– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVII ORDINARIO
«Si ustedes tuvieran una fe tan pequeña como una semilla de mostaza” (Lc 17,6)
5 de Octubre 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Jesús provoca la necesidad de la fe en sus discípulos, porque ven en él una sabiduría que los supera con mucho. Después de la enseñanza sobre el rico y el pobre Lázaro, la sentencia para quien sea motivo de escándalo para la gente sencilla -arrojarlo al mar- y el mandato de perdonar siempre, los discípulos se dan cuenta de que hay una mirada muy superior de las cosas en Jesús. Pareciera que contempla la vida en su inocencia, sin querer contaminar las cosas con sus ambiciones, sino desde un proyecto más grande inscrito en la realidad, pero no al alcance de cualquiera. Ellos le piden un aumento de fe, como si fuera cuestión de cantidad, pero Jesús les hace saber que el problema no es de cantidad, sino que la fe es cuestión de calidad. La fe es un “salto cualitativo” no es cuestión de poco o mucho. La consideración de la fe como si fuera una cosa más entre otras, que se puede contabilizar, es lo que la tiene arrinconada como un adorno, un extra opcional. Así hemos venido a caer en el divorcio fe-vida. Cada quien permanece dueño de su vida y la organiza de acuerdo a su voluntad y la fe le viene a poner ese toque vanidoso de excelencia al proyecto personal, entonces la usamos para rellenar ese “hueco”.
Sin embargo, Jesús propone la fe como centro de la vida, que si la tuviéramos, aunque fuera pequeña como un grano de mostaza, transformaría toda nuestra vida. Es muy radical este planteamiento de Jesús, casi equivale a decir, si en realidad tuvieran fe las cosas no estarían como están, el problema del mundo es su falta de fe. No basta la fe ocasional con la que salimos al paso de las dificultades, cuando tenemos “la soga al cuello” o cuando “nos nace”. La fe que sólo sale a relucir cuando tenemos necesidad no es fe, es instinto de conservación. Ciertas expresiones de fe son actos muy egoístas, y por lo tanto contrarios a la fe, se usa la fe para sentirse un iluminado, un consentido de la divinidad, que le da superioridad sobre sus hermanos hasta para abusar de ellos. No es raro que la experiencia religiosa sea causa de abuso de poder. Este es el gran problema de la mayoría de la fe, ser utilizada a la medida del deseo, usarla y tirarla. Ha sido alcanzada por la cultura del consumismo, expresión de la decadencia del ser humano. Cuando las relaciones humanas se ajustan a la medida del uso y deshecho que se puede hacer con las cosas, estamos en una profunda crisis antropológico-cultural. Pero la fe es todo lo contrario, según el ejemplo de Jesús, es trabajar en un proyecto ajeno teniendo que agradecer la oportunidad de hacerlo, sintiendo la deuda de la oportunidad de servir.
La fe, sobre todo la cristiana, ha sido un fermento de vida nueva, a lo largo de los siglos. Siempre ha tenido una propuesta alternativa frente a sistemas de vida organizados de manera natural o desde algún otro tipo de religiosidad: “El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por la fe”(Hub 1, 4). La fe cristiana ha sido guardiana de la grandeza y dignidad del ser humano. Fuera de ella han existido distorsiones que conducen siempre a la reducción del ser humano a una cosa o una mercancía. Por ello cuando defendemos nuestra fe no defendemos una doctrina, un culto meramente, sino la vida del ser humano: “La gloria de Dios es el hombre vivo”(San Irineo). La base de la fe cristiana consiste en que Dios es Padre de toda la humanidad y, por lo tanto, todos los hombres somos hermanos, ninguno es enemigo de nadie. El odio y el asesinato están prohibidos. Las enemistades y las luchas entre grupos y clases no tiene razón de ser. El comportamiento entre los hermanos debe ser de servicio, de perdón, de comprensión, de tolerancia, de amor a los más necesitados. De hecho, la fuerza de atracción de la fe cristiana en un principio fue la paz y armonía que irradiaban: “…partían en pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo”(Hech 2, 46-47). Los paganos decían: “¡miren como se aman!”(Tertuliano, s. II).
La identidad de los creyentes es el amor: “Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos”(Jn 13, 35). San Lucas va a recoger la enseñanza principal de la fe, en la última cena, diciendo: “Entre ustedes, el más importante sea como el menor, el más importante sea como el menor, y el que manda como el que sirve”(Lc 22, 26). Cuando se contraviene esto con las actitudes o acciones se hiere el corazón de la fe y contribuimos con el ateísmo práctico imperante. El amor, el servicio, el perdón, del que ha hablado antes del texto que meditamos, nos conducen a la unidad, condición indispensable para que haya fe: “Y que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado”(Jn 17 21). Jesucristo nos enseña que con un poco de fe nuestra vida se deberá cualificar con el amor con el que él nos ha amado.
La verdad de la fe se mide en la coherencia de vida. Ordinariamente el problema no es la fe íntima, sino la fe pública, o la fe tradicional que se dice tener, que no corresponde a las enseñanzas de la Palabra de Dios, fuente de la fe. Entre las actitudes que más desprestigian la fe están el que algunos que se dicen muy creyentes menosprecien a otros hermanos, cuando gente de fe presume ser superior a los demás, las desigualdades injustas, el abuso de cualquier tipo por parte de un religioso. Existe una especie de ateísmo práctico, es decir, no contra Dios y sus mandamientos por sí mismos, sino contra los seguidores de alguna doctrina religiosa, especialmente católicos. Me parece que lo que más hace abandonar la confianza en la fe es que se pierda el sentido de la humildad, del servicio, de la fraternidad. Se le perdonan muchas cosas a los creyentes, pero no la arrogancia o el abuso que comete hacia sus hermanos. Habría que revisar si somos una verdadera comunidad de discípulos misioneros que ayudamos a la misión salvífica de Dios o estamos siendo piedra de tropiezo, que merece que “le amarren una piedra de molino en el cuello y la arrojen al mar”(Lc 17, 2).
La fe nos concede la dulce experiencia de la bienaventuranza, que vislumbra un horizonte de plenitud, de justicia, de fraternidad, que provoca una inquietud en el corazón, que busca siempre un rompimiento cualitativo con el orden establecido. La fe es un don del Espíritu Santo por la cual él hace presente el sueño del reino de Dios en el mundo. Es el que prepara al mundo para que sea capaz de Dios, como ha sucedido en la encarnación, donde la familia de Nazaret ha acogido al Verbo eterno, “por obra del Espíritu Santo”. Pero al mismo tiempo, hace presente la total novedad de la vida divina que rompe todos los esquemas. Ciertamente Jesús será hijo de una genealogía, pero, no menos y, quizás, más, obra del Espíritu Santo. A esto debemos la Inmaculada Concepción y la Virginidad de María, convenía la misterio de Cristo en medio de los hombres, mucho más que a María misma.
La fe nos hace testigos de todas las intervenciones poderosas de Dios en la historia, que la han santificado y hecho historia de salvación. Por medio de la fe el Espíritu Santo a ungido a la humanidad y a todo el mundo, para que no permanezca un simple montón de tierra o un saco de huesos secos. Por medio de la fe Dios santifica al mundo, como lo hizo desde el principio: “La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas”(Gn 1, 1). Toda esta consagración de la historia a Dios ha sido posible por la “nube de testigos” de la que nos habla la carta a los hebreos, que han desafiado las leyes de la naturaleza y del mal, para hacer presente la “ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”: “La fe es la que nos hace comprender que el mundo ha sido formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible proviene de lo invisible… Por la fe Abrahán, obediente a la llamada divina, salió hacia una tierra que iba a recibir en posesión, y salió sin saber a dónde iba…Por la fe Abrahán, sometido a prueba, estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac; y era su hijo único… Por la fe, cuando nació Moisés, sus padres, viendo la belleza del niño, lo tuvieron escondido tres meses sin temer a las órdenes el rey… Por la fe cayeron los muros de Jericó…”(Heb 11,3. 8. 11, 23). La expresión más clara de la fe se ha tenido en Jesucristo, “el cual, animado por la alegría que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono del Dios”(Heb 12, 2).










