DOMINGO XVIII ORDINARIO
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo 1 de Agosto 2021
(Jn 6, 24-35)
Jesucristo ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia(Jn 10, 10). La vida es una, partiendo del cuerpo continuando hasta el marco de valores que la hacen posible y le dan un sentido, o viceversa. Es cuerpo y alma, decimos. La integralidad de la misión de Jesús ha conducido a veces, a lo largo del tiempo, a reducciones temporales o espirituales. La comunidad de san Juan estaba frente al peligro del gnosticismo, que concibe “una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, agotada en una enciclopedia de abstracciones”(GE, 37). Pero, también, estaban frente al peligro de reducir a Jesús a los intereses prácticos de la sobrevivencia, según el texto que meditamos.
En el cuarto signo de la multiplicación de los panes aparece una revelación muy completa de toda la obra de Jesús. Jesús comienza su gran revelación como el Pan vivo bajado del cielo desde una experiencia muy concreta, como lo es el alimentar a la muchedumbre, en el comer se toca la vida y la fraternidad cotidianamente. Testigos de la cercanía de Jesús a los gozos y tristezas más profundas de la vida son todos los milagros, que explicitan el misterio de su encarnación. A la Iglesia le quedó claro desde un principio que debía encargarse de las pobrezas de sus hermanos. Así ha tratado de cumplirlo a través de las obras de caridad y la promoción de la justicia. Nos dice san Pablo VI que “entre evangelización y promoción humana –desarrollo, liberación- existe efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos”(EN, 31).
Al respecto, el Papa Francisco nos dice: “La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: “Lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, me lo hicieron a mí”(Mt 25, 40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: “Con la medida con que midan, serán medidos”(Mt 7, 2); y responde a la misericordia divina con nosotros: “Sean compasivos como su Padre es compasivo. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados; den y se les dará…”(Lc 6, 36-38)(EG, 179). El domingo pasado sacábamos consecuencias muy político-sociales, para la fe y la eucaristía, desde el signo de la multiplicación de los panes, como el recordatorio del principio del destino universal de los bienes, que no nos deberá dejar tranquilos mientras haya quien no tenga condiciones dignas para vivir. Desde la fe eucarística tendríamos que cuestionar un criterio práctico reinante: los que tienen en abundancia se lo merecen y lo que carecen de todo es porque no lo merecen. Existen otras muchas razones de ambiciones, injusticias, corruptelas, también, que explican las ofensivas inequidades que existen en nuestras Sociedades.
En el evangelio que meditamos vemos que, Jesús, no sólo quería quedar bien respondiendo a la expectativa del Mesías de la gente, que quiso proclamarlo rey, sino que les ofreció el alimento que corresponde a su gran dignidad de hijos de Dios. Quiere compartirles el sueño que Dios tiene para el hombre, “para que no vivan como los paganos, que proceden conforme a lo vano de sus criterios”(Ef 4, 17). No quiso tratarlos como unos simples limosneros que se les da un “lonche”, sino hacerlos partícipes del banquete del reino de los cielos, para que quien participe en él no vuelva a tener hambre ni sed. Su criterio no fue la complacencia de la mayoría, sino lo que le conviene al ser humano, aunque tal vez no lo comprenda. De esta manera revela el hombre al mismo hombre, al revelarle que su hambre, en última instancia, es de Dios. Por ello, ahora, aborda su misión desde la totalidad de la persona, como ya lo había hecho antes al dar de comer, pero al parecer mal comprendido. El mismo dar de comer no fue un acto de humillación hacia la gente, sino un gran gesto de promoción humana integral. Jesús lo hizo con “una atención puesta en el otro considerándolo como uno consigo mismo”(EG, 199).
Para poder prepararlos a recibir el “pan de Dios”, les cuestiona el que se la pasen pensando en el pan material. No menosprecia, con esto, las cosas materiales en sí mismas, sino cuando nos distraen del plan de Dios. Nos puede ayudar pensar esto desde la Iniciación Cristiana que se recibe para la Primera Comunión. La comunión es el signo de la fe, de la palabra de Dios, del amor de Cristo en la cruz, de la pertenencia a una comunidad. Para entrar en la mentalidad nueva de Cristo necesitamos ser evangelizados, para no recibir el Cuerpo de Cristo simplemente como un pan bendito, que nos introduce a una religiosidad estéril, sin los frutos de hermandad, de justicia, de verdadero culto a Dios. Jesucristo comienza su preparación denunciando una fe interesada, convenenciera: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse…”(Jn 6, 26). En aquel tiempo en nombre de la fe se buscaban los intereses personales, en estos tiempos nos afanamos más por el pan de la tierra sin preocuparnos tanto por el pan del cielo. Son tan efectivas las soluciones inmediatistas que nos esconden las verdaderas causas de los problemas y sus soluciones profundas.
No se trata de ser ángeles que no sienten necesidades materiales, pero pensemos en el lugar que ocupan las cosas en nuestra vida. ¿Cuánto tiempo ocupamos en la sobrevivencia o tal vez en tener cada vez más? A ello sacrificamos muchas de nuestras energías, que le podemos estar robando a valores más humanos. El consumismo es el ídolo con el que queremos llenar los anhelos más profundos del corazón. A él le podemos estar sacrificando mucha gente que necesita de nosotros, o tal vez, sacrificando nuestra relación con Dios. ¿Cuánto tiempo dedicamos a pensar, orar la vida desde Dios, en cuanto que es el más insobornable guardián de los derechos y obligaciones de cada uno? Podemos decir que haciendo cosas, trabajando por la trasformación de la sociedad, hacemos más que los que rezan o van a misa. Esto puede ser cierto, el asunto es que la realidad se queja de que falta algo. Por más tecnología, ciencia, leyes, trabajo que le echamos, la realidad se queja de muertes, hambre, pandemias, pobreza, violencia, migraciones, etc. Nuestra soberbia nos lleva a decir que nos bastamos a nosotros mismos para salvar al mundo, pero los síntomas de su enfermedad le dan la razón a Jesús de que nos falta “el alimento que dura para la vida eterna, que sólo él puede dar”.
Visto desde la vida personal, después de todos los afanes, logros y éxitos, queda un vacío que no se llena con la cultura del bienestar. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada…Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota de Cristo resucitado”(EG, 2).
También hoy Jesús se siente atropellado por expresiones religiosas pragmáticas, utilitaristas, como en el Evangelio. También ahora nos puede decir Jesús no me buscan para escucharme para ser mis discípulos, me buscan para adornar sus costumbres religiosas. Quieren permanecer en sus criterios mezquinos, aunque eso los mantenga en un mundo lleno de violencia, de prepotencias y mentiras. No quieren entrar al mundo de la libertad de los hijos de Dios, de la gratuidad, de la esperanza, de la humildad, la mansedumbre, la solidaridad, “no trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre…”(Jn 6, 26-27).
Mientras a Dios se le busca al gusto, en la medida de la necesidad, somos los mejores creyentes, según nuestros propios criterios, pero cuando Jesús nos revela su misterio profundo, a través de sus palabras, se rompe el encanto y se da paso al conflicto. Escandalosa la veleidad del corazón del hombre que pasa del amor apasionado al casi odio en un instante, cuando se le confronta. Después de haberle manifestado su profunda admiración, los judíos comienzan a poner en tela de juicio la misión de Jesús. Primero le lanzan una pregunta como si quisieran atender la invitación que les hace Jesús: “¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere?”(Jn 6, 28). Pero después lo desconocen totalmente frente a la autoridad de Moisés y al pedirle una señal, como si la de los panes no significara nada: “¿Qué señal puedes ofrecernos para que, al verla, te creamos?”(Jn 6, 30).
Este es un retrato muy elocuente del problema fundamental de la fe: hacer de Dios un “títere” a la medida de nuestras necesidades. Jesús no dejará de insistir en la necesidad de comulgar con todo un proyecto que combate al “viejo yo, corrompido por deseos de placer”(Ef 4, 24).










