– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXIX ORDINARIO (C)
– UNA SÚPLICA INSISTENTE
(Lc 18, 1-8)
19 de Octubre 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Así como el domingo pasado contemplábamos la fe como gratitud, ahora Lucas nos propone meditarla como oración. La característica común de las tres -fe, gratitud, oración- es que son estilos de vida, no se trata de simples acciones superficiales, sino de maneras de ser. La fe, ya nos dijo que no es cuantificable, sino que se tiene o no, se encuentra al nivel del ser no del hacer: “si tuvieran fe como un granito de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’ , y los obedecería”(Lc 17, 6). O se es creyente o no se es. La gratitud, también, es una postura total frente a la vida, o vivo en la alegría constante porque Alguien me regala la existencia: “en él vivimos, nos movemos y existimos”(Hech 17, 18), o en la amargura de no recibir lo que merezco. En el caso de la oración, Lucas ya nos había dicho que el gran enemigo a vencer es la duda, la inconstancia, por eso: “”Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y Dios les abrirá”(Lc 11, 9). La perseverancia es la credencial de identidad de una manera de ser. Todo lo que es de verdad actuará en consecuencia siempre, y no, a veces sí, a veces no.
Vivimos en la cultura del fragmento: “También se ha hecho difícil percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la información que recolectamos… Cuando las personas perciben esta fragmentación y limitación, suelen sentirse frustradas, ansiosas, angustiadas”(DA, 36). Así, las personalidades son sólo suma de actividades sin interés por constituir una identidad profunda que tome responsabilidad de sus actos. Frente a esto, Jesús propone la tenacidad de una viuda, que logra que un juez inicuo le haga justicia. El caos, representado por la injusticia que sufre esta mujer es vencido por la coherencia hecha de fe y esperanza de aquella viuda. Lo que dignifica es el ejercicio de la libertad que va a la búsqueda de sí mismo, es una obediencia al proyecto original(ser) que hace posible el libre albedrío. La fe y la oración son fuente de alegría en el ejercicio de la unidad de nuestro ser.
La fe y la oración son el antídoto contra la dispersión de la vida. Saber lidiar con la rutina de la vida, que consiste en hacer una cosa, una y otra vez, depende de las convicciones que se tengan. En la repetibilidad podemos perder el rumbo y el sentido de las cosas y, por lo tanto, desanimarnos de continuar. Una convicción es saber lo que estoy haciendo, por qué lo hago y estoy dispuesto a afrontar las consecuencias. En el evangelio Jesús nos habla de una mujer “que acudía con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario”(Lc 18, 3). Ese “acudir con frecuencia” da razón de un fundamento sólido dede el cual actúa esta mujer. Vivimos en una cultura nihilista donde el mito de Sísifo retrata bien esta situación: este personaje fue condenado a subir una piedra a una montaña, pero una vez en la cima, la piedra era arrojada nuevamente al abismo, donde comenzaba nuevamente la aventura de volverla a subir. ¿Para qué construir principios, proyectos, valores, verdades condenados a desaparecer y ser reemplazados por otros? ¿Para qué pedir justicia si todo es relativo, no existen ni la justicia ni la injusticia como tal?
El juez inicuo es un buen retrato del mundo hostil en que vivimos. Representa muy bien las amenazas que sufre la vida y la dignidad de las personas. En él podemos proyectar toda la maldad que describen diferentes documentos del magisterio. Por ejemplo, las malas noticias que nos describe la Síntesis Sinodal: “los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, el llanto de las madres, los sueños rotos de tantos jóvenes, los refugiados que afrontan viajes terribles, las víctimas del cambio climático y de las injusticias sociales”(Síntesis Sinodal, 2). Esto como “botón de muestra de las amenazas que sufren los pobres de la tierra. Al invitarnos a ser peregrinos de esperanza, al comienzo del Año jubilar, el Papa Francisco nos decía que hay una pérdida en el deseo de transmitir la vida, “a causa de los ritmos frenéticos de la vida, de los temores ante el futuro, de la falta de garantías laborales y tutelas sociales adecuadas, de modelos sociales cuya agenda está dictada por la búsqueda de beneficios más que por el cuidado de las relaciones”(Spes non confundit, 9). “Encontramos cada día personas pobres o empobrecidas que a veces pueden ser nuestros vecinos. A menudo no tienen una vivienda, ni la comida suficiente para cada jornada. Sufren la exclusión y la indiferencia de muchos. Es escandaloso que, en un mundo dotado de enormes recursos, destinados en gran parte a los armamentos, los pobres sean la mayor parte…”(Spes non confundit, 15)
Frente a la iniquidad del mundo, la fe y la oración nos ofrecen sostenernos en una actitud digna para defender nuestra causa. Frecuentemente la justicia no procede del exterior, sino de la manera como nos conduzcamos frente a los problemas. San Lucas nos describe un escenario muy difícil, casi imposible para la causa de la justicia. La representa con una mujer viuda enfrentando a un juez insensible. Sabemos la situación de la mujer en los tiempos de Jesús. Además era viuda, no contaba con el amparo de un varón. Difícilmente podía encontrarse a una mujer defendiendo sus derechos. Tal vez sólo exista en esta parábola. Se trata de una buena representación de la suerte que corre la causa del bien y la justicia frente a las fuerzas del mal. Aparentemente es desproporcionada la superioridad de la causa del mal sobre el bien.
Se trata de un buen testimonio de nuestra fe pascual, que se funda en el triunfo de Cristo sobre la muerte. Esta viuda encarna muy bien la forma como Cristo vencerá a la muerte. Jesús enfrentó muchos jueces inicuos, que vomitan sobre él todo su veneno de muerte, calumnias, violencia, capricho, poder arbitrario. Jesucristo contaba sólo con su palabra de verdad y su amor al mundo. Rechazó la violencia y la arrogancia para defender la sagrada causa de la justicia, que consistió en liberar a la humanidad del príncipe de las tinieblas. Esto está muy en consonancia con las enseñanzas de Jesús sobre la misericordia y el perdón: “…amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian”(Lc 6, 27).
San Pablo nos da la pauta que siguió la Iglesia, siguiendo el testimonio de Jesús: anunciar, a tiempo y a destiempo, el evangelio de Jesucristo. Habrá que poner en práctica todas las metodologías que se proponen para la paz en nuestro tiempo, pero sin descuidar e anuncio de Jesucristo, del que nos da testimonio la Escritura: “Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para edificar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena”(2 Tim 3, 16-17). Evangelizar es la respuesta de la Iglesia a todos los males que aquejan al mundo. Por ello, en este domingo, toma conciencia de lo que es su dicha e identidad profunda: evangelizar, a tiempo y a destiempo. Como la mujer del evangelio, debe salir al encuentro de este mundo corrompido “frecuentemente”: “convence, reprende y exhorta, con toda paciencia y sabiduría”(2 Tim 4, 2). Si no hacemos esto todas las demás metodologías serán en vano.
No es casualidad que la fe/oración la exponga Jesús en el trasfondo de la lucha por la justicia. No deja de ser una experiencia muy íntima, como nos lo enseñó en la oración del Padrenuestro(Lc 11, 2-4), con su correspondiente explicación, insistiendo, también, en la perseverancia. La oración es gozar el amor de Dios nuestro Padre, que nos recrea como Hijos, por medio de su Espíritu Santo. Ahora, en el texto que meditamos resalta el carácter profundamente profético de la oración. Se trata de permitir al Espíritu que encarne la radicalidad del proyecto del reino en nuestra vida. Esto no es posible sino sufriendo la inadecuación con el orden establecido, como lo sufre la mujer de la parábola. La oración de Moisés en el trasfondo del combate de Israel contra los amalecitas, nos da a entender que el combate por excelencia es la oración. La oración nos permite combatir la causa de Jesús, estrictamente. Siempre la oración deberá ser una lucha contra los criterio de este mundo que “menosprecian a Dios y no respetan a los hombres”. Jesucristo nos comparte la fe que sostiene su oración profética, su forma de vivir y de comunicarse con Dios. Es la fe que aprendió de los pobres de Yahvé: “Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías”(Lc 1, 52-53). Es la fe de María y de muchas mujeres representadas ahora por esta viuda. La misma forma de hablar, en parábolas, por parte de Jesús es un profundo acto de fe lleno de confianza, que anuncia el triunfo del reinado de Dios sobre el mundo.









