– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXIV ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
15 de septiembre, 2024
Meditamos un pasaje central del evangelio de san Marcos, la confesión de Cesárea de Filipo, en el que aparece con toda claridad la intención de mostrarnos la centralidad de Jesucristo y su identidad de siervo de Dios, tal como nos lo presenta el profeta Isaías: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante los insultos y salivazos”(Is 50, 6). Marcos nos retrata muy bien la tentación que siempre existe de “echar vino nuevo en odres viejos”(Lc 5, 37). Seguir las propias tradiciones y ofrecer el culto que uno quiera a Dios es algo muy común en la vivencia de la fe. Después de casi cuarenta años de la Pascua de Jesús, la originalidad de aquella experiencia corría el peligro de ser distorsionada por una religiosidad farisaica o pagana, que poco a poco se iba avergonzando del crucificado. Poner a Jesucristo al centro de la fe es un desafío de todos los tiempos.
Hasta este momento de la misión de Jesús, todo ha sido duda, fascinación arrebatada, sospecha, confusión: “¿Qué es esto? ¡Enseña de manera nueva, y con plena autoridad”(Mc 1, 27). “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás”(Mc 3, 22); “¿Quién será este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”(Mc 4, 41; 7, 37). Estas y otras preguntas con relación a Jesús circulaban entre el pueblo, en las casas, en las aldeas, sinagogas, caminos y hasta en el palacio: “El rey Herodes oyó hablar de Jesús, cuya fama había corrido por todas partes… Herodes decía: Es Juan, a quien yo mandé cortar la cabeza y ahora ha resucitado”(Mc 6, 14-16). Las opiniones eran muy diversas. Los doctores de la ley decían: “¿Cómo puede este hablar así? Es un blasfemo. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”(Mc 2, 7). También decían: “Lleva dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”(Mc 3, 22). Sus familiares pensaban “que estaba fuera de sí”(Mc 3, 21). Sus paisanos con envidia y asombro comentaban: “¿De dónde saca éste todo eso?, ¿qué clase de sabiduría se le ha dado? ¿Y esos milagros que salen de sus manos?¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón?(Mc 6, 2-3).
¿Quién es Jesús de Nazaret? es la pregunta que resuena veladamente en toda la primera parte del evangelio de Marcos, y que ahora se hace patente en el interrogatorio que Jesús hace a sus discípulos. Los primeros ocho capítulos, los dedica a preparar la revelación que hará de sí mismo, en la segunda parte, a partir del capítulo 8 versículo 31. La respuesta está dada desde el principio, pero se debe profundizar en su comprensión: “Comienzo de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”(Mc 1, 1). Hasta ahora, sólo los demonios han reconocido a Jesús como el Mesías: “¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quien eres: el Santo de Dios!(Mc 2, 24). “Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, hijo del Dios altísimo?”(Mc 5, 7). Aún de aquellos que parecía que habían creído en él, Jesús desconfiaba y les imponía el “secreto mesiánico”: “Al bajar de la montaña, les encargó severamente que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos”(Mc 9, 9).
Precisamente estas confesiones de fe “diabólicas”, hacen sentir la necesidad del verdadero conocimiento de Jesucristo que lleve a adoptar su estilo de vida. Hay una forma de conocer a Jesús y a los demás, con criterios humanos, donde imponemos nuestros prejuicios y, en el caso de Jesús, no nos dejamos moldear por sus actitudes: “Y si alguna vez valoramos así a Cristo(con criterios humanos), ahora ya no lo hacemos”(2Cor 5 16). Se trata de una voluntad de poder sobre aquellos a quienes definimos para aniquilarlos. Seguramente esto correspondía a ciertas actitudes que se daban en la comunidad de Marcos y que pueden darse en nuestro tiempo: devociones sin caridad ni justicia, como lo denuncia Santiago: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no la demuestra con obras? ¿Acaso puede salvarlo esa fe?(St 2, 14). Lo mismo vuelve a aparecer en el texto que meditamos, parece que todo se encamina a preparar la denuncia del “correcto” conocimiento diabólico acerca Jesús: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”(Mc 8, 33). Lo grave del asunto es que el desconocimiento de Jesús se da en sus discípulos más cercanos, en Pedro, que según Mateo, acaba de ser constituido en “roca” de la Iglesia: “…tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia…”(Mt 16, 18). Tal parece que no es garantía el cumplir con todos los formalismos, igual, al final, se puede rechazar a Jesús. Estamos frente al “gris pragmatismo” o la “mundanalidad espiritual” de los dos últimos Papas.
El problema del desconocimiento de Jesucristo tiene otra cara en el resto de la gente. Ellos, simplemente, han aparecido como espectadores curiosos, asombrados, interesados: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los antiguos profetas”(Mc 8, 28). Jesús es simplemente el “santo de su devoción”, como hoy se puede decir que es un monje tibetano, el santo Niño de Atocha, el Señor de Mapimí o un revolucionario. La gente quiere “remendar un vestido viejo con un remiendo nuevo”(Mc 2, 21). Este conocimiento parece más inocente, en relación al de los demonios que quieren acabar con Jesús. Sin embargo, ambos, ponen de manifiesto que el conocimiento de Jesucristo es la ciencia más elevada, “es todo”, es un don que debemos invocar con humildad porque “nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no se lo concede”(Jn 6, 44).
Pareciera que Marcos nos quiere decir, en el trasfondo de la confesión de fe de los demonios y de la gente, que lo más diabólico es el autoengaño de querer agotar a Jesucristo en nuestras formulas doctrinales y litúrgicas, para quitarle lo “peligroso” de ser “signo de contradicción”(Lc 2, 34) desde la cruz: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”(Mc 8, 34). Estamos en el corazón del evangelio de Marcos: el resucitado es el crucificado, la salvación de este mundo pasa por el amor que “pierde la vida por Cristo y su evangelio”(Mc 8, 35). La cruz significa todo el compromiso con la dignidad de los hermanos, renunciar única y exclusivamente a todo lo que desfigure la imagen de Dios en el hombre. No se trata simplemente de “sufrir para merecer”, como se dice, sino de invertir nuestros “cinco panes y dos pescados” en el proyecto de la justicia de Dios. Dicho negativamente, es cortarnos la mano, el pie y sacarnos un ojo antes que abusar de los hermanos(Mt 5, 29-30). Marcos denuncia la tendencia que hay en el corazón del hombre a la religión mágica, cultual, triunfalista que afianza en el egoísmo, pero que no hace solidario y justo. Creer en el “Dios de bolsillo” todos lo hacemos, pero creer en el Dios de Jesús, sólo el verdadero discípulo.
La vida verdadera pasa por el dinamismo del grano de trigo que cae en la tierra y muere(Jn 12, 24). Si no hay personas que acepten amar muriendo a sí mismas, no habrá vida plena en el mundo. “Quien quiera salvar su vida la pierde, el que la pierda la encontrará”(Mc 8, 35), decía Jesús. Querer salvar la propia vida a costa de otra vida, será la peor contradicción que se de en el corazón humano, es una enfermedad de raíz que pone en peligro la convivencia humana. Mientras haya quien esté dispuesto a derramar sangre inocente nunca cicatrizaran las heridas de una sociedad.
Ubicar nos en la fe verdadera es lo que pretende hacer Santiago, ir más allá de la fe vanidosa que se adorna con poses religiosas “para que los vea la gente”(Mt 6, 2.6.16). La fe verdadera deberá conducir a las obras del corazón, esto es, cargar la cruz. El Servidor de Yahvé, de la primera lectura, también nos recuerda que la verdadera escucha de Dios nos conduce al conflicto con el mundo y, al mismo tiempo, a una confianza absoluta en él: “El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme”(Is 50, 9).
Frente al conocimiento, lleno de prejuicios, los discípulos cercanos se sentían mucho mejores que el resto. Probablemente había en la comunidad de Marcos personas que seguían con sus tradiciones judías o la espiritualidad del Bautista y se hacían llamar discípulos de Jesucristo. El verdadero conocimiento de Jesucristo es una gracia, un trabajo del Espíritu Santo en nuestros corazones(Jn 16, 12). De cualquier forma, san Marcos, insiste en la necesidad de recomenzar desde Jesucristo, no fiarse de las ideas que tenemos, prefabricada, de él, sino verificar si nuestra vida coincide con su evangelio. Mientras cada uno funciona desde su idea sobre Jesús, hay lugar para que unos se sientan autosuficientes, pero cuando es él quien que se nos revela, todos somos unos ignorantes.










