Domingo XXIX del Tiempo Ordinario
«No se trata tanto de si se debe pagar el tributo al César, sino cómo debe ser la relación de los creyentes con los poderes de este mundo. La relación con el orden temporal no debe hacerse desde intereses particulares, sino desde los criterios de Dios«
Domingo 18 de octubre de 2020
Mt 22, 15-21
Entramos a otra etapa en la discusión con las autoridades judías, ya no se trata sólo de pedirle cuentas a Jesús sobre su autoridad, ahora es buscar la ocasión de poder acusarlo, para ir madurando la idea de acabar con él(Mt 26, 3). Eligen un tema demasiado espinoso, tanto para los judíos como para los romanos: el pago de impuestos. Para los judíos era una doble humillación, además de por lo gravoso que resulta para todos el pago de impuestos, también, por el sentido teológico de pueblo elegido, esto último significaba que no sólo era una afrenta al pueblo, sino a Dios mismo. Y para los romanos era el instrumento de su dominación. Estamos ante fibras demasiado sensibles. No se podía tomar posición sobre este punto impunemente.
Jesús sabía que le estaban dando una “manzana envenenada”, por eso por más adulaciones que le hacen, los pone al descubierto: hipócritas, les dice, ¿por qué tratan de sorprenderme? Querían utilizar a Jesús de “carne de cañón”, para que diera voz a su descontento contra los romanos, finalmente era creíble ante el pueblo. Aunque eran los más religiosos, se mueven con la astucia del mundo queriendo desestabilizar sin dar la cara. Y, sobre todo, encontrarían pretexto para deshacerse de Jesús, dijera lo que dijera.
En su respuesta, Jesús, parece un tanto pragmático, que no tiene escrúpulos en proponer la separación entre el orden temporal y espiritual como si no tuvieran nada que ver, o sea, negociar la verdad con tal de salir del aprieto. El pragmático salva sus intereses a costa de los principios. Si esto fuera así, en el caso de Jesús, justificaría la locura del mundo que se mueve mucho en la esquizofrenia de la doble vida. Estaría bien que haya el mundo espiritual en lo secreto del corazón, y sobre la vida concreta
aplicar la filosofía de “negocios son negocios”o “el que tiene más saliva traga más pinole”. Es cierto que el mundo así funciona de hecho, pero no debe ser así.
Frecuentemente este pasaje ha sido interpretado en este sentido sobre todo para reprocharle a la fe o a la iglesia de meterse en política, o para advertirle que no lo debe hacer. Esto contrastaría con el sentido de coherencia y unidad que siempre ha propuesto Jesús. Hay algunos pasajes que hablan de la visión coherente y llena de sentido que Jesús tiene sobre la vida y el mundo: “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en los cielos”(Mt 7, 21). “Todo maestro de la ley que se ha hecho discípulo del reino de los cielos, es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas”(Mt 13, 52). O el criterio de “esto deberían de hacer sin descuidar lo otro”, refiriéndose a la justicia y el amor sin olvidar la observancia externa(Lc 11, 42). O la afirmación que todos conocemos en relación al matrimonio: “Lo que Dios unió que no lo separe el hombre”(Mt 19, 6).
Si Jesucristo con estas clásicas palabras: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, estuviera divorciando la política de la fe seguirían muchas otras divisiones. Se vaciaría de Dios toda la vida del hombre y la fe sería desencarnada. Se justificaría el divorcio fe-vida. Quedaría consagrada la bipolaridad que vivimos entre los grandes ideales de justicia y la vida cotidiana, entre lo privado y lo público, entre la política y la ética, el amor y la responsabilidad, lo individual y comunitario, etc.
Es cierto que podemos encontrar en las palabras de Jesús luces para la sana distancia que debe haber entre el orden temporal y el espiritual. El Vaticano II habla de la autonomía de un orden y otro, siempre y cuando se reconozca que “las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios”(GS. 36). Nada que ver esto con el laicismo que propone la época moderna, donde el derecho a la libertad religiosa deja mucho qué desear.
En la época moderna vivimos la fragmentación de la realidad, según nos dicen los obispos en Aparecida: “También se ha hecho difícil percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la información que recolectamos. Es frecuente que algunos quieran mirar la realidad unilateralmente, desde la información económica, otros, desde la
información política o científica, otros, desde el entretenimiento y el espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos criterios parciales logra proponernos un significado coherente para todo lo que existe”(DA 36). Podemos encontrar una raíz de toda esta fragmentación en la gran fractura de la época moderna entre el mundo del espíritu y el mundo de la materia, desde entonces se opusieron la razón y la fe, la ciencia y la filosofía, la ciencia y la teología, el hombre y la naturaleza, etc.
Los creyentes pensamos que sólo desde la fe se puede lograr la armonía de todo, cualesquier otro proyecto meramente humano mutilará la realidad, como no lo dice el Papa Benedicto en Aparecida: “Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de ‘realidad’ y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas… La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis”(Discurso inaugural). Por ello, lo más importante de la respuesta de Jesús, antes que la separación del orden temporal del espiritual, es “den a Dios lo que es de Dios”. Sólo desde ahí se podrá encontrar el lugar para cada cosa.
Con su respuesta, Jesús, contesta lo que le preguntan y lo que no le preguntan. Le preguntan acerca del César y el responde acerca de Dios, sin dejar de responder sobre el César. Desde Dios se ubica más justamente al César. Quienes interrogan a Jesús son los hombres más celosos de las cosas de Dios, no podrán quejarse de que se meta a Dios en aquel asunto. Supuestamente era por Dios, más que por otro interés, que tenían aquel dilema. Hasta pudiéramos interpretar cierta ironía de Jesús contra aquellos hombres que siendo tan celosos de las cosas de Dios no pudieran por ellos mismo resolver el dilema. Como si les denunciara que no están velando por los intereses de Dios, sino por los propios.
Además de que los desenmascara desde el principio: “¿por qué tratan de sorprenderme?”, les va haciendo sentir la falsedad de su planteamiento y de su vida. No es cierto que están tan llenos de Dios, porque no son fieles a su convicción de que pagar el impuesto al César es idolátrico. Es un dilema falso, porque ellos están convencidos que pagar el impuesto al César es idolatría, pero de hecho lo pagan, es por eso que tienen una moneda. Si eso es lo que creen deberían ser coherentes, su celo es aparente. Si estuvieran de acuerdo con el impuesto no tendrían pregunta. Como si
Jesús les reprochara que, en la práctica, creen más en el César que en Dios. Hablan más de política y economía que de Dios.
Si verdaderamente creyeran en Dios, lucharían por sus intereses defendiendo a la gente, que le pertenece a Dios porque es su imagen. Como la moneda debe ser devuelta a su dueño, cada persona debe ser entregada a Dios y recreada a su imagen y semejanza. Esto no les importaba a las autoridades religiosas. No podemos deducir de todo esto que Jesús estaba de acuerdo con el impuesto del César, lo más seguro es que quiera inculcar la responsabilidad social de todo ciudadano. Al pedir dar al César lo que es del César está invitando al compromiso político y social según el proyecto de Dios.
La fe en el verdadero Dios no nos lleva a la lucha fanática por la justicia, sino a la búsqueda del bien común por los caminos pacíficos establecidos, y si no los hay a establecerlos. Los fariseos quieren que Jesús les compre su pleito mal entendido para hacerlo quedar mal. Jesucristo les demuestra que su único pleito es purificar la imagen de Dios y desde él la imagen del hombre. Esto no lo hace complaciente con los tiranos del mundo, sino que lo lleva a un compromiso más verdadero.
Podemos decir que Jesús, con su respuesta, corrige la pregunta de los enviados de los fariseos y de Herodes. No se trata tanto de si se debe pagar el tributo al César, sino cómo debe ser la relación de los creyentes con los poderes de este mundo. La relación con el orden temporal no debe hacerse desde intereses particulares, sino desde los criterios de Dios. Para muchos si un sistema político se acomoda a sus intereses dicen que es bueno, aunque sea corrupto, los demás no importan. Desde la fe, la política debe contribuir a que el pastel alcance para todos y no que se privilegie a unos cuantos.
En este punto nos puede iluminar algo de lo que ha dicho al Papa Francisco en su última encíclica “Fratelli tutti: “ Se trata de avanzar hacia un orden social y político cuya alma sea la caridad social. Una vez más convoco a rehabilitar la política, que es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común”(FT. 180) .










