– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XX ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
20 de agosto de 2023
Se pudiera pensar que Jesús es obligado por los acontecimientos a salir de Judea para encaminarse a Fenicia. Herodes acaba de asesinar a Juan el bautista, la multiplicación de los panes había exaltado la expectativa en un mesías político y, Jesús, ha tenido una fuerte discusión con los fariseos y maestros de la ley sobre la pureza legal. Así las cosas, se trataría de un simple movimiento estratégico para escapar de un ambiente adverso para la misión que llevaba a cabo y poder relanzarla. Sin embargo, sucedió algo demasiado importante en esta visita a Tiro y Sidón, como para tomarla como algo accidental en el ministerio de Jesús. Incluso en el encuentro con la mujer siro fenicia, parece que Jesús no es el protagonista de los acontecimientos, sino que el centro es la mujer que le arrancó la salud para su hija, a pesar de él.
En medio de todo esto no debemos de perder de vista que Mateo se dirige al pueblo judeo cristiano y está tratando de justificar la entrada de los paganos al nuevo pueblo de Dios. Lo mismo hace san Pablo, en la segunda lectura de hoy, pero hablándoles a los romanos, que eran paganos: “Así como ustedes antes eran rebeldes contra Dios y ahora han alcanzado su misericordia con ocasión de la rebeldía de los judíos…”(Rom 11, 30). Cada uno trata de hacer comprensible el mensaje de la universal llamada a la salvación. El punto común, en uno y otro, es que esto sucedió debido a la rebeldía del pueblo judío. Esta es la explicación desde el punto de vista humano, pero en realidad “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”(1 Tim 2, 4). El evangelio es un llamado a la conversión al reino de Dios(a la universalidad). Como si Mateo quisiera justificar frente a los cristianos judíos por qué Jesús tuvo que abrir la salvación a los paganos. Él les dio su lugar: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de las casa de Israel”(Mt 15, 24). Más aún, hasta parece que lo hace a costa de aquella mujer: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselos a los perritos”(Mt 15, 26). Esto debió honrar a los que procedían del judaísmo. Pero una vez que cumple con ellos y en el trasfondo de ese homenaje resalta la belleza del corazón de aquella mujer: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”(Mt 15,28). De esta manera pone de manifiesto que hay algo mayor que la raza y la circuncisión, como lo es aquel acto de fe humilde.
Jesús le guardará gratitud a su raza, porque es el pueblo de las promesas, como también lo hace san Pablo: “Desearía, incluso verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza que son descendientes de Israel. A ellos pertenece la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas”(Rom 9, 3-4). Sin embargo, la fe que acepta recorrer un camino catecumenal de purificación, para despojarse de toda autosuficiencia y le muestra a Dios que acepta todo lo que venga de él y se abandona totalmente en él, ese es el fundamento del nuevo pueblo de Dios. Desnudarse de su individualismo.
El encuentro de Jesús con la Siro fenicia es un hecho muy significativo en la misión de Jesús. Funda la catolicidad del pueblo de Dios, rompe toda barrera para pertenecer a él: “Ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”(Gal 3, 28). En última instancia la fe es un llamado a la universalidad, y aunque es este un concepto muy frío, es la condición de posibilidad del sentido de familia humana. Cuando Jesús dice: “El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”(Mt 12, 49), se nos está invitando a superar toda barrera para reconocer la igual dignidad de cada ser humano, independientemente de su origen, raza, género, situación económica, de su posición social, religión, etc. Esto, quizás sea una de las grandes conquistas de la época moderna, sistematizado en el ideario de la revolución francesa, inspirador de la declaración de los distintos derechos humanos. Dicho sea de paso que esto tiene sus raíces en una cultura cristiana, que profundizó mucho la visión sobre la Persona.
A realizar la universalidad de su vocación es el llamado de Jesús cuando invita a cada uno a renunciar a lo que lo hace muy específico: a la familia, a sus bienes, más aún, a sí mismo y adentrarse por los horizontes más abiertos que existen. Podemos decir que Jesús vino a enseñarnos a volar en la universalidad. En el misterio de la encarnación se acercó a nuestra singularidad, que es nuestra mayor fragilidad, para elevarnos a perspectivas más amplias. La originalidad de Jesucristo fue construir una universalidad asumiendo las diferencias, es decir, las particularidades, los rostros, las historias, los límites, los dramas de la vida, pero no sólo se “puso a llorar” dentro de ellos, sino que los invitó a trascender. Ya lo meditábamos el domingo pasado, Jesús se acerca a sus discípulos caminando sobre las aguas, comparte su drama en la tempestad, pero cuestiona que se queden encerrados en su vivencia de aquella situación: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”(Mt 14, 31). Creo que podemos leer todo el evangelio como una invitación a entrar en el hombre universal: “He aquí al hombre”(Jn 19, 5). Los valores del evangelio suponen cierta medida “standard” del hombre y de la vida, de otra manera el evangelio pierde su sentido.
Es claro que se tiene que superar la presentación de la universalidad como se a hecho a lo largo de la historia y que ha conducido a los totalitarismos. Se ha ideologizado tanto al individuo como a la comunidad y se le han pretendido imponer al resto de los integrantes. El individuo con derecho a adueñarse del mundo, de sus recursos y de las personas, si sus capacidades le permiten hacerlo, no importa que sea a costa de la integridad de los demás. Así se ha concebido un sistema de convivencia que se ha llamado capitalismo, que absolutiza la propiedad privada y las aspiraciones sin límite del ser humano. Por otro lado, se ha manipulado la universalidad social, se ha hecho del conjunto de los individuos un pretexto para el ejercicio del poder de unos cuantos, en nombre del estado, la nación o del pueblo, sacrificando, en buena medida, las garantías individuales. Todo esto, invariablemente, ha terminado en polarizaciones, dominio del más fuerte sobre el más débil, lucha de clases, hambre, guerras, etc. Creo que sea válido contemplar superadas estas dinámicas de muerte en el encuentro de Jesús con esta mujer.
El nuevo pueblo nace del corazón cautivado por Jesús, y no simplemente desde los ritos o tradiciones religiosas; desde el interior y no tanto del exterior, como lo ha dicho un poco antes Jesús a los fariseos: “¿No comprenden que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado? En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso eso lo que contamina al hombre”(Mt 15, 17-18). La mujer cananea que, por circunstancias ajenas a ella, era considerada despreciable a los ojos de Dios da una lección a todos los tiempos sobre el fundamento de la fraternidad universal: “A un corazón contrito tú nunca lo desprecias Señor”(Sal 50, 19). Lo único que puede construir la unidad es la verdad y esta tiene que ver con una relación humilde, es decir, desde la propia condición. La relación con Jesús le hace justicia a nuestra condición, nos revela nuestra verdad, somos seres frágiles habitados por la santidad de Dios.
La mujer cananea sorprende a Jesús con un acto de fe salido de lo más profundo de su corazón. El principio de la primacía del interior irá poco a poco cuestionando muchas estructuras aparentes y frecuentemente injustas que estorba a la construcción de la unidad. Con dicho principio desenmascara Jesús mucha falsedad en el culto a Dios y sentimientos de superioridad: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que limpian por fuera el vaso y el plato, mientras que por dentro siguen llenos de codicia y desenfreno!”(Mt 23, 25). La grandeza del ser humano está en su capacidad de ser hermano de todos y no en lo que tiene. Tanto tienes tanto vales, se dice con frecuencia, pero este criterio tan superficial ha causado mucho daño a la familia humana, con ello se ha fracturado la convivencia humana, y esto ha significado muerte. Los grandes problemas que aquejan a la humanidad, como el hambre, la pobreza, la violencia, la enfermedad, reclaman de la unidad del género humano; la unión hace la fuerza, se dice. Pero nos damos el lujo de la división, el conflicto, la polarización, tal vez ganemos por un momento algo, pero perdemos en humanidad. Así como lo ha expresado el Papa Francisco frente a los migrantes ahogados en el mar mediterráneo: es el naufragio de la civilización.










