– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE PENTECOSTÉS
19 de mayo, 2024
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
“Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador; pero si me voy, se lo enviaré…”(Jn 16, 7). Jesucristo cumple hoy su promesa de no dejar solos a sus discípulos, de estar con ellos hasta el fin del mundo(Mt 28, 20). El don del Espíritu Santo significó para sus discípulos la fe en Cristo resucitado y, al mismo tiempo, la misión de anunciarlo. Visto desde san Juan, Pentecostés, es una experiencia más interior, se trata de creer en Cristo resucitado, como es la intención de todo el evangelio: “…para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengan vida eterna”(Jn 20, 31). El Espíritu obra en la interioridad del corazón produciendo la fe y el amor: “El que tenga sed que venga a mí y beba,… de su interior brotaran ríos de agua viva…”(Jn 7, 37-38). Sin duda que en Lucas será, igual, el tema de la fe, pero desde una visión más histórica. Ya hemos dicho cómo acomoda en el trasfondo de fiestas judías los acontecimientos de la Ascensión y de Pentecostés. Pero, además, el Espíritu es un proyecto de anuncio del evangelio a los pobres, de sanción y liberación(Lc 4, 18); se encarna en el vientre de María y actúa en el tiempo por medio de Jesucristo(Lc 1, 36). De igual modo se notará la historicidad del Espíritu en el proyecto Iglesia, narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Aprovechando el evangelio de san Juan, que comienza hablándonos de “la Palabra que existía desde el principio”, que nos evocan a la sabiduría “engendrada cuando aún no había océanos, cuando aún no existían los manantiales ricos en agua; antes que las montañas fueran cimentadas, antes que las colinas”(Prov 8, 24-26); puede ser válido aplicar al Espíritu Santo, con quien se identifica Jesús, las propiedades que el autor del libro de la Sabiduría le da a la misma sabiduría: “posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, límpido, transparente, inmutable, amante del bien, agudo, dispuesto, benéfico, amigo de los hombres, estable, firme, libre de inquietudes, que todo lo puede, todo lo vigila, y penetra en todos los espíritus: en los inteligentes, en los puros, en los más sutiles… más móvil que todos los movimientos…, es una exhalación del poder de Dios…, es una irradiación de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad… lo puede todo, sin salir de sí, todo lo renueva, y, entrando en cada época en las almas santas, hace amigos de Dios y profetas…”( Sab 7, 22- 27). En la línea del Espíritu como maestro interior estará san Pablo que los considera como el que sabe todo acerca de Dios y lo trasmite a toda la creación, sobre todo al corazón del hombre: “…solamente el Espíritu de Dios sabe lo que hay en Dios. Y nosotros no heos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado”( 1 Cor 2, 11-12).
El profeta Habaquc nos dice que “como las aguas colman la mar, así está lleno el país del conocimiento de la gloria de Dios”(Hab 2, 24), parafraseando o tal vez, traduciendo estas palabras podemos decir que “como las aguas colman la mar, así está lleno el país(y el mundo) del Espíritu del Señor”. San Pablo desea a los creyentes, “que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y una revelación que les permita conocerlo plenamente ,…para que conozcan cuál es la esperanza a la que han sido llamados,…”(Ef 1, 17-19). El Espíritu Santo ha estado presente desde la creación del mundo(Gn 1, 2), pero en Jesucristo ha quedado de manifiesto su capacidad de llevar todas las cosas a su plenitud dignas de la santidad de Dios: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra, para que, conforme a la riqueza de su gloria los robustezca con la fuerza de su Espíritu, de modo que crezcan interiormente. Que Cristo habite por la fe en sus corazones; que vivan arraigados y fundamentados en el amor. Así podrán comprender, junto con todos los creyentes, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo…”(Ef 3, 14-19).
El Espíritu Santo asalta la normalidad de este mundo, para hacerlo digna morada del hombre que es un ser espiritual, y lo rescata de la rutina. No permite que el hombre quede encadenado en su estatura natural, lo provoca con la ilusión que Dios se hace sobre él, le inspira sueños, visiones y proyectos(Jl 3, 1). De este modo, es como si viniera a ponerle música, fiesta, color, sabor, vida a la vida, para que no esté tan aburrida. Nos despierta a la vida de Dios, para no morir intoxicados por la vaciedad de nuestros criterios. A veces lo hace por la vía de la alegría, a veces por la del sufrimiento, el asunto es que, el mundo, no se haga profano, estéril, sino que siempre esté dando frutos. Prefiere que haya crisis a que el mundo se llene de “momias” y de “telarañas”. Pero de cualquier forma que sople, no dejará de ser la “suave brisa” que como “rocío mañanero” renueva el aspecto de la tierra. El Espíritu es el más fiel defensor de la vida que Dios ha sembrado en el mundo, es el“Señor y dador de vida”(Credo). Por su fidelidad hemos sido puestos a salvo en Jesucristo, el cual nos ha amado en el Espíritu hasta el extremo. Así es de que si condujo al Hijo de Dios al testimonio supremos de la verdad, ¿qué no hará el Espíritu para salvar a este mundo? : “El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas justamente con él?(Rom 8, 32).
El toque de “locura”, de “magia”, de novedad, de alegría tan necesarios para el corazón del hombre, sólo puede ser colmada por el Espíritu Santo. Sólo él puede cumplir nuestra esperanza en un nuevo día, una nueva sociedad, un nuevo mundo. Encargándose de impulsarnos a lo nuevo promueve nuestra dignidad. La necesidad de reinventarnos, recrearnos, comenzar de nuevo, nuestra vocación al amor, a la vida y la libertad nos apremia. El ser humano es un buscador de buenas noticias, no está hecho para el conformismo. Esto tiene que ver con el ejercicio de la libertad, volver a nacer desde nuestras decisiones, es la aventura más maravillosa. El deseo de cambiar, de encontrar la versión más nueva, más plena de nosotros mismos es lo más santo que tenemos. Muchas estafas y fraudes son consecuencia de la manipulación de la expectativa de cambio, de novedad en nuestras vidas. Sólo el Espíritu de Dios sabe lo que nos conviene, “viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos que nos se pueden expresar”(Rom 8, 26).
El Espíritu Santo tiene la misión de hacer verdaderamente nuevas todas las cosas en Cristo, de conducirlas a su santidad. Sólo él nos puede garantizar la sorpresa que no pasa de moda, el anuncio de la Buena Nueva de la salvación. En ocasiones se quiere presentar el Espíritu en total contradicción con las instituciones o tradiciones, pero la solución no es destruirlas, sino darles plenitud(Mt 5, 17). La santidad, que opera el Espíritu en nosotros, es un constante movimiento hacia una vida nueva que no es otra que “Cristo amando en nosotros, porque la santidad no es sino la caridad plenamente vivida. Por lo tanto, la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya. Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo”(G et E, 21). “Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará”(G et E, 24).
En Jesús se cumple la profecía de los huesos secos de Ezequiel: “El Señor me invadió con su fuerza y su espíritu me llevó y me dejó en medio del valle, que estaba lleno de huesos…”(Ez 37, 1). Encontró un pueblo encerrado, como dice el evangelio que estaban los discípulos. Habían domesticado al Espíritu por medio de tradiciones humanas, lo tenían amordazado, atado de pies y manos. Todo su andamiaje religioso semejaba un cadáver muy bien maquillado, sin rastros de molestia o sufrimiento, pero sin aliento de compasión y caridad. A fuerza de poner al servicio de intereses mezquinos las corrientes espirituales de la fe, se habían secado. Aquello era un gran negocio con apariencia de piedad, para favorecer a unos cuantos: “haciendo ostentación de largos rezos se echaban encima del pobre”(Mc 12, 40).
+ Luis Martín Barraza B.










