HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo XXII del Tiempo Ordinario
(Lc 14, 1-7-14)
28 de Agosto de 2022
Jesús, aparece como un modelo de evangelizador, sabe captar el momento e iluminarlo a la luz de la sabiduría divina.
De una manera u otra, Jesús, vuelve a lo esencial de su anuncio, que siempre tiene que ver con proclamar la buena nueva a los pobres, la liberación a los cautivos y el año de gracia del Señor(Lc 4, 18). En el contexto de un banquete, uno de tantos en este evangelio, Jesús insiste en su enseñanza fundamental acerca del Padre misericordioso que ama lo que está perdido, a quien no tiene mérito ni gracia para pagarle(Lc 15). Lucas admira mucho de Jesús su compasión y su opción preferencial por los pobres, no sólo los de espíritu, sino por todos los que sufren por cualquier causa y los descartados en la escala social. Esta vez, hablando de la humildad y la gratuidad va a parar en el amor a “los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos”. Se encuentra Jesús en un ambiente muy contrario a estas actitudes, una reunión en casa de uno de los jefes de los fariseos, donde los invitados “se peleaban” por los primeros lugares. Por san Juan sabemos lo que pensaba Jesús de este grupo de personas: “¿Cómo van a creer ustedes, si lo que les preocupa es recibir gloria unos de los otros y no se interesan por la verdadera gloria que viene del Dios único?(Jn 5, 44).
De entrada, Jesús, aparece como un modelo de evangelizador, sabe captar el momento e iluminarlo a la luz de la sabiduría divina. De entre las muchas cosas que observa, sabe elegir la de mayor trascendencia y reflejársela a quienes lo escuchan. Nadie se da cuenta de lo que está pasando en aquel escenario. Todos están tan metidos en el ambiente, en las inercias, que no perciben la bajeza de su forma de proceder. Todos se movían bajo el criterio de ganar el mejor puesto a como diera lugar, como reflejo de un estilo de vida cotidiano. Nadie ponía en cuestión esa forma de actuar porque era lo normal y lo que todos hacían, al contrario, todos inconscientemente estaban de acuerdo en que se debía luchar con todo para alcanzar el puesto de honor en donde fuera. Aun los que perdían la oportunidad rendían pleitesía a esta dinámica, podía ser que se padeciera la derrota, pero ya habrá otra oportunidad porque no hay nada mejor que ser el primero. La mentalidad de ser el primero, querer estar sobre los demás, está muy arraigada. Ciertamente hay la sana competencia, pero la ambición por ganar no debería echar a perder la fraternidad. El problema no es querer ganar, sino endiosar el triunfo y humillarnos con actitudes poco dignas para logarlo.
Jesús debió sentir pena ajena al ver a aquellos comportamientos tan miserables, como de quien tiene hambre de lo esencial, de lo que puede llenar el corazón. Tal vez muy hartos de vanidades, de frivolidades, de cosas, pero por la manera como pelean los primeros lugares dan lastima. El ser humano es lo que posee, pero, también y, tal vez más, todo aquello a lo que aspira y la manera como lo desea, en ello da razón de la calidad de ser humano que es. Se dice que alguien tiene “hambre” de ser alguien cuando tiene sueños, ideales grandes y nobles por los que lucha. Cuando los intereses hacia el futuro son sólo de poder, placer, tener, se gana la compasión de quienes tiene la sensibilidad de Jesús, porque son deseos demasiado primitivos. No hablamos de los que luchan por su sobrevivencia, sino de quienes creen que el valor de las personas depende del puesto que ocupa. Frecuentemente se asocia la importancia de la gente de acuerdo al puesto que ocupa en la escala social o en un determinado trabajo. Hasta al interior de la Iglesia tenemos una manera de pensar escalonada, que hace depender la importancia de las personas según el puesto o el título. No es justo hacer depender la dignidad de las personas de su oficio o de su nombramiento, esta debe valer por sí misma. En la crisis antropológico cultural que vivimos, donde se ha perdido la primacía del ser humano existe cada vez más el riesgo del “tanto tienes tanto vales”, con sus consecuencias de descartar a los que no llenan los requisitos de la “raza superior”. Jesús quiere compartirnos lo que hace realmente grande al ser humano, que tiene que ver con la libertad para regalar su vida sin esperar nada a cambio. ¡Qué bello es Jesucristo! ¡Qué hermosos son sus Sentimientos!
Jesús utiliza el lenguaje “amable” de las parábolas para iluminar toda aquella realidad. En la primera parte del evangelio, retrata todo aquel denigrante espectáculo, narrando lo que puede suceder en un banquete. Además de resultar su mensaje un consejo para comportarse en las reuniones sociales, es sobre todo una enseñanza de vida. En esta sencilla parábola está en juego el drama de la existencia humana. Desde siempre hemos tenido problemas con lo que somos y lo que debemos ser. El pecado original consistió en creer que somos como Dios y actuar en consecuencia. El problema no es tener grandes metas y aspiraciones, eso es legítimo, el problema es querer alcanzarlas por medio de una libertad absoluta, que sólo corresponde a Dios. El pecado del principio y de siempre es la mentira. Dejamos de vernos desde Dios y quisimos ocupar su lugar. “Ustedes son dioses” (Jn 10, 34), nos recuerda Jesús, a partir del salmo 82, 6. Así es de que son válidos nuestros sueños de grandeza, pero no a costa de rivalizar con Dios, sino sólo a condición de que cumplamos su voluntad.
El llamado a la humildad, por parte de Jesús, es una invitación a la verdad. Ser humilde no es tener baja autoestima, por el contrario, es tener más seguridad siendo muy conscientes de quienes somos. Muchas veces la baja autoestima o falsa humildad procede de no saber en qué radica nuestra importancia, pensamos que en cierta imagen, en el éxito temporal, en las relaciones, etc. Jesús nos enseña, en esta parábola, a ocupar los últimos lugares y para lograr esto se necesita mucha salud interior, tener buen conocimiento y control de nosotros mismo en base al sueño de Dios acerca de cada uno y a la capacidad de donación que tengamos. La humildad más que un asunto de menosprecio es un asunto sobre la verdad de lo que somos, si estamos actuando conforme a nuestro humus, a nuestra condición creatural. Frecuentemente esta enseñanza fundamental, de Jesús, sobre la humildad se identifica como denigrarse a sí mismo y por eso la cultura moderna ha llegado al dilema de “o Dios o el hombre”. En realidad quiere salvarnos de hacer el ridículo de los personajes del domingo pasado: “Hemos comimos y bebimos contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas…Les aseguro que no sé quiénes son ustedes”(Lc 13, 26). Y esto no sucederá sólo al final de los tiempos, sino en lo cotidiano de nuestra vida. Muchos problemas actuales, en la vida personal y social, son el fruto de la arrogancia del hombre que se obstina en seguir sus propios criterios cada vez más contradiciendo la ley de Dios.
El hombre actual ha reclamado la libertad de Dios para sí mismo y se considera esencialmente libre y, por ello, en nombre de sus derechos ha inventado algunos que contradicen su identidad de ser humano(ideología de género, disponer de la vida de otros, explotarlos, atentar contra la familia, etc) de ser religioso y de ser para los demás. La misma libertad exacerbada con la que tuerce su vocación humana y cristiana, es con la que genera todo el clima de violencia en que vivimos, es con la que se enriquecen unos de otros, es con la que agrede a los más pobres, incluida en ellos la hermana madre tierra tan explotada y contaminada. Conocemos casos de personas que han sufrido el escarnio social o dela justicia por haberse encerrado en su soberbia. Esperamos que a nadie nos alcance la maldición del sabio de la primera lectura: “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad”(Eclo 3, 30).
Todo este catecumenado sobre la primacía de Dios, desde la humildad, va a concluir con una invitación a la gratuidad, que es un signo inconfundible de la caridad cristiana. Compartir de lo nuestro en la libertad de no necesitar recompensa es de las experiencias más dignificantes para el ser humano, según Jesús. Tener una capacidad de amar que ahuyente toda sospecha de egoísmo, es la marca de la gente grande. El más importante en el reino de los cielos es el que no le cobra sus ambiciones y vanidades a sus hermanos, sino que agradecido por la infinita bondad de Dios se alegra de tener el privilegio de poder servir. Bajo esta espiritualidad del don y de la gratuidad los beneficiados deberán ser necesariamente los más pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos, es decir, los que no tienen con qué pagar, dándonos la oportunidad de recibir la recompensa de los justos. Por el contrario, estos mismos son las víctimas de las prepotencias y arrogancias de sus hermanos. Frente a la gratuidad de Dios todos somos indigentes, no tenemos nada qué presumir. Jesús, ahora, tiene compasión tanto de la autosuficiencia, que tarde o temprano humilla y de quienes son humillados por sus hermanos.










