– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE PENTECOSTÉS
Juan 20,19-23 (Hechos 2,1-11; 1 Corintios 12,3b-7.12-13)
24 de mayo de 2026
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
“Al anochecer del día de la resurrección…” después de saludar a sus discípulos, Jesús les dijo: ´Reciban el Espíritu Santo…”(Jn 20, 19). San Juan nos narra la efusión del Espíritu Santo el mismo día de la resurrección, a diferencia de Lucas que la hace coincidir con una fiesta judía de las primicias de la cosecha y de la alianza en el Sinaí, cincuenta días después de la Pascua. Marcos y Mateo son más sobrios al hablar del Espíritu Santo. San Lucas, en cambio, le dedica todo el libro de los Hechos de los Apóstoles al Espíritu Santo, en el que nos habla de la misión del Espíritu del resucitado a través de su Iglesia. Fue una época de gloria para la Iglesia, porque habitaba en las familias, en las comunidades, en la misión y la solidaridad. Claro que, si nos fijamos bien, también el evangelio de Lucas es un tratado acerca del Espíritu Santo en la misión de Jesucristo y en el tono festivo de todo el evangelio. Además de narrarnos el don del Espíritu Santo en el bautismo de Jesús, como todos los evangelios, nos narra que fue concebido por obra del Espíritu Santo(Lc 1, 35) y hace decir explícitamente a Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí…”(Lc 4, 18).
El Espíritu Santo asalta la normalidad y la perversidad de este mundo, para hacerlo digna morada del hombre que es un ser espiritual, que aspira a la excelencia de la vida. No permite que el hombre quede encadenado en su estatura de sobrevivencia, lo provoca con la ilusión de santidad que Dios se hace sobre él. De este modo, es como si viniera a ponerle música, fiesta, color, sabor, “vida” a la vida, para que no esté tan aburrida. Nos despierta a la vida de Dios, para no morir intoxicados por la vaciedad de nuestros criterios. A veces lo hace por la vía de la alegría, a veces por la del sufrimiento, el asunto es que, el mundo, no se haga profano, estéril, sino que siempre esté dando frutos. Prefiere que haya crisis a que el mundo se llene de “momias” y de telarañas. Pero de cualquier forma que sople, no dejará de ser la “suave brisa” que como “rocío mañanero” refresca el aspecto de la tierra. No descartemos que sea el Espíritu el que permite las crisis que vivimos, para renovar el mundo:“El Espíritu sopla donde quiere, no sabemos de dónde viene ni a dónde va, pero escuchamos sus ruidos(Jn 3,).
El toque de “locura”, de pasión, de “magia”, de novedad, de alegría tan necesarios para el corazón del hombre, sólo puede ser colmada por el Espíritu Santo. Sólo él puede cumplir nuestra esperanza de un nuevo amanecer, una nueva sociedad, un mundo nuevo. Encargándose de impulsarnos a lo nuevo promueve nuestra dignidad. La necesidad de reinventarnos, recrearnos, comenzar de nuevo, está en el centro del corazón del hombre. El ser humano es un buscador de buenas noticias. Los animalitos no esperan nada mejor, sólo comer el día de hoy y espantarse las moscas. En el hombre, el deseo de renovarse, tiene que ver con el ejercicio de la libertad, volver a nacer desde nuestras decisiones, es la aventura más maravillosa.
No podemos confiar este anhelo tan profundo a cualquier charlatanería, que nos promete el cielo, la luna y las estrellas. El deseo de cambiar, de encontrar la versión más nueva, más plena de nosotros mismos es lo más sagrado que tenemos. Seguramente no lograremos toda nuestros sueños, pero luchar por ellos es vivir. Pensar que el poder, el placer, la fama, le van a hacer justicia a lo más santo que hay en nosotros, es como “echar las perlas a los cerdos”. Muchas estafas y fraudes son consecuencia de la manipulación de la expectativa de cambio, de superación en nuestras vidas. Sólo el Espíritu de Dios sabe lo que nos conviene, “viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar”(Rom 8, 26).
El Espíritu Santo tiene la misión de hacer verdaderamente nuevas todas las cosas, de conducirlas a la cima de la santidad. Sólo el Espíritu nos puede garantizar la sorpresa continua del encuentro con nosotros mismos, sólo él puede hacer que cada momento sea nuevo e interesante verdaderamente. El problema no son los ritos, las estructuras, las repeticiones, sino los corazones resecos del agua del Espíritu, el no tener interioridad. En ocasiones se quiere presentar al Espíritu en total contradicción con las instituciones o tradiciones, como si la única opción fuera destruir todo el pasado para hacer posible la vida del Espíritu. Es cierto que el Espíritu no coincide en absoluto con nuestras metodologías, ritos y esquemas, pero ni Jesús condicionó su Novedad a la destrucción entera del pasado: “No piensen que he venido a abolir la Ley y los profetas; no he venido a abolirlas, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias”(Mt 5, 17). Ciertamente, en la relectura que Jesús hace de la Ley a la luz del Espíritu es algo totalmente nuevo: “Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, Así serán dignos hijos de su Padre del cielo….”(Mt 5, 43).
La santidad, que opera el Espíritu en nosotros, es un constante movimiento hacia una vida nueva que no es otra que “Cristo amando en nosotros, porque la santidad no es sino la caridad plenamente vivida. Por lo tanto, la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya. Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo”(G et E, 21). “Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará”(G et E, 24).
Lo único nuevo y original es el amor en cuanto obra del Espíritu en nosotros, fuera de ella todo es viejo, rutinario, cansado, masivo, anónimo. En cada uno se manifiesta el Espíritu de manera específica, con diversidad de dones, pero para el bien común(1Cor 12, 12-13). El Espíritu Santo nos ayuda a ser fieles a nosotros mismos, según lo que Dios pensó para cada uno, para la edificación de la comunidad, y nos libra de ser un “borregito” que se mueve al son de las modas. Muchos de los intentos de ser originales no son más que seguir los mismos caminos trillados de consumismo, individualismo, hedonismo. El Espíritu Santo es el que nos puede rescatar de la masificación del egoísmo y hacernos verdaderamente libres, para expresar toda la bondad que Dios ha puesto en nuestro corazón, todo esto para edificación de la comunidad. “Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él”(G et E, 11). Hacer santos es la especialidad del Espíritu Santo, su nombre lo dice.
Todo esto lo podemos comprobar en la vida de los santos, ¡cuánta diversidad y belleza!, pero sobre todo en la “obra maestra del Espíritu” como lo es Jesucristo. Desde su concepción y nacimiento virginal nos sugiere que en él irrumpe la total novedad de Dios en el mundo. De nadie más se dice que haya nacido virginalmente, antes, en y después del parto: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer de ti será santo y se llamará Hijo de Dios”(Lc 1, 35). Estamos frente a algo fuera de serie, algo nunca visto. Jesucristo no es una simple continuación de lo mismo, sino Dios en medio de nosotros. Esto anticipa la sorpresa que causará toda la obra y las enseñanzas de Jesús.
En Jesús se cumple la profecía de los huesos secos de Ezequiel: “El Señor me invadió con su fuerza y su espíritu me llevó y me dejó en medio del valle, que estaba lleno de huesos…”(Ez 37, 1). Encontró un pueblo encerrado, como dice el evangelio que estaban los discípulos. Habían domesticado al Espíritu por medio de tradiciones humanas, lo tenían amordazado, atado de pies y manos. Todo su andamiaje religioso semejaba un cadáver muy bien maquillado, sin rastros de molestia o sufrimiento, pero sin aliento de compasión y caridad. A fuerza de poner al servicio de intereses mezquinos las corrientes espirituales de la fe, se habían secado. Aquello era un gran negocio con apariencia de piedad, para favorecer a uno cuantos: “haciendo ostentación de largos rezos se echaban encima del pobre”(Mc 12, 40).
Jesús irá ungiendo poco a poco a aquel pueblo por medio de sus palabras y señales, para quitarle la parálisis, la ceguera. Fue infundiendo sobre aquellos huesos secos su aliento vital, para crear con ellos un nuevo pueblo. Permitámosle al Espíritu desplegar todo su poder en nuestras vidas, familias, comunidades. Que pueda cantar, bailar, retozar, profetizar, como lo ha hecho en Jesús. ¡Y se renovará la faz de la tierra!










