– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO II ORDINARIO
Jn 1, 35-42
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
14 de enero, 2024
El evangelio, de este domingo, nos sitúa al comienzo de la misión de Jesús, pero todavía no contada por san Marcos, que será el evangelista que nos conducirá a celebrar el misterio de Cristo durante este año. Se trata de san Juan que, al mismo tiempo, nos pone en el principio de la experiencia de fe de los primeros discípulos. Este texto, hace la conexión entre el tiempo de navidad que acabamos de celebrar, continuando con la manifestación al pueblo de Israel, del Hijo de Dios que ha nacido, y el tiempo ordinario, que inicia siempre con el anuncio del reino de Dios y la llamada de los primeros discípulos. San Juan, menos preocupado de la historicidad de los acontecimientos, nos narra su significado para la fe. En este texto que meditamos podemos reconocer la experiencia vital que hizo mucha gente en el encuentro con Jesucristo. Los demás evangelistas simplemente dan cuenta de una llamada con autoridad y una respuesta inmediata. San Juan nos narra el proceso de los los discípulos, desde el catecumenado vivido con el bautista hasta el movimiento misionero que se desencadenó después de la experiencia de Andrés y ¿Juan?
La fe es sobretodo un don, pero requiere de un proceso para que pueda ser descubierto y acogido. Tenemos a dos discípulos de Juan el Bautista, se trata de gente que tiene una cierta experiencia de Dios, el llamado de Jesús no surge de la nada sino que se da al interior de una búsqueda. Si algo queda claro del Bautista es que él simplemente aviva el deseo de Dios, no es el que lo puede saciar: “…he venido a bautizar con agua para que él fuera revelado a Israel”(Jn 1, 31). Es muy importante que haya testigos de las dimensiones absolutas de la verdad y la justicia, que aviven la sed de eternidad, que no se queden en sus visiones parciales de la vida. La grandeza del Bautista es que formó la actitud discipular en quienes se acercaban a él, los bajaba de su autosuficiencia, los sacaba de sus depresiones, les ayudaba enderezar el camino para que miraran lejos: “Todo valle será rellenado, toda montaña y colina serán aplastadas, los caminos torcidos serán enderezados…”(Lc 3, 5).
Formar discípulos es vislumbrarles un horizonte amplio desde el proyecto de Dios e indicar el camino a recorrer, superando toda pretensión de posesividad o manipulación. El gran servicio de los testigos de Dios es el de provocar el deseo insoportable de Dios y mostrar el camino a seguir, renunciando a adueñarse de nadie. Juan indicó con un título mesiánico al que es la plenitud de la revelación, al Cordero de Dios, que es un símbolo muy elocuente de la misericordia de Dios. Es poco probable que esta imagen la haya utilizado el Bautista, más bien parece un simbolismo muy importante de la espiritualidad de la comunidad del evangelista. Ciertamente contrasta con la presentación más amenazadora que hacen Mateo y Lucas, que es más de juicio(Mt 3, 11-12; cfr Lc 3, 9). Recordemos cómo en el libro del Apocalipsis, tiene un lugar central: “Vi entonces en medio del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos, un Cordero de pie con señales de haber sido degollado… y cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos ese postraron ante el Cordero… Cantaban un cántico nuevo que decía: Eres digno de recibir el libro y romper sus sellos, porque fuiste degollado…”(Ap 5, 6. 8-9). La conclusión de la historia se describe con las bodas del Cordero: “¡Ven! Te mostraré la novia, la esposa del Cordero”(Ap 21, 9). Esto significa el triunfo de Dios sobre la historia y de todos los que blanquearon su túnica en la sangre del Cordero: “Ya no habrá nada maldito. Será la ciudad del trono de Dios y del Cordero, en la que sus servidores le rendirán culto… Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará a sus habitantes, que reinarán por los siglos de los siglos”(Ap 22, 3. 5).
Sin duda dicha imagen debe de estar inspirada en el Cordero pascual de la liberación de la esclavitud en Equipo del pueblo de Israel. La sangre del Cordero significó la vida y la liberación de Israel, en la última plaga que cae sobre los egipcios: “El Señor pasará para castigar a los egipcios, pero cuando ve la sangre en el marco de la puerta, pasará de largo y no permitirá al exterminador entrar en sus casas para matar”(Ex 12, 23). Podemos suponer que está detrás la espiritualidad del Siervo de Yahvé: “Cuando era maltratado, él se sometía, y no habría su boca; con cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría su boca”(Is 53, 7). De esta manera, el evangelista, proclama su fe en el resucitado sin avergonzarse del crucificado. El Bautista inaugura los tiempos mesiánicos, no sólo es el profeta del “día de la cólera del Señor”(Is 61, 2), sino también el “año de gracia del Señor”(Lc 4, 19). Su mensaje preparará muy bien la llegada del que será el rostro misericordioso de Dios, que anunciará que “hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”(Lc 15, 7). Y en la cruz no se puede dejar de reconocer en Jesús al que “fue despreciado y rechazado por los hombres, al que llevaba nuestros sufrimientos y soportaba nuestros dolores”(Is 53, 3-4). Sólo la experiencia de la ternura y la misericordia de Dios puede dar razón de la radicalidad de su vida no basta la pura fuerza de voluntad. Sólo así podemos comprender que sea un maestro del discipulado, porque siempre vivió frente al que era más fuerte que él y no era digno de quitarle las sandalias(Mt 3, 11). Esto coincide con la fe más auténtica que confía plenamente en Dios y se siente interpelado por él. Desde el Bautista podemos comprender la importancia del testigo para que Jesucristo sea conocido y amado.
Los discípulos de Juan dan razón de su gran maestro en el encuentro con Jesús. La escena trasmite la admiración que Juan les había trasmitido hacia Jesús. La admiración supone el rompimiento de las seguridades con las que se gestiona la vida y dejarse desinstalar, es una experiencia de pobreza. Los pobres de espíritu(Mt 5, 3) son, sobre todo, los que viven el continuo peregrinar del discernimiento para abrirse a la Verdad. La sinodalidad nos ejercita en el discipulado. Ser discípulo es no tener donde reclinar la cabeza(Mt 8, 20). De algún modo, Juan, había hecho vivir las condiciones que pedirá Jesús a sus discípulos: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”(Mc 8, 34). El discipulado nuevo, el que enseñará Jesús, comienza con el Bautista. Se trata de un discipulado no donde el alumno elige, sino donde es elegido. El principal mérito del discípulo es que ha sido elegido, no son los conocimientos o habilidades que adquiera. El punto de partida no es el aprendizaje teórico, sino la toma de conciencia del don que ha recibido. Los discípulos de Juan caminan fascinados detrás de Jesús, esperan a ser invitados. La pregunta de Jesús lleva implícita la la invitación: ¡Sígueme!: “No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero”(Jn 15, 16). Esto es fundamental para no querer adueñarse del Maestro y de su enseñanza.
Ante la pregunta: “¿Qué buscan? saben responder con prontitud y lucidez: “¿Dónde vives Rabí?” Han pasado muy bien primera prueba, la de mostrar que saben que deben ser elegidos, que no se deben de apropiar de lo que no les sea dado de lo alto(Jn 3, 27). No se incomodan por que Jesús los pone del lado de los discípulos, con su pregunta, esa ha sido siempre su condición; sabían de antemano que “el discípulo no es mayor que su maestro…”(Mt 10, 24). Su maestro siempre se presentó como discípulo del que “se ha puesto delante de mí, porque él existía antes que yo”(Jn 1, 30). Para el discípulo es un honor sentirse tomado en cuenta, al ser invitado a ser protagonista de la aventura de caminar con Jesús, aunque sea con el reconocimiento de su ignorancia. Pero ahora, frente a la pregunta de Jesús, saben responder justamente como discípulos de la nueva alianza y no simplemente como curiosos, que quieren poner a prueba a Jesús, como tantas veces le sucedió con los escribas y fariseos, que le preguntaban cosas con la intención de encontrar motivos para acabar con él(mc 11, 28; Mc 12, 14. 23, 28). Es una pregunta que refleja el deseo de compartir la vida, su estilo, sus convicciones, sus prioridades. Están a la altura de dejarse atraer por el Padre hacia Jesús, de ser trabajados por el Espíritu para reconocerlo como Mesías, el Cordero de Dios(1 Cor 12, 3). La experiencia de fe no es enajenación, sino la provocación más radical a la libertad humana para que confíe sus heridas más profundas al que le ha demostrado su amor incondicional.










