– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVI ORDINARIO
Lc. 16, 19-31
28 de septiembre 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
En este pasaje Jesús presenta el misterio de la salvación en un lenguaje muy querido por Lucas: la riqueza es condenación y la pobreza salvación: “Dichosos los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios… ¡Ay de ustedes, lo ricos, porque han recibido su consuelo!”(Lc 6, 20. 24). Claro que son dos conceptos que no deben tomarse a la ligera, sino en toda su densidad teológica. A pesar de que Lucas le da mucha importancia a la pobreza material, este pasaje nos hace pensar en la pobreza espiritual, es decir la actitud del que pone toda su confianza en Dios: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será como un árbol plantado junto al agua.”(Jer 17, 7-8). Existe una relación profunda entre riqueza(autosuficiencia) y pobreza material. La pobreza social no es casualidad, sino que es consecuencia de la ambición de unos cuantos. Ambos término nos lleva al descarte, uno de Dios y el otro del hombre. Podemos leer esta parábola como la implicación de Dios en la suerte del pobre. Sucede aquello de que “se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres… se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”(Flp 2, 7-8). Pero también se puede interpretar desde las palabras de san Juan: “Vino a los suyos y los suyos no la recibieron”(Jn 1, 11). Lázaro es Jesucristo y es todo pobre excluido de la fiesta de la vida. La riqueza de la que habla san Lucas es rechazo de Dios y del hombre.
Lucas hace una descripción muy cruda de Lázaro: “Y un mendigo llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas”(Lc 16, 20-21). Me parece que podemos contemplar ahí la originalidad de Dios que quiso habitar en medio de nosotros. Se trata del misterio del pesebre, de la cruz y de la eucaristía. No vino de cualquier manera, sino que vino a solidarizarse con el nivel más miserable de la carne humana. Desde su nacimiento llegó a ser el varón de dolores del cual se aparta la mirada: “Creció en presencia del Señor como un retoño, como raíz en tierra árida; sin forma ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores, acostumbrado al sufrimiento,…”(Is 53, 2-3). Esto nos hace pensar en el despojo del pesebre, su pobreza, pero también en la obediencia hasta la cruz. Pero si queremos algo más explícito escuchemos: “Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones y quebrantado por nuestros crímenes”(Is 53, 5). Y toda la salud que nos trae su “castigo” nos la apropiamos en el alimento de su cuerpo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día”(Jn 6, 56).
En Jesucristo Dios ha asociado su suerte a la de la humanidad: “El que a ustedes recibe, a mí me recibe, y el que me recibe a mí , recibe al que me envió”(Mt 10, 40). Esto es la más buena noticia que ha existido. Dios está con nosotros ha venido a caminar en medio de nosotros, no se avergonzó de llamarnos hermanos: “Porque ciertamente no ha venido en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de la raza de Abrahán. Por eso tenía que ser hecho en todo semejante a sus hermanos para llegar a ser un sumo sacerdote misericordioso y digno de confianza en las cosas de Dios…”(Heb 2, 17). Pero también de aquí surge la denuncia más severa que se puede hacer contra cualquier personas: la indiferencia frente al sufrimiento humano. Esta actitud hace que la omisión llegue a ser un pecado como la peor acción contra los hermanos. La omisión es el más grave de los pecados. Habremos escuchado decir de algún gran predicador que el problema del mundo no son tanto las injusticias, sino la apatía que existe frente al sufrimiento humano, la globalización de la indiferencia, decía el Papa Francisco.
La indiferencia es la autodegradación más perversa que pueda sufrir el ser humano. Hay muchas humillaciones que no están en nuestras manos, pero desfigurar nuestra belleza interior con nuestro egoísmo es casi diabólico. La descripción tan elocuente de Lucas de aquel espectáculo deplorable, es casi un grito ensordecedor. ¿Cómo se puede llegar a una sordera tal, a tal grado de no escuchar el clamor de los pobres, ni del reino que pugna desde la Palabra de Dios? Perder la capacidad de empatía es tener una existencia vegetal, porque ni los animales dejan de reaccionar frente al dolor. La identidad del ser humano, su esencia es el ser para los demás. La indiferencia es contra natura.
La pobreza no es sólo un problema social, sino teológico, denuncia no sólo la avaricia, sino la idolatría, el desprecio de Dios. En nuestro tiempo se es más sensible a la injusticia, pero al creyente le preocupa, también, que sea un pecado que atente contra Dios en cuanto toca lo más profundo de sus entrañas. Aparentemente el creyente no le da la debida importancia a la injusticia por honrar a su Dios, pero creemos que no hay indignación más eficaz que el reproche de Dios contra la pasividad frente al sufrimiento humano: “Canturrean al son del arpa, creyendo cantar como David. Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos… Por eso irán al destierro….”(Am 6, 5-6). Parece ser esta una actitud más justa ante la desgracia de muchos hermanos. Tratar su desgracia como mera injusticia se presta a que se contamine la causa de otros intereses: vanidad, protagonismo, ambición, etc. Es cierto que, también, la causa del pobre vivida desde Dios se ha llenado de incoherencias.
Desde la estratégica salvífica de Dios, que se ha revelado en Jesucristo, la causa de los pobres es muy seria, es sagrada: “”Derribó e sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada”(Lc 1, 52-53). La causa de los pobres ha sido muy manipulada a lo largo de los años, o se ha idealizado mucho, lo cual ha conducido a pura apariencia, usar a los pobres para promover proyectos personales, la propia imagen. Pero, también, en ocasiones, se ha reducido al nivel social o político, donde ingenuamente se alienta la violencia, tumbar a los ricos para reivindicar a los pobres. Estos extremos han contaminado la causa desde siempre. El problema de la injusticia social es el gran problema del mundo, sobre todo del llamado “tercer mundo”. Parece que ha sido el problema de todos los tiempos, también en los de Lucas, lo cual explica que trate de entender a Jesucristo desde los pobres.
Desde siempre se ha sabido que los pobres son los preferidos de Dios. Los discípulos de Jesús han honrado este amor de Dios a través de muchas obras caritativas hacia enfermos, huérfanos, ancianos, desamparados. De un tiempo para acá, tal vez poco más de un siglo, ha comenzado una reflexión más crítica sobre la forma de atender a los pobres por parte de la iglesia. Si al interior de la Iglesia siempre han existido voces críticas, desde el exterior comenzaron a llegar cuestionamientos fuertes sobre lo que se llamaría el asistencialismo de la Iglesia y la ubicaban como una aliada del sistema predominante. Cuando se comenzó a sentir la necesidad de cambios estructurales en la organización de las sociedades para superar de raíz las causas de la pobreza, se comenzó a denunciar al mensaje cristiano como un “opio del pueblo”, que indirectamente colaboraba con los poderes económicos y políticos. Sabemos que siempre han existido posturas proféticas desde la iglesia hacia el orden injusto de las sociedades, pero en general muchas veces se ha visto a la Iglesia como cómplice del poder.
Movida por el evangelio y por los acontecimientos la Iglesia fue madurando su discurso sobre la evangelización integral, desde la que se debe ayudar a las personas a tomar conciencia a ser protagonista de su propio desarrollo y promover los cambios estructurales necesarios para cumplir con la misión que Dios le ha encordando: “Entre evangelización y promoción humana -desarrollo, liberación- existen efectivamente lazos muy fuerte. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a problemas sociales y económicos… no es posible aceptar que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremamente graves, que atañen a la justicia,…”(EN, 31).
Pareciera que en el mundo entero se han soltado vientos de cambio en favor de la reivindicación de los pobres de la tierra y aquí mismo en nuestro país. Creo que los discípulos de Cristo debemos acompañar esos procesos de cambio, para ayudar a discernir que no sea pura manipulación, pero sin estorbar lo legítimo de estos deseos que frecuentemente vienen acompañados de ambigüedades y contradicciones. Siempre han sido así los grandes cambios de los pueblos y de la humanidad. No siempre hemos sabido estar a la altura de los acontecimientos.










