– Meditación sobre el Mural de Saint Fons –
EL SACERDOTE, HOMBRE COMIDO
(Jn 6,1-15)
Prado de España
4 de agosto, 2024
➢ Para ser hombres “comidos”, debemos dejarnos conducir por el Espíritu al Pesebre y a la Cruz. No basta el camino del voluntarismo: del auto-despojo y de la auto-entrega. Hay que entrar en el dinamismo de la Pascua y morir a sí mismo para que Cristo pueda decir en nosotros: “Tomad y comed”. Tal era la propuesta de A. Chevrier, que deberíamos hacer nuestra. El Siervo se ha convertido en hostia agradable, porque al darse ha actuado plenamente en cumplimiento del designio del Padre. Sólo en el amor y compasión de Dios, en comunión con su voluntad, nuestra entrega nos convertirá en “buen pan”.
➢ El Padre nos da en especial a los pobres con el Hijo despojado y crucificado. El sacerdote está llamado a ser presencia de Cristo en medio de los suyos. Sólo quien haya entrado en el Espíritu del Pesebre y de la Cruz, será reconocido por los suyos. “Oirán su voz, reconocerán la del Buen Pastor y lo seguirán”.
➢ El pueblo necesita de pastores según el corazón de Dios. Hombres que salgan a los cruces de los caminos para reunir a los hijos dispersos en un solo pueblo. Hombres que vivan del Espíritu y comuniquen el amor derramado en sus corazones.
Sin una auténtica pasión de amor, el sacerdote no pasará de ser un buen funcionario. Su palabra sonará vacía, sin calor ni convicción. Su presidencia no remitirá espontáneamente al Señor que se entrega como comida y bebida de salvación. Su responsabilidad y su persona no atraerán a los pueblos en la confianza y la libertad. ¿Cómo vivir esta pasión de amor por Jesucristo, su Evangelio y los hombres? ¿Cómo ser testigos de la filantropía del Padre en medio de los hombres? ¿Cómo vivirlo de manera concreta?
➢ En el Cuadro de St. Fons, el P. Chevrier vuelve a retomar los aspectos meditados para desvelarnos un poco más la profundidad de una existencia sacerdotal que brota del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu. Amor de comunión y de misión.
1 – Hacernos pan de vida para todos
a) dando nuestro cuerpo
“Mi cuerpo entregado por vosotros”. “Mi sangre derramada por la muchedumbre”. Meditemos qué puede significar para nosotros dar nuestro cuerpo en el Cuerpo de Cristo. Damos nuestro cuerpo para que siga creciendo y desarrollándose el Cuerpo del Resucitado en la historia. Ofrecemos así nuestro cuerpo para un nacimiento según el Espíritu.
Por el don del cuerpo, Cristo nos asocia a su Cuerpo espiritual. Es el signo eficaz de la comunión total. Formamos una sola carne sometida al designio del Padre. Cristo, al dar su Cuerpo y su Sangre, nos hace su Cuerpo y su Sangre. El uno vive en el otro y para el otro.
Así, dar nuestro cuerpo es desposar un pueblo de una vez para siempre, en el acto mismo que el Verbo de Dios nos comunica su humanidad. Es la experiencia de entregarnos de una vez para siempre a la Iglesia: “Tomad y comed” en Cristo mi propio cuerpo. Los intereses de Dios y de los hombres son los nuestros. En nuestro cuerpo se actualiza de alguna forma la Alianza de Dios con los hombres.
El celibato sacerdotal es desposorio con un pueblo. Entramos en comunión para hacer avanzar la común-unión y la común-tarea.
Por otra parte, dar el cuerpo es la donación de nuestra intimidad, de aquello que nos une y nos individualiza. El amigo ya no da cosas, se entrega a sí mismo en su singularidad. La donación del cuerpo es el sígno de que compartimos todo, sin que podamos reservarnos algo. Por amor, y urgidos por él, nos hacemos todo a todos. Así damos a los pobres especialmente un derecho absoluto sobre nuestras personas, sobre nuestra intimidad y nuestra singularidad. Ellos no sólo tienen derecho sobre nuestra función; lo tienen también sobre nuestras personas. En la medida que acogen el designio de Dios, son nuestros amos y señores. Alejados, vamos en su búsqueda como sus servidores.
Dar el cuerpo significa también una vida dada en exclusiva. Exclusividad vivida con todos, sin poseer ni dejarse poseer. El seguimiento nos purifica y capacita progresivamente para un darnos en exclusiva a todos y a cada uno. Como pastores no calculamos. Sembramos en todos los terrenos, aunque las apariencias pudieran indicarnos lo contrario. Como “padres y madres” nos entregamos sin calcular a fin que crezca la familia de Dios. En la originalidad de cada encuentro, vamos aprendiendo a darnos de manera exclusiva. No podemos reservarnos. La Iglesia se convierte también de alguna manera en nuestro cuerpo. Así se va consumando en nosotros la “desapropiación” del amor. Vivimos nuestro “ser alimento” para los otros, aceptando ser triturados y amasados por el sufrimiento que acompaña siempre la misión. Ante las dificultades y acechanzas, de dentro y de fuera, el pastor hace cuerpo con su pueblo y entrega su cuerpo para librar batalla con los lobos que amenazan el rebaño. Entrega su persona en la Persona del Verbo.
b) dando con Cristo su Espíritu
Cristo, entregando su espíritu al Padre, derrama el Espíritu de Dios en su Cuerpo, que es la Iglesia. Es evidente que nosotros no podemos hacerlo como Jesús, pero estamos también llamados a dar su Espíritu. Por ello, nos es necesario renunciar al “propio espíritu”, a fin de comunicar el Espíritu de Dios a los hombres. Así como nos es necesario morir a nuestro cuerpo, para que el Cuerpo de Cristo se dé en nosotros, otro tanto sucede con el Espíritu. Nos hemos despojado de nuestro espíritu, para “dar el Espíritu de Dios”, único capaz de vivificar a los hombres. Es una renuncia fecunda. El pueblo de Dios vive en la medida que está guiado por el Espíritu de Jesús. El apóstol tiene como gran misión el comunicarlo.
Dar el Espíritu podría concretarse de la manera siguiente: dar cuenta con libertad y aplomo de la inteligencia de la fe, de la esperanza y del amor que anima el Espíritu de Dios en cada uno de nosotros. Esto conlleva un acto radical de confianza en nuestros interlocutores. Tenemos fe en que también ellos están trabajados por el mismo Espíritu.
Hemos muerto a nuestro espíritu para recibir el Espíritu que actúa ya en ellos. El Estudio del Evangelio y la escucha de la vida de los hombres es el camino para seguir dando la novedad del Espíritu.
“Dar su Espíritu” nos lleva a comulgar con Cristo, que ha venido a darnos el conocimiento auténtico del Padre y a iluminar la existencia del hombre desde la fe. Así, “dar su Espíritu” es hacer entrar a los hombres en una auténtica conciencia filial. Dando el Espíritu que nos anima, abrimos a los hombres el camino de su verdadera libertad y dignidad.
“Dar el Espíritu” es también trabajar para abrir a los hombres a los “dones del Espíritu”, para instaurar en ellos “los frutos del Espíritu”. Ante todo, hemos de suscitar la “alegría” y el “amor” en el corazón de los hombres hacia Jesucristo, en quien se encuentran todos los hombres. ¿Cómo ser hoy colaboradores del Espíritu para derramar en el corazón de los hombres el amor, la esperanza de la fe, la alegría? A los hombres no los vivifica el razonamiento, sino el Espíritu que estamos llamados a infundir en los corazones. Hemos de comunicarles la llama viva que alienta nuestra existencia. De ahí la importancia de morir a nuestro espíritu, para “adquirir” el don del Espíritu que queremos comunicar a los demás, para que vivan como hijos libres en su relación con los hermanos. Nuestro ministerio es un ministerio del Espíritu.
“Dar el Espíritu” es, en última instancia, comunicar el Espíritu que nos anima. Sería una tragedia si comunicásemos un espíritu distinto del de Jesús. Ya no seríamos ministros de vida, sino de muerte, pues sólo con el Espíritu del Resucitado puede vivificarse a los hombres. Nuestro proyecto pastoral tiene que ser donación de Aquél que nos guía y conduce. Jesús dio su intimidad al comunicarnos su Espíritu de filiación, de verdad y de amor. Nos entregó su secreto para darnos la posibilidad de avanzar como hijos y amigos deDios. Aquí no hay nada de moralizante. Nos hace hijos de la luz y nos posibilita y envía avivir como luz en medio del mundo. Jesús nos lo comunica en la debilidad de la cruz.
Tampoco el sacerdote según el Evangelio, ha de presentarse como un Superhombre.
Simplemente ofrecemos el Espíritu que nos conduce entre contradicciones y cansancios. Jesús nos dió su Espíritu siendo hermano entre los hermanos y haciendo la experiencia de la obediencia.
Cuando acertamos a morir a nuestro espíritu y comunicamos el Espíritu de Dios, engendramos la comunidad de los discípulos de Jesús. Somos padres y madres por el Espíritu y la Palabra.
c) enriqueciendo con nuestra pobreza
Jesús nos ha enriquecido dándonos su pobreza de Verbo hecho hombre. El despojo es el camino para dar su propia debilidad y su gracia. El apóstol ha de aprender a dar con humildad, de acuerdo con los dones recibidos. Todo lo hemos recibido para edificar el Pueblo de Dios. Todo, pues, hemos de distribuirlo entre los pobres, pues somos sus administradores.
Para poder enriquecer a los otros, no sólo con los bienes materiales, sino sobre todo con los dones espirituales, hemos de quitar lo que impida hacerse “todo a todos”, hasta hacerse gentil con los gentiles… Dispuestos a empobrecernos en nuestra propia cultura, historia, familia, realización… a fin que el bien supremo del conocimiento de Jesucristo pueda alcanzar y enriquecer a todos. El pastor se convierte en “buen pan”, en la medida que se despoja a sí mismo para enriquecer a los demás con los dones de Dios y no con sus propias riquezas.
“Dar sus bienes” es hacer fructificar los talentos recibidos al servicio del pueblo santo. En lugar de “acumular” cosas, poder o saber, el sacerdote según el Evangelio busca comunicar la persona de Cristo, su fuerza de salvación y su sabiduría, a través del despojo de medios poderosos. Busca comunicar la fe, sin atraer malsanamente la curiosidad de los hombres. Jesús comienza dando pan a los hambrientos… para darse Él en persona.
Quien da sus bienes en comunión con el Siervo, no busca ser “reconocido”, sino que los hombres opten ante el Dios, rico en misericordia. Su alegría consiste en ver cómo los creyentes van creciendo hasta su plenitud; “Dios todo en todos”. Quien pone sus bienes a disposición de los hombres, su empobrecimiento será su riqueza. Dios le hará entrar en su gozo. El despojo es una preparación para dar a Dios en nuestra simplicidad y pequeñez.
“Los pobres” serán la carta de recomendación ante Dios. El siervo inútil es ensalzado, por el hecho de haber servido el pan en el momento oportuno. Porque damos todo, recibiremos el céntuplo. Aquí, acudirán en nuestro socorro los pobres, sencillos y pequeños, por los que se revela la acción de Dios.
d) dando nuestro tiempo
El P. Chevrier es un hombre realista. Ha observado al sacerdote burgués de su época. Ha visto cómo pierde su tiempo, cómo lo reserva para sí. Dedica un tiempo a los hombres y se reserva el resto para sí. Un poco como el funcionario. En cambio, para Chevrier el sacerdote comido ya no tiene tiempo, ni vida privada. “Eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer” (Mc 6,31). No quiere decir esto, sin embargo, que no tenga espacios de soledad y estudio, de oración y de compartir. “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco” (Mc 6,31). No es el activismo lo que debemos dar a la gente, sino nuestro tiempo. El activismo nunca ha sido “buen pan”. Jesús en la oración y el silencio se estaba dando a Dios y a los hombres. “Después de despedir a la gente subió al monte para orar a solas. Era ya entrada la noche y seguía allí sólo” (Mt 14,23).
El Siervo no ha estado a tiempo parcial. El Buen Pastor vela, cuida y trabaja su rebaño día y noche. Con Jesús los discípulos no tenían tiempo ni para comer. Es una equivocación pretender que estemos durante unas horas al servicio del pueblo, pudiéndolo abandonar en otros momentos. El padre y la madre están siempre al servicio de sus hijos, también cuandodescansan. Cuanto más indigente es el hijo, más solicitud y ternura derraman sobre él. No pueden vivir más que para sus hijos. Si saben distanciarse, lo hacen para que el hijo madure. Es una distancia pedagógica del amor, jamás un abandono. Jesús nos lo recuerda.
Va al Padre no para dejarnos solos, sino para que venga a nosotros el Espíritu. Ante el Padre nos lleva durante toda la eternidad en sus entrañas y oración. La alegría y su gloria, el Padre la tiene en sus hijos.
Por otra parte, debemos recordarnos que nuestra realización personal está en darnos nosotros mismos. Hay más alegría en dar que en recibir. Al ver crecer a su comunidad, el sacerdote según el Evangelio se siente plenamente realizado. Dándonos a las ovejas, entramos en el tiempo y en la plena realización del Buen Pastor.
Cuando damos nuestro tiempo, abrimos nuestras puertas a los pobres para que entren sin llamar, sin pedir permiso. La noche y el día no nos pertenecen, son el día y la noche del pueblo que Dios nos ha confiado.
Los hombres necesitan ser escuchados sin prisas, ser comprendidos, consolados y sostenidos en sus alegrías, luchas y sufrimientos: “Al desembarcar vio Jesús mucha gente, sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma” (Mc 6,34). Y lo necesitan, de manera especial, los pobres a quienes pocos dan su tiempo de una manera gratuita. Si entramos en la mansedumbre y humildad del Hijo, les haremos dueños de nuestro tiempo, ayudándolos a utilizar bien el tiempo que Dios les da a través Nuestro.
Surge así la necesidad de una disponibilidad absoluta, al tiempo que los educamos para que nadie se apropie para sus fines un tiempo que Dios ofrece a todos. Somos pastores las 24 horas del día. No de unas personas determinadas, sino del pueblo pobre y humilde.
Todo en nuestra vida, oración, estudio, descanso… todo viene regulado por el amor que se entrega, por el amor pastoral; y no por la agenda del ejecutivo, ni por la devoción del hombre religioso o la campana de la vida monástica. El amor y la obediencia a Dios en medio de su pueblo pobre y abandonado, ha de ser el principio unificador del tiempo del llamado a ser pastor de su pueblo.
e) dando nuestra salud
La salud es un don de Dios y como tal don hemos de administrarlo al servicio de los hombres. La salud no es un absoluto, hay que poner el don al servicio de la edificación del pueblo de Dios. Los sufrimientos, molestias y dolencias han de ser puestos al servicio del pueblo. El hambre, la sed y el cansancio han de contribuir al crecimiento. La misma enfermedad es un camino de entrega incondicional a los que Dios nos ha confiado.
En el amor hemos de “confiar” nuestras vidas entre las manos providentes del Padre, no teniendo otro objetivo que buscar el Reino de Dios y su justicia. De otra forma, seguimos siendo paganos, como nos lo ha dicho Jesús (Mt 6,31-33). Cuando nuestra salud va desmoronándose en el amor y el servicio, el hombre interior se va renovando y fortificándose, dándose así con mayor generosidad. El pueblo sabe reconocerlo con frase expresiva: “Este hombre ha dejado su salud”. La causa de Jesucristo no puede vivirse sin entregar su propia salud por la salvación del pueblo.
Esta donación de la salud es un auténtico gesto profético y de autoliberación para la misión. En una sociedad en la que la salud es un ídolo, donde se entra en verdaderas manías y patologías del cuidado de la salud, hay que saber colocar a Dios y a los hombres en el centro. Quien piensa contínuamente en la salud, termina por estar encerrado en sí mismo, termina por ser un hombre narcisista, haciendo girar todo en torno a sí mismo. Con frecuencia, detrás de un cuidado enfermizo de la salud se encuentra un egocentrismo exacerbado.
El pastor recibe la salud y la enfermedad como un camino para darse al pueblo de forma diferente. Hay que aprender a ofrecer a Dios y a los hombres su propia salud, sin que esto quiera decir que debemos hacer tonterías temerarias. La salud la hemos recibido para los demás. Si la conservamos, también es para los demás.
f) dando nuestra vida con la de Cristo
La compasión divina empuja al pastor a entregarse por sus ovejas, es llevado por la fuerza del amor proveniente del corazón de Dios. Es el discípulo pobre, humilde y obediente, que vive el amor de Dios ofreciéndose y entregándose en salvación por todos, tal como se ha revelado en Jesucristo. Para conducir al pueblo a la libertad de los hijos de Dios, Jesús no duda de ser contado entre los malditos, para que éstos reciban la bendición de Dios. Por eso Dios lo acoge como ofrenda agradable. La santidad está en la caridad que se entrega en favor de los hermanos.
Nos dejamos “transustanciar” por el Espíritu para darnos en comida a los hombres. Es Cristo en nosotros que sigue diciendo: “Tomad y comed”… Es un dejarse triturar y amasar con Él para llegar a ser “buen pan” para los hombres… Es la más grande de las “desapropiaciones”. El pastor se entrega y deja que Cristo siga entregándose en él para hacer existir un pueblo.
De esta forma la existencia sacramental del sacerdote se nutre incesantemente de la Eucaristía. Por el amor, todas nuestras vidas llegan a ser una ofrenda agradable a Dios. Presidir la Eucaristía es un gesto arriesgado. No se trata de cumplir desde el exterior unos ritos propios de una función sagrada; se trata de dejarse arrastrar en el movimiento del amor que se entrega a favor de los hombres. Es un dejarse “transformar radicalmente por el Espíritu” a fin de dar la vida por Dios a los hombres.
Enviados a proseguir la obra de Jesús, nos convertimos en “pan de vida” por la unión y configuración con Él. Toda nuestra vocación es reproducir en nosotros a Jesucristo, con el fin de que los hombres puedan reconocerlo y entrar en comunión con Él. Esto comporta místicamente en nosotros una decisión personal irrenunciable como sacerdotes: tomarlo como nuestro único Maestro y Modelo, a fin de llegar a ser “otros Cristos”, sabiendo que Él no sólo nos muestra el camino, sino que nos da su Espíritu para recorrerlo con seguridad y alegría. Es importante dejarse transformar por el Espíritu y la Palabra, por la Eucaristía de todos los días, para que el Padre siga alimentando con nuestra irrelevancia y pequeñez a los pobres, a la gente de nuestros barrios y comunidades, hambrienta de pan, de dignidad y del verdadero conocimiento de Dios. Es una travesía marcada por la solidaridad inquebrantable del Siervo con su pueblo. Sin esta solidaridad no seremos nunca pan de vida para el pueblo. La opción por los pobres adquiere así toda su grandeza. Optar por ellos con el Siervo es identificarse con ellos. Jesús no se limitó a hacer cosas a favor de los pobres; continua haciéndose uno con ellos entregándose en el Pan de la Eucaristía y en sus ministros. Por ello, quien quiera vivir con verdad el ministerio, deberá darse en comida a los pobres hasta hacerse uno con ellos.
Consecuentemente, dar su vida es mucho más que un gesto de un día. Es avanzar todos los días por el camino del amor entrañable del Padre, que “no quiere que se pierda ni uno. sólo de estos pequeños” (Mt 18,14). Todos los días deberemos ceñirnos el vestido pobre y humilde del servicio. Todos los días tendremos que morir a nosotros mismos, para llevar a cabo nuestra inmolación en el ministerio. Todos los días deberemos consentir que el Espíritu nos transforme en hostia viva… No estamos ante una dignidad o función sacral, sino ante un sacerdocio existencial y sacramental, que se inmola en la obediencia amorosa y solidaria fuera de los muros de la ciudad…
La alegría de este “darse”… supone para nosotros permanecer en la fe, en la Palabra, en la Eucaristía, en el sufrimiento de la entrega. Tenemos que dejarnos consumar por el fuego del amor, que es el Espíritu. Estamos convocados a dejarnos triturar y amasar como el Siervo para llegar a ser “Buen Pan”. Hemos de llegar a la total comunión con Jesucristo, para que dándose en la Eucaristía nos dé también a Nosotros.
2 – Pablo, hombre comido
Dio su cuerpo:
“Esa copa de la bendición que bendecimos, ¿no significa solidaridad con la sangre de Cristo? Ese pan que partimos, ¿no significa solidaridad con el cuerpo de Cristo? Como hay un solo pan, aun siendo muchos formamos un solo cuerpo, pues todos y cada uno participamos de ese único pan” (1Co 10,16).
“El amor de Cristo no nos deja escapatoria, cuando pensamos que uno murió por todos… para que los que viven ya no vivan más para sí mismos, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5,14-15).
“Soy libre, cierto, nadie es mi amo; sin embargo, me he hecho esclavo de todos, para ganar a los más posibles… Con los que sea me hago lo que sea, para ganar a algunos como sea. Y todo lo hago por el Evangelio, para que la buena noticia me aproveche también a mí” (1 Co 9, 19-23).
“Como hijos queridos de Dios, procurad pareceros a Él y vivid en mutuo amor, igual que Cristo os amó y se entregó por vosotros, ofreciéndose a Dios como sacrificio fragante” (Ef 5,1-2).
Dio el Espíritu: “Vosotros sois mi carta, escrita en vuestros corazones, carta abierta y leída por todo el mundo. Se os nota que sois carta de Cristo y que fui yo el amanuense; no está escrita con tinta, sino con Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en el corazón” (2 Co 3,2-3).
“Proceded guiados por el Espíritu y nunca cederéis a deseos rastreros. Los objetivos de los bajos instintos son opuestos al Espíritu y los del Espíritu a los bajos instintos… si os dejáis llevar por el Espíritu, no estáis sometidos a la Ley. Las acciones que proceden de los bajos instintos son conocidas… El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí…Si el Espíritu nos da vida, sigamos también los pasos del Espíritu” (Ga 5, 16-25).
“La aptitud nos la ha dado Dios. Fue Él quien nos hizo aptos para el servicio de una alianza nueva, no de código, sino de Espíritu; porque el código da muerte, mientras el Espíritu da vida” (2 Co 3,4-6).
Enriqueció con su pobreza:
“Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2 Co 8,9).
“¿Qué es Apolo y qué es Pablo? Auxiliares que os llevaron a la fe, cada uno con lo que le dio el Señor. Yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer; por tanto, ni el que planta significa nada, ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea, Dios” (1 Co 3,5-7).
Dio su tiempo:
“Doy gracias a Dios, a quien sirvo con limpia conciencia,,, cuando te encomiendo en mis oraciones noche y día. Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre, Eunice…” (2 Tim 1,3-5).
“Estad alerta, manteneos en la fe, sed hombres, sed robustos; todo lo que hagáis, que sea con amor… querría que también vosotros estéis a disposición de gente como ellos y de todo el que colabora en la tarea…” (1 Co 16,13-18).
“… … Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa. Y a parte de esto exterior, la carga de cada día, la preocupación por todas las comunidades. ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre?” (2 Co 11,23-29).
“Con tal que vosotros estéis fuertes, me alegro de ser yo débil; todo lo que pido es que os recobréis. Por esta razón os escribo así mientras estoy fuera, para no verme obligado a ser tajante en persona con la autoridad que el Señor me ha dado para construir, no para derribar” (2 Co 13,9-10).
Dio su salud:
“¿Qué sirven a Cristo?… yo más. Les gano en fatigas, … en cárceles, en palizas sin comparación, y en peligros de muerte con mucho. Los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes menos uno; tres veces he sido apaleado, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, … entre paganos, peligros en la ciudad, … en despoblado, … en el mar, … con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa” (2 Co 11,23-27).
“Por tercera vez estoy preparado para ir a Corinto y tampoco ahora seré una carga. No me interesa lo vuestro, sino vosotros, pues no son los hijos quienes tienen que ganar para los padres, sino los padres para los hijos. Por mi parte, con muchísimo gusto gastaré, y me desgastaré yo mismo por vosotros. Os quiero demasiado. ¿Es una razón para que me queráis menos?” (2 Co 12,14-15).
“De hecho, tampoco cuando llegué a Macedonia tuvo mi pobre persona un momento de sosiego; no, dificultades por todas partes, contiendas por fuera y temores por dentro. Pero Dios que da aliento a los deprimidos, nos animó con la llegada de Tito; y no sólo con su llegada , sino también con los ánimos que traía por causa vuestra; me habló de vuestra añoranza, de vuestras lágrimas, de vuestro interés por mí, y esto me alegró todavía más” (2 Co 7,5-15).
“Sabemos que Aquél que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará con vosotros a su lado. … Por esta razón no nos acobardamos; no, aunque nuestro exterior va decayendo, lo interior se renueva de día en día; porque nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente; y nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve eterno. … En consecuencia, siempre estamos animosos, aunque sepamos que mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados del Señor, porque nos guía la fe, no la vista. A pesar de todo, estamos animosos, aunque preferiríamos el destierro lejos del cuerpo y vivir con el Señor. En todo caso, sea en este domicilio o en el destierro, nuestro mayor empeño es agradarle…” (2 Co 4,13-5,10).
Dio su vida con la de Cristo:
“Mi vivir humano de ahora es un vivir de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”(Ga 2,20).
“El amor de Cristo no nos deja escapatoria, cuando pensamos que uno murió por todos… para que los que viven ya no vivan más para sí mismos, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5,14).
“… siento una gran pena y un dolor íntimo e incesante, pues, por el bien de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera ser yo mismo un proscrito lejos de Cristo” (Rm 9,1-15).
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