¡ PASCUA!
– Meditación –
Mons. Luis Martín Barraza
9 de abril de 2023
Celebramos hoy la originalidad de la obra de Dios manifestada en la resurrección de Jesucristo. A nadie se le había ocurrido escribir una historia en base a la resurrección, o si se había hablado había quedado sólo en una mera historia. Desde un principio se le quiso descalificar como invención humana(Mt 28, 12-14), pero poco a poco se fue reconociendo que algo radicalmente nuevo estaba sucediendo, como lo insinuó Gamaliel al sanedrín que perseguía a los apóstoles: “Yo ahora les digo: despreocúpense de estos hombres y dejen que se vayan, porque si las intenciones o la obra de ellos viene de los hombres, se destruirá; pero si es algo que viene de Dios no podrán destruirlos, y ustedes aparecerán como gente que lucha contra Dios”(Hech 5, 36-39). De pronto el anuncio de la resurrección comenzó a liberar energías insospechadas del corazón humano, con mucha más fuerza que otras visiones existentes. Tan sólo pensar que empezó a permear los sistemas religiosos, culturales y políticos, dominantes de su tiempo, debería bastar para reconocerle un origen más que humano. Cómo atribuir la paternidad de la cultura cristiana, con todo lo que llegó a significar, a un grupo de galileos procedentes del mundo obrero, incluido Jesús. Es cierto que el espíritu humano estaba en crisis, perdido en filosofías y religiones, pero la luz que brilló en Galilea en la década de los treintas, del primer siglo, era más que natural. ¿Cómo apareció en el corazón de aquellos humildes obreros los ideales más nobles de todos los tiempos y, sobre todo, la fuerza para luchar por ellos? Sólo Dios ha hecho grandes maravillas con los humildes de la tierra(Lc 1, 46-55). El testimonio de la resurrección tiene todo el sello de Dios que elige lo que no cuenta.
Los discípulo quedaron fascinados de la libertad de Jesús frente a los poderes de este mundo, incluso, frente a la muerte. Nadie se había atrevido a desafiar a la muerte como lo hizo él. Hablaba de la muerte como algo favorable, pero sólo como aliada al servicio de la vida, para ello debería ser reconducida por la senda del amor(1 Jn 3, 14). Jesús dejó muy en claro el sentido en que hablaba de la bondad de la muerte: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere queda solo; pero si muerte da mucho fruto”(Jn 12, 24). La única forma de vencer a la muerte es invirtiendola en evitar hacer daño a los demás: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrojado lejos de ti, porque es mejor perder un ojo y no que todo tu cuerpo vaya a llegar de castigo”(Mt 5, 29). Jesús administró su muerte hasta que esta significaría el triunfo del amor de Dios: “El Padre me ama, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy voluntariamente”(Jn 10, 17-18). De esta manera, inculcó una gran dignidad para enfrentar a la muerte, no para evitarla, sino para ponerla al servicio del reino de Dios. Jesús murió hasta que llegó su hora(Jn 13, 1), en el sentido que entrega su vida sólo a cambio del amor a Dios y a sus hermanos, nunca se malgastó viviendo para sí Mismo.
La resurrección es la “firma” de Dios en los acontecimientos del mundo. Jesús introduce una nueva y definitiva forma de leer la historia. Se dice que la historia la escriben los vencedores, pero desde Jesús los vencedores son los crucificados. Ha sido un hombre marginal el que ha escrito la nueva historia de la humanidad. Claro que se siguen escribiendo muchas historias desde la arrogancia humana, se trata de guerras y del progreso de unos cuantos, pero la historia a largo plazo la escribe Jesucristo. No se trata de la historia del conflicto, ni de la evolución de la materia o de la sobrevivencia del más fuerte, sino la historia de lo que el mundo tiene por ´débil, de los insignificantes, de los que son tratados con desprecio, aquellos que nada valen(1 Con 1, 28-29).Todo está llamado a ser redimido desde el amor de Dios, desde luego que las alegrías y las esperanzas, pero también las tristezas, los sufrimientos, la muerte. Se trata del optimismo de Dios, que siempre ha visto que todo lo que ha creado es muy bueno(Gn 1, 10. 11. 18. 25). Si en algún momento se arrepintió de haber creado al hombre(Gn 6, 5-6), en la resurrección ratifica su alianza de no volver a destruir la tierra(Gn 9, 8-13).
Es cierto que la resurrección es un hecho, pero también es una forma totalmente distinta de interpretar la vida desde el proyecto de Dios. Esto se puede comprender desde la forma de hablar de ella, como un sueño: “¡Retírense! La niña no está muerte, sino que duerme. Pero ellos se burlaban de él”(Mt 9, 24). Se trata de la resurrección de la hija de Jairo. Jesús hasta se llega a impacientar con la gente que lloraba: ´¿Por qué este alboroto y estos llantos?”(Mc 6, 39). También podemos notar cierto señorío sobre la muerte cuando, frente a la muerte de Lázaro dice: “Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo”(Jn 11, 11). Su misma muerte la interpreta como una glorificación(Jn 12, 23). Pero hay referencias más explícitas como cuando dice: “Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”(Mt 26, 24). Pero sobre todo va a estar toda la lectura que Jesús hará desde la primacía de la gracia: “El reino de Dios es como un hombre que esparce semilla en la tierra,… y crece sin que él sepa cómo”(Mc 4, 26-27); amor a los pobres: “…vende cuanto tienes y dáselo a los pobres”(Mc 10, 21); lo único necesario: “…María eligió la mejor parte”(Lc 10, 42); prioridad del interior: “El que esté limpio de pecado, que lance la primera piedra”(Jn 8, 7), etc.
La resurrección es el fundamento de nuestra fe, porque “si Cristo no ha resucitado, es inútil la fe de ustedes…”(1 Con 15, 17), nos dice san Pablo. Y sigue diciendo que “si lo que esperamos de Cristo se redujera sólo a esta vida, seríamos los más desdichados de todos los seres humanos”(1 Con 15, 19). Esto quiere decir que el significado más pleno de la resurrección lo debemos buscar más allá de la vida natural. Los discípulos de apresuran a dar testimonios del realismo de la resurrección y el primer argumento que encuentran es el del “sepulcro vacío”. En esto, los cuatro evangelistas coinciden, si bien no en los detalles, pero sí en la ausencia del cuerpo de Jesús. Todos coinciden, también, en que fueron las mujeres, encabezadas por María Magdalena, las que hicieron el descubrimiento de que el cuerpo ya no estaba en donde lo habían puesto. ¿Un ángel?(Mt) ¿Un joven?(Mc) ¿Dos hombres?(Lc), fuero los que indicaron a las mujeres que el sepulcro estaba vacío. Los evangelios sinópticos son más optimistas en la interpretación del “sepulcro vacío”, con cierta ingenuidad se anuncia la resurrección sobre él, haciendo intervenir personajes extraños: “¡No teman! Sé que ustedes buscan a Jesús, e crucificado; no está aquí, porque ha resucitado, como lo había anunciado”(Mt 28, 6; Mc 16, 6; Lc 24, 6).
En san Juan se ve con más claridad un camino discipular. María Magdalena(como en los sinópticos también) simboliza la pasión por Jesucristo, es el amor esponsal que sufre por la ausencia del amado. Lo mismo podemos observar en Juan y Pedro que, ante el aviso, salen corriendo inmediatamente, dando razón de un amor profundamente herido por la ausencia de su entrañable amigo. El anhelo desbordante del encuentro con el Señor atraviesa el corazón de estos tres discípulos, encabezados por el amor de María Magdalena por Jesús. En el texto que meditamos, le bastó a María Magdalena con ver la piedra del sepulcro removida y ella se llena de incertidumbre y dolor: “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo habrán puesto”(Jn 20, 2). Sobre la pena del amado martirizado y ejecutado, surge la amenaza de su cuerpo profanado. Esto es lo que logra trasmitir, también, a los dos apóstoles. Esta vez, la respuesta de la resurrección, como en los otros evangelios, no fue tan evidente. Tal vez muy en el fondo empezaba a latir la esperanza de la resurrección, pero por lo pronto él no está. Juan y Pedro regresan a casa, pero animados en su fe. Nadie les ha anunciado por fuera, sin embargo “vieron y creyeron, porque hasta entonces no habían entendido las escrituras”. María Magdalena, con su espera amorosa llama a Jesucristo, que sale a su encuentro. Jesús está vivo en el amor de sus discípulos. Este episodio nos muestra que la resurrección es el amor que permanece fiel, más allá de la muerte, como se ha revelado en Jesús de Nazaret. Juan permanece fiel a su estilo de dar primacía a la fe: “…para que creyendo tengan vida en su nombre”(Jn 20, 31).










