastoral.
Es precisamente a los pies de María y animados por su mensaje y su mirada que nuestros obispos nos invitan a trabajar juntos, a luchar juntos en la realidad que vivimos y que describen citando las palabras del Papa: “la iglesia es hoy, un hospital de campaña con muchos heridos que debe atender” (20). Se requiere un cambio, un cambio real. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos. Y tampoco lo aguanta la tierra, la hermana Madre tierra” (20.48). Somos llamados a realizar una pastoral de discípulos- misioneros, que haga presente la caridad con alegría, la generosidad y creatividad pastoral, respondiendo de manera concreta y organizada a los desafíos de nuestro Pais (148).
Las palabras de nuestros obispos son ya una consigna: “…queremos refrendar el compromiso de seguir construyendo una “casita sagrada” porque representa un elemento común de identidad de este pueblo, un signo de unidad, un espíritu de familiaridad. La “casita sagrada” es un lugar donde nadie se siente extraño; un lugar de encuentro, convivencia y cercanía con los seres queridos; un lugar donde se comparten las experiencias de vida. Uno de los grandes retos de la pastoral ha sido el que en el lugar donde se reúna la comunidad todos nos sintamos en casa. Cuando esto no ocurre, cuando no construimos la “casita sagrada” entre todos, mas de uno se sentirá extraño y con mucha facilidad se ira de casa.
Construir la casa común en donde todos nos sintamos hijos-hijas de un Padre común, hermanos de Jesucristo, dinamizados por su Espíritu, dignificados e impulsados a trabajar en la transformación de nuestro mundo es la tarea que se deriva para todos nosotros. Hemos de identificar los rostros de los mas necesitados y marginados: el rostro emergente del migrante (extranjero y mexicano) con todo el peso de su realidad desde finales de 2018, las víctimas de la violencia, los jóvenes-adolescentes envueltos en la violencia, el narcotráfico, el desempleo. Las mujeres y niños violentados.
Esta “casita” se debe caracterizar y distinguir como espacio eclesial donde se ofrezca el trato respetuoso, la palabra amable, la escucha paciente, la preocupación sincera por el sufrimiento del otro,. Espacio eclesial que se afana por descubrir en el rostro sufriente y necesitado al mismo Cristo, porque en el pobre es el mismo Cristo que viene a nuestro encuentro. En realidad el acontecimiento guadalupano nos ofrece un camino único y evangélico para realizar nuestra misión, un itinerario pedagógico para anunciar el evangelio y salir al encuentro del otro, ante todo del mas pobre. En Nuestra Señora de Guadalupe podemos inspirarnos y confrontarnos siempre: “El humilde respeto por la persona, el cariño y la cercanía, la especial predilección por los humildes, el acto de asumir las cosas buenas de la cultura y de la persona, el hecho de hacerse uno de los habitantes de esta tierra y la eficacia de la caridad. Cuánto tenemos que aprender de nuestra Morenita, en el momento de proponer con renovado entusiasmo el mensaje del Evangelio”. Tal vez por esto nuestros obispos anotan “con firme convicción nuestra vocación de ser una iglesia pobre y para los pobres, para servir y manifestar su solidaridad a los más necesitados” (149.150-154).
¿En qué medida nuestras comunidades son espacio eclesial en donde las personas se sienten acompañadas, reconfortadas, dignificadas, impulsadas a vivir los valores del Evangelio?
Para Dialogar:
• ¿Qué medios nos ayudan a cultivar y profundizar nuestra espiritualidad sacerdotal?
• ¿Cómo enriquece el PGP nuestra espiritualidad y qué desafíos nos presenta?
• ¿Detenernos en un apartado propuesto en el tema y comentarlo con los compañeros?
1 Discurso a la curia romana, navidad 2019.
2 Benjamín Bravo, Rasgos de una espiritualidad ante el cambio de época.
3 Ibidem. Proponer la fe en la sociedad actual. Carta a los católicos, 1984, n. 2.
4 «Sacrosantum Concilium», 5-7., cfr. También VD 52-56; EG 137.
5 «Sacrosantum Concilium», 8.
6 BENEDICTO XVI, «Sacramentum Caritatis», 38-42.
7 IBID., 39. PO 5. Ver también : E. BIANCHI, Presbíteros. El arte de servir el Pan y la Palabra
8 PO, 13.
9 PO, 5. “Los presbíteros, enseñan a fondo a los fieles a ofrecer a Dios Padre la Víctima divina en el sacrificio de la Misa y a hacer juntamente, con ellos, oblación de su propia vida”
10 PO 18; Perfectae Caritaris 7.
11 PO 4.
12 PAPA FRANCISCO, «Evangelii Gaudium», 150.; PO 13; «Resulta vacío el predicador de la Palabra de Dios hacia fuera que no sea un oyente por dentro» San Agustín.
13 IBID., 154.
14 VD 8
15 C.M. MARTINI, Parola alla Chiesa, Parola alla Citta, 68. “El hombre se descubre entonces como presencia del Dios ausente, como signo de su presencia, como expresión por la cual él se manifiesta aun siendo el inexpresable. El hombre en este sentido es palabra de Dios y en el hablar humano se manifiesta esta característica radical del hombre”.
16 Conviene recordar como San Juan presenta también en esta clave la pasión del Señor. Todo es don, aun los momentos más difíciles. Pedro que había herido la oreja del siervo del sacerdote recibe estas palabras de Jesús: “Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?” (Jn. 18,11).
17 El autor de Hebreos contempla esto de manera profunda admirando el camino de Jesús “que ha tenido una fuerza indestructible”. Gracias a esto Jesús “está siempre delante de Dios para interceder por nosotros”. Por esto, “el ha sido constituido como mediador de una nueva alianza”, gracias a lo absoluto de su gesto generoso que se ha realizado “una vez por todas, una sola vez”. Lo más bello y definitivo para el autor es que todo esto concede “plena confianza para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por ese camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través de la cortina, es decir de su cuerpo” (7.16.25; 8,6; 9,15; 10,19s).
18 PO 13










