ESTUDIO DE EVANGELIO
Sobre la opción por los Pobres en el Prado
Xosé Xulio Rodríguez
Al iniciarse el año 2021 y viviendo el flagelo de la pandemia, es oportuno recordar lo que la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II nos dice en el número 8:
“Pero como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres. Cristo Jesús, «existiendo en la forma de Dios…, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo» ( Flp 2,6-7), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8,9) ; así también la Iglesia, aunque necesite de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a «evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos» (Lc 4,18), «para buscar y salvar lo que estaba perdido» ( Lc 19,10); así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo. Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación”.
La opción por los pobres revela y refleja el amor, la ternura y la preferencia de Dios por los últimos, por los débiles y marginados, por los que no cuentan en la sociedad. Por eso mismo es el reflejo de la novedad de Dios frente a los poderes de este mundo y a las aspiraciones de la vieja humanidad vendida a los ídolos del dinero, el éxito y el poder.
Esta es la Buena Noticia, el primer anuncio que hace Jesús en la sinagoga de Nazaret, el programa de su misión y de su modo de vivir (Lc 4,14-30). Esta es la misión de la Iglesia, enviada por Jesús a anunciar y hacer presente en el mundo el Evangelio (Mt 10,7-8). Esta misma es la misión del Instituto del Prado en el seno de nuestras Iglesias locales, como se recoge en el comienzo de nuestras Constituciones: “La Asociación de los Sacerdotes del Prado es fruto de una gracia concedida por el Espíritu Santo a la Iglesia en la persona de Antonio Chevrier, sacerdote de la diócesis de Lyón, para la evangelización de los pobres” (Cons. 1).
La opción por los pobres en el Prado como en Jesús es ante todo servir y ofrecer a los pobres la insondable riqueza del Evangelio, de la fe en Jesucristo, de buscar el Reino de Dios y su justicia como el bien más precioso y más deseado.
El sentido específico de la opción por los pobres para la Iglesia, y por la misma razón para el Prado, es el de la Evangelización. Esto es lo que pretendemos desarrollar en el presente trabajo, contemplando cómo este ha sido el camino de Jesús, el camino de la Iglesia y también el camino seguido por Antonio Chevrier.
1. La opción por los pobres en Jesús
Jesús muestra desde el principio un amor de predilección por los pobres, por los últimos y marginados de la sociedad. ¿De dónde arranca este amor de predilección?
Jesús es el Hijo. Él vive en plena comunión de vida y de amor con el Padre. Su amor por los pobres y por los débiles arranca del amor de Dios por un pueblo pobre y humilde, el menos importante de todos los pueblos, con quien Yahvé se ha comprometido en una alianza de amor (Dt 7,7-8). Esa corriente de amor total y gratuito se expresa y culmina con el envío y entrega al mundo de su mayor tesoro, su Hijo venido en carne: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,16; Mt 21,37-38).
El Hijo vive en el seno de la comunión trinitaria toda la ternura del amor de Dios e, imbuido del Espíritu que le une al Padre, es impulsado a amar a los pobres y a anunciarles la Buena Nueva del amor preferente y gratuito de Dios. Esto es lo que expresan las palabras de Jesús en los comienzos de su predicación, provocando el desconcierto y el escándalo en muchos de los oyentes, ya que los pobres y marginados se consideraban alejados e incluso castigados por Dios. Esta es la Buena Nueva que Jesús anuncia. Es un tiempo de gracia que es fuente de alegría y júbilo: “El Espíritu des Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).
Esta apuesta por los pobres es la gran novedad que nace de un amor totalmente gratuito que no busca nada para sí. Pero esto no es fácil de aceptar y asimilar, cuando el corazón está puesto en los bienes de la tierra. Esto es lo que reflejan los oyentes de Jesús a través del rechazo (Lc 4,28-30) o del escándalo (Lc 7,23). Aquí vemos reflejadas también tantas reacciones similares a lo largo de la historia y muy actuales hoy. El ídolo del dinero desplaza al Dios que ha convertido a los pobres en sus hijos predilectos.
Jesús nos revela que la verdadera riqueza, el mayor tesoro para los pobres es Dios, es la fe. El es la verdadera riqueza, la fuente de toda riqueza. Se trata de una riqueza especial ya que implica el despojo, abrazar la pobreza. Es, pues, una paradoja que reclama un acto de fe y confianza; lo que Jesús le pide al joven que quiere tener vida eterna: Aún te falta una cosa: vende todo cuanto tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme (Lc 18,23).
El Enviado del Padre, el Mesías de los pobres se sumerge en los problemas de los marginados, de los últimos para recrearles y llevarles la esperanza e implica también a sus discípulos para que se organicen y puedan remediar sus necesidades: Y al desembarcar vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor… Dadles vosotros de comer (Mc 6,34-42). Sin embargo la acción y la mirada de Jesús van más allá de lo que podríamos llamar la opción de clase o de elevar el nivel económico o social de los pobres. El apunta a lo más profundo: el pan de la Palabra, el pan de Vida hará posible que podamos tener y contentarnos con el pan de cada día sin más aspiraciones y de que los pobres se sienten a la mesa: Vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre (Jn 6,26-27; Mt 4,4; Lc 14,15-24).
Jesús no pudo remediar todas las pobrezas ni resolver los problemas económicos y sociales de la sociedad de su tiempo, pero nos mostró el camino que puede remediar estos males. Es todo un camino de conversión para los ricos y también para los pobres, los destinatarios preferidos del Evangelio: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva (Mc 1,15). Un camino que él mismo ha recorrido. El abrazó la pobreza, no como una desgracia, sino como un don de Dios, como fuente de riqueza. Esta pobreza es la que hace a la persona humana imagen de Dios, pues es el estatuto elegido por el Señor en la encarnación, como refleja tan admirablemente Pablo: Pues conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza (2 Cor 8,9). Dios se hace pobre para enriquecer a los pobres. La verdadera riqueza consiste en abrazar la pobreza por amor. Este es el gran tesoro que Dios quiere poner en el corazón y en las manos de los pobres para colmarlos de su riqueza. Para ser portadores de esta Buena Nueva estamos llamados a seguir el camino del Hijo y experimentar la riqueza de una pobreza elegida libremente, deseada y amada. Todo un camino a recorrer en la gracia y en la fe.
El Señor le ha confiado a su Iglesia el don precioso de la evangelización de los pobres, de mostrarles su amor de predilección. Ella ha recibido la misión de salir a su encuentro para sentarlos en la mesa de la comunión, como servidora y portadora de esperanza (Lc 14,21-23; Jn 13,4-5).
2. La opción por los pobres en la Iglesia
La Iglesia continúa y realiza la misión de Jesús. Animada por el mismo Espíritu recibe el impulso de salir al encuentro de los pobres, de permanecer en medio de ellos, para anunciarles este amor de predilección en medio del abandono, la opresión, la injusticia y la desesperanza que padecen.
La predicación apostólica muestra con claridad esta continuidad entre la misión de Jesús y la de las comunidades cristianas de la primera y segunda generación según el testimonio de los escritos del Nuevo Testamento. Su atención y preocupación por los pobres, la comunión de bienes son un elemento constitutivo de estas Iglesias desde el comienzo (Hch 2,44-47; 4,32-34). La Iglesia de Jerusalén establece un nuevo ministerio para servir a los pobres (Hch 6,1-6). Las Iglesias de la diáspora y de la gentilidad se organizan para socorrer y compartir los bienes con la Iglesia de Jerusalén en tiempos de carestía (Hch 11,27-30; 1 Cor 16,1; 2 Cor 8,1-6).
La predicación apostólica recuerda esta dimensión tan importante de la vida de la Iglesia, no tanto como un deber, sino como una pasión, como una gracia desbordante cuya fuente es el Espíritu Santo que habita y vivifica a la comunidad eclesial. El testimonio apostólico es claro al subrayar esta prioridad: Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que he procurado cumplir (Gal 2,10).
La Iglesia es además una realidad humana, sujeta a la debilidad y deudora del pecado. Por esta misma razón ya los apóstoles recriminan actitudes y comportamientos que se acomodan al mundo y son contrarios al Espíritu de Dios: Cuando os reunís, pues, en común, eso no es comer la cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras una pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? (1 Cor 11,21-22; Sant 2,1- 9; 1 Jn 4,19-21).
Como Jesús la Iglesia ha de ser pobre. No cuenta con las capacidades y recursos para remediar la pobreza, pero siempre ha de ofrecer la insondable riqueza del Evangelio, el aliento de la fe, el pan de vida que es Jesucristo. Los apóstoles no disponían de grandes medios, pero ofrecieron a la humanidad, especialmente a los pobres, lo que tenían, la fuerza del Resucitado: Pedro le dijo: no tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: En nombre de Jesucristo, el Nazoreo, echa a andar (Hch 3,6). Este don y esta riqueza no siempre son comprendidos y aceptados, pues este mundo busca otras riquezas, otra eficacia, que no va a la raíz de la persona. Por ello la Iglesia siempre se va a encontrar con el rechazo, la incomprensión, el desprecio e incluso la persecución cuando promueve la evangelización. Es una experiencia con la que nos encontramos a diario en nuestra acción pastoral y que Pablo relata y comparte con los cristianos de Corinto: Así mientras los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado; escándalo para los judíos, locura par los gentiles, mas para los llamados… un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que los hombres (1 Cor 1,22-25).
Este es el camino de la Iglesia no sólo en los comienzos sino en todo su caminar desde los Santos Padres hasta hoy (DCE 40)1 en medio de luces y sombras, de fidelidad al esposo y también de debilidades e infidelidades. Esta es su rica tradición y patrimonio que ofrece al mundo desde su pobreza y fragilidad.
La opción por los pobres es ante todo para la Iglesia, evangelización de los pobres. El origen, la fuente, el dinamismo impulsor es Cristo mismo, es don gratuito de Dios. Este es el fundamento sólido que construye la Iglesia, lo que nunca puede faltar. Las mediaciones, las estrategias, los métodos son importantes, pero han de estar siempre iluminadas y penetradas por el aliento del Espíritu, sabiendo que son un medio, pero no un fin. Dios es el Señor de la historia, el que gobierna el mundo. Nosotros somos sus colaboradores y servidores, como nos recuerda Benedicto XVI en su primera encíclica: “Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas. Sin embargo hacer todo lo que está en nuestras manos con las capacidades que tenemos, es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno de Jesucristo: Nos apremia el amor de Cristo” (DCE 35).
La riqueza de esta tradición que atraviesa toda la vida de la Iglesia nos ofrece unos brotes llenos de vitalidad, de dinamismo y audacia que siguen entonando con sus vidas un Magnificat, cantando las maravillas de Dios desde su pobreza y debilidad. Uno de ellos es A. Chevrier de quien nacerá la familia del Prado.
3. A. Chevrier evangelizador de los pobres
Desde el comienzo de su ministerio en S. Andrés de la Guillotière A. Chevrier se ve invadido y acaparado por aquella población emergente que llegaba a Lyon cargada con un cúmulo de pobrezas. El joven sacerdote se ve desbordado por la pobreza y miseria de aquel proletariado que poblaba la periferia de Lyon. En sus sermones denuncia con claridad y valentía la opresión, las condiciones de trabajo inhumanas, la insuficiencia de los salarios y las repercusiones negativas para la familia y para la fe1.
Hay un rasgo que sobresale en el perfil de este apóstol de los pobres: la compasión. Esta actitud no es simple lástima ni lamentación estéril o fatalista, sino que entraña una postura activa y comprometida, sufrir con los que sufren para aliviar y erradicar su sufrimiento. Su participación e implicación en las tareas de ayuda y salvamento en las inundaciones de mayo de 1856 muestran la calidad de un compromiso activo que le impulsa a asumir los problemas y sufrimientos de los pobres.
Esta compasión nos evoca uno de los rasgos de Yahvé, que es compasivo y misericordioso, que ve cómo sufre su pueblo, baja y actúa para liberarlo: He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor antes sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo de la mano de los egipcios… (Ex 3,7-10). Son los mismos rasgos que descubrimos en Jesús ante el sufrimiento de las multitudes que le siguen hambrientas y angustiadas: Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor (Mt 9,36). El P. Chevrier se ve sobrepasado e impotente para responder a tantas necesidades: “Conozco muchas miserias y qué doloroso es para un sacerdote no poder aliviarlas”2.
El apóstol de la Guillotière ha estado fascinado por el misterio de la encarnación, que ha marcado su manera de vivir el ministerio en medio del pueblo, en medio de los pobres. Estar con, vivir en medio de, compartir la vida de los pobres han sido las líneas de su inserción y de su acción pastoral. Ha seguido muy de cerca al Enviado del Padre en su camino de abajamiento y de despojo, tal como podemos apreciar en sus mismas palabras: “Ha tomado forma de hombre para vivir con nosotros, tener tiempo de hablarnos y decirnos todo lo que el Padre quería enseñarnos por medio de él” (VD 63). Este es también su procedimiento en la misión pastoral: “Iré en medio de ellos y viviré su propia vida; esos niños verán más de cerca lo que es el sacerdote, y les daré la fe”1.
La pobreza que más angustiaba al Padre Chevrier era sin duda alguna la pobreza religiosa, la ignorancia religiosa y la falta de fe que él descubría en los pobres. Esta era para él la pobreza más radical, las que les hacía más desgraciados y desesperados. Ve que los pobres no son evangelizados y esto él no puede aceptarlo.
Por eso su gran preocupación es que los pobres lleguen a conocer a Jesucristo. Él es la mayor riqueza que se puede ofrecer a los pobres. De ahí la insistencia constante de instruir, enseñar, hacer la catequesis para llevar a los pobres a la dicha del conocimiento de Jesucristo: “Hay que empezar por la obra espiritual… Instruir, catequizar, ese es el primer deber a cumplir” (VD 307).
¿Por qué esta insistencia reiterada y pertinaz en la primacía del conocimiento de Jesucristo en la misión pastoral en medio de los pobres? ¿De dónde nace y se alimenta esta convicción? La fuente es sin duda la experiencia espiritual de la noche de Navidad de 1856. Una luz que viene del Espíritu le ha permitido conocer la insondable belleza y grandeza del Verbo hecho carne. La oración “¡Oh Verbo! ¡Oh Cristo!” evoca y refleja la hondura de esta experiencia: “pues tú eres la luz, deja que venga un rayo de esta divina luz sobre mi pobre alma, para que yo pueda verte y comprenderte” (VD 108). Esta experiencia singular marcó su vida y es una referencia permanente: “Desde entonces mi vida quedó fijada”.
La contemplación del misterio de la encarnación, de la pobreza y el abajamiento del Verbo en la Iglesia de S. Andrés fue una gracia de conversión que le llevó a tomar unas decisiones que determinaron su vida y ministerio en medio de los pobres: “Tomé la decisión de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible; me decidí a seguir más de cerca a Nuestro Señor Jesucristo, para hacerme más capaz de trabajar eficazmente en la salvación de las almas” (P 2,7.97-98). La contemplación de Jesús le ilumina y le impulsa a tomar estas dos decisiones: abrazar la pobreza, y seguir más de cerca de Jesucristo para trabajar eficazmente en la salvación de los hombres.
A. Chevrier ha quedado fascinado por la belleza y la grandeza del Verbo hecho carne. Su gran sufrimiento es que los pobres, tan necesitados de esta riqueza, la desconocen, ignoran e incluso se alejan cada vez más de ella. Por esta razón para él es fundamental que los pobres lleguen a conocer a Jesucristo y considera la ignorancia de Cristo como una de las pobrezas más fuertes de la persona humana. Para responder a esta necesidad pastoral Chevrier cuida y prioriza el seguimiento de Jesucristo, el camino del discípulo: conocer, amar y seguir a Jesucristo para identificarse con él. De aquí arranca la primacía del conocimiento de Jesucristo y la prioridad del Estudio de Evangelio en el discípulo y en el apóstol.
El discípulo ha de ser como su Maestro. Este es el camino que el P. Chevrier desea también para los pobres, que conozcan a Jesucristo para ser de él, ya que en Jesús están todos los tesoros y riquezas que el hombre puede desear: “Todo se contiene en el conocimiento que tengamos de Dios y de nuestro Señor Jesucristo” (VD 113). Por eso el conocimiento de Jesucristo ha de ser el quehacer fundamental del discípulo: “¿Qué tenemos nosotros que hacer? Estudiar a Nuestro Señor Jesús, escuchar sus palabras, examinar sus acciones, a fin de configurarnos con él y llenarnos del Espíritu Santo (VD 225). Este estudio no es evasión ni alejamiento de los pobres, sino todo lo contrario. Se trata de hacer presente y operante en cada momento el misterio de la encarnación de Jesús y de adentrarnos como él en la entraña dolorida del mundo, en el rostro destrozado de la humanidad herida para devolverle la belleza, la alegría, en una palabra, la vida.
El P. Chevrier consagró su vida a la evangelización de los pobres y a remediar sus necesidades contando con medios pobres. A él le cautivó el camino de abajamiento del Verbo encarnado, que le impulsa a seguir a Jesucristo más de cerca y a hacerse pobre para poder ofrecer a los pobres la verdadera riqueza, Jesucristo. Este camino, iniciado por el apóstol de la Guillotière, conserva toda su vigencia y actualidad. Es una gracia, un tesoro que porta la familia del Prado, una débil vasija de barro y que ha de seguir ofreciendo a la Iglesia en estos tiempos en que es urgente poner en manos de los pobres la riqueza del conocimiento de Jesucristo y formar apóstoles entre ellos mismos para darlo a conocer.
4. La opción por los pobres en el Prado
La opción por los pobres en el Prado, como en la Iglesia, es ante todo evangelización de los pobres. No se trata de responder a unas necesidades, a unas exigencias de justicia o de solidaridad, sino de realizar el designio de Dios. Somos muy conscientes de que la evangelización es la respuesta más comprometida, las más humana y radical que estamos llamados a dar y ofrecer a los pobres hoy, pero también sabemos que tal vez muchos pobres esperan otras, más en la línea que el tentador le sugiere a Jesús en el desierto de convertir simplemente las piedras en pan (Mt 4,4), y aunque este empeño es necesario, no es suficiente para liberar y salvar a los pobres.
El carisma del Prado tiene su fuente y su raíz en el misterio de la encarnación. Está llamado a hacer el camino del Enviado del Padre quien, siendo rico por nosotros se hizo pobre (2 Cor 8,9), y siendo Hijo, se despojó de su rango y tomó la condición de siervo (Flp 2,6-11). Esto es lo que el Prado está llamado a vivir, a testimoniar y a reflejar, actualizando y renovando en cada momento de la historia el camino iniciado por A. Chevrier.
El conocimiento de Jesucristo.
Todo se encierra en el conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo (VD 113). Jesucristo es la gran riqueza, el que colma las aspiraciones humanas más profundas y exigentes. Este es el gran trabajo a realizar hoy en esta sociedad nuestra en la que Jesucristo no es conocido ni buscado, sino ignorado u olvidado. Pero para dar a conocer a Jesucristo es necesario que nosotros mismos nos adentremos en su conocimiento, haciendo de esta búsqueda un verdadero trabajo pastoral, que nos hará más capaces para desarrollar la misión evangelizadora.
En el ejercicio del ministerio tenemos el reto de hacer efectiva y real esta convicción que recogen nuestras constituciones: “haremos del Estudio del Evangelio un verdadero trabajo”. Este ha de constituir para nosotros una prioridad y un cuidado especial, ya que abarca dimensiones muy importantes de nuestra vida y no se puede improvisar: un estudio hecho en la totalidad de la Escritura, en la simplicidad de la fe, según la tradición de la Iglesia y unidos a los pobres (Cons 37). Este estudio nos exige una dedicación, un tiempo y una preparación considerables, para cuidar la gran herencia y misión que el Señor nos ha confiado, los pobres que son los destinatarios de su amor de predilección.
El estudio de Jesucristo nunca será un tiempo perdido o hurtado a los pobres, sino un tiempo de discernimiento, de fortalecer nuestro servicio, nuestra dedicación para llenarnos del Espíritu de Jesús que nos va a conducir siempre a los pobres, a compartir su vida (Lc 4,18-19). Nuestra manera de evangelizar a los pobres es haciéndonos discípulos de Jesucristo y trabajando para que los pobres lo puedan ser también.
Ir a los pobres
No se puede evangelizar a los pobres desde lejos y a distancia. Es necesario seguir el camino escogido por Dios que bajó a la entraña más profunda y conflictiva de la humanidad. Ir a los pobres entraña elegir y abrazar libremente la pobreza (VD 407-408), es decir, hacerse pobre, compartir la vida de los pobres como el Enviado del Padre: “Esta gracia nos compromete en primer lugar a ir con Cristo al pesebre para allí hacernos pobres… Somos enviados como Iglesia, preferentemente a los abandonados de la sociedad para abrazar amorosamente sus condiciones de vida: así podrán reconocer, a través de nuestro ministerio apostólico, la presencia de Cristo vivo y su grandeza de hijos de Dios” (Cons. 9; Cfr. 7; 44).
Este camino que nos conduce a los pobres está guiado por el Espíritu Santo, quien trajo a este mundo al Enviado del Padre. Hemos de estar atentos y ser dóciles a sus mociones y a sus inspiraciones para que nuestro amor y nuestra presencia sean una gracia, sean la Buena Nueva de la alegría y de la liberación. De este modo los pobres no serán simplemente el objeto de una atención, sino revelación del mismo Dios, lugar dónde él está ya presente y actuando, retratos visibles del Hijo venido en carne: “El Espíritu Santo nos apremia a compartir la vida de pobres de la tierra y a descubrir en sus rasgos el rostro de Cristo, para poder acoger en los pueblos a los que somos enviados, el Evangelio que tenemos el encargo de anunciarles” (Cons. 14).
Sus vidas, sus luchas, sus problemas que hemos de acoger ya como nuestros, son el cuerpo en el que el Evangelio ha de encarnarse, ya que es la mayor riqueza que podemos ofrecer y compartir.
Anunciar a Jesucristo a los pobres
“Un a sola cosa es necesaria: Hacer bien la catequesis”, es decir, instruir, dar a conocer a Jesucristo, anunciar el evangelio, podemos decir hoy.
Se trata de anunciar a los hombres, y de una manera preferente a los pobres, el designio de Dios que se ha complacido de revelar en ellos a su Hijo. Los pobres, que por la encarnación son sacramentos de Cristo, aparecen como los privilegiados, los primeros en recibir el Evangelio del Reino, aquellos con quienes Dios edifica su Iglesia.
El Prado participa de esta misión de la Iglesia y debe reanimar constantemente en sus miembros el impulso misionero que movía a Cristo a recorrer las ciudades y aldeas a anunciar el Evangelio del Reino y a curar toda clase de dolencias (Cons. 17). Como institución debe también buscar nuevas formas de apostolado (Cons. 44) y proponer iniciativas misioneras en función de las necesidades de los pobres, para que todo el pueblo de Dios viva este amor de predilección de Cristo hacia ellos (Cons. 18).
La evangelización de los pobres es obra y misión de toda la Iglesia, y no competencia exclusiva de ningún grupo o institución eclesial. Por esta razón la Asociación de sacerdotes del Prado realiza su misión en el seno de las Iglesias locales donde están incardinados sus miembros, participando de las iniciativas, las orientaciones y planes que ellas mimas se dan en orden a la evangelización, siendo testigos de que los pobres son los primeros en el designio y en el corazón de Dios.
Todos sabemos que la evangelización es tarea del Espíritu Santo y obra de la gracia de Dios. El anuncio del Evangelio es una prioridad para nosotros en el ejercicio del ministerio que hemos recibido: Ay de mí, si no anuncio el Evangelio (1 Cor 9,17; cf 1,17), advierte Pablo con urgencia. Dicha advertencia es para todo apóstol. Por eso mismo es muy necesario vigilar y discernir dónde está la fuente, el principio dinamizador de nuestra misión pastoral. Si es el Espíritu, el designio de Dios que estamos llamados a cumplir o si se trata de un imperativo ético, de seguir unas corrientes ideológicas o de un impulso natural de humanidad y solidaridad. La oración, el Estudio del Evangelio, la vida de equipo, la contemplación de la vida de los pobres a la luz de la Palabra de Dios son elementos de discernimiento que además nos harán crecer en el conocimiento de Jesucristo y en dinamismo misionero (Const. 37; 38).
El anuncio del Evangelio se realiza en el dinamismo del misterio de la encarnación, en la historia, en el contexto político, social y cultural que se vive en cada país, en cada Iglesia. Estas orientaciones han de encarnarse en gestos, en opciones, en iniciativas que nacerán del impulso del Espíritu que alienta la misión evangelizadora. Pero todo esto entraña también la contradicción, el conflicto, el sufrimiento que provienen de la fe, de la fidelidad al designio salvador de Dios que choca con los intereses de la vieja humanidad (Cons. 10). El primer anuncio de Jesús despertó ya esta reacción de tensión y rechazo en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,28-30) y él mismo previene que este designio de Dios puede provocar escándalo en muchos de sus oyentes (Lc 7,23). La misión evangelizadora encierra en sí siempre la cruz. El seguimiento y la comunión con el Maestro nos llevan a abrazar el camino que él ha seguido hasta el final.
La formación de apóstoles pobres para los pobres.
A. Chevrier buscó colaboradores que trabajasen con él en la obra de evangelizar a los pobres, de dar a conocer a Jesucristo. Por eso en su misión evangelizadora la formación de apóstoles ocupa un lugar muy destacado. Esa formación reviste unas características especiales y muy en consonancia con el misterio de la encarnación, que marca la espiritualidad apostólica del Prado. A. Chevrier busca formar apóstoles pobres para los pobres.
Para responder a las necesidades urgentes del momento A. Chevrier descubre que es necesario formar apóstoles, catequistas que puedan llevar a cabo la obra evangelizadora, que transmitan la fe y el conocimiento de Jesucristo: “Nada desearía tanto como preparar buenos catequistas para la Iglesia y formar una asociación de sacerdotes dedicados a este fin” (Carta 130). Algunos de esos niños pobres y marginados que acoge en el Prado serán los futuros sacerdotes, por eso funda la Escuela Clerical, donde podrán seguir un proceso de formación sacerdotal: “A estos pobres niños los busco por todas partes, de noche y de día, en los caminos, en las calles, en los paseos e incluso en los basureros. ¡Muchas veces encuentro cosas muy buenas en los basureros! Estoy convencido de que algunos de ellos serán espléndidos sacerdotes” (P 3,183).
Formar catequistas, formar sacerdotes que fueran apóstoles de los pobres, ignorantes y pecadores era la necesidad el momento y esta fue la gran preocupación y el gran empeño de A. Chevrier. Hoy estamos en una época muy diferente, pero las necesidades son bastante semejantes. Tal vez en este momento de la historia y de la Iglesia la formación de apóstoles sea una prioridad urgente. La formación de sacerdotes, que tanto está preocupando por la escasez de vocaciones al ministerio ordenado, y al mismo tiempo la formación de laicos, de catequistas, de diferentes agentes de pastoral, que, desde su vocación laical, asuman responsabilidades y servicios en la Iglesia, como respuesta a una llamada y elección de Dios y no simplemente como una dedicación puntual o coyuntural, condicionada tantas veces a los sacerdotes y a su manera de organizar la parroquia y programar la pastoral.
En el Prado estamos llamados a renovar este impulso de formación de apóstoles en la misma línea y originalidad de A. Chevrier: apóstoles pobres para la evangelización de los pobres. He aquí un gran reto y también una gran riqueza y aportación que el Señor nos encomienda hacer a la Iglesia hoy. Los pobres también son llamados por el Señor, él los ha escogido para llevar a cabo su designio de salvación, para construir y fortalecer el Nuevo Pueblo de Dios. ¿Cómo estamos priorizando y respondiendo a esta urgencia en el ejercicio de nuestra misión? La potenciación y la urgencia de la formación siempre han sido prioritarias en la vida de la Iglesia, pero tal vez en esta coyuntura sea algo mucho más necesario, ya que cultural y socialmente al cristiano se le exige dar razones de su fe, de su condición, algo que en otros tiempos se daba por supuesto.
Los caminos que siguió A. Chevrier son para nosotros una interpelación y una gran provocación en la formación de apóstoles, en la búsqueda de colaboradores para la viña que el Señor nos ha encomendado cuidar y trabajar: “Muchas veces encuentro cosas muy buenas en los basureros”. Esta es una invitación a entrar en el dinamismo salvador y liberador de Dios, que elige, para asombro y desconcierto nuestro, lo débil, lo que no cuenta, lo que se considera el deshecho y la basura del mundo. ¿Cómo somos dóciles al Espíritu y nos dejamos conducir por estos caminos? A veces la eficacia, las apariencias, el prestigio nos alejan de estos caminos, de contar con estos medios pobres, que son los que dan solidez a la obra de Dios: Y ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes. Lo plebeyo y lo despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es para reducir a nada a lo que es (1 Cor 1,27-28).
Conclusión
La opción por los pobres en el Prado, como en la Iglesia, se concreta y se realiza en la evangelización de los pobres. Esta es la forma más radical de mostrar el amor, la solidaridad, el compromiso con los pobres, de compartir sus problemas, sus luchas, sus angustias y esperanzas. Los pobres han de descubrir y experimentar cómo tienen un lugar de preferencia en el corazón y en el designio salvador del Dios. Sin menospreciar el remedio a sus males y necesidades más inmediatas, los pobres encuentran en la fe, en el Evangelio la riqueza, la fuerza que les permite afrontar las carencias, los sufrimientos, las injusticias en un horizonte de esperanza, de transformación hacia una mayor justicia y fraternidad, el hombre nuevo y la nueva creación que nace del Espíritu del Resucitado.
Como apóstoles estamos llamados a enraizarnos en Jesucristo, a estudiarle continuamente en el Evangelio, en la Eucaristía, en la vida de los pobres y en la Iglesia. Así podremos servir en la mesa de los pobres y en la mesa de nuestras Iglesias el buen pan, Cristo, mismo que alimenta y aviva nuestra misión y el duro caminar de los pobres en gozo y esperanza.
Esta misión entraña cuidar estas dos prioridades en la misión que el Señor nos ha encomendado: Nuestra inserción y nuestra vida en medio de los pobres, para poder ofrecerles y compartir con ellos el Evangelio; y la formación. Entre los mismos pobres formar apóstoles, hacer la propuesta de la llamada de Dios a colaborar en la obra evangelizadora y cuidar y acompañar la respuesta a la llamada de Dios.










