– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVI ORDINARIO.
Mt 21, 28-32
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
1 de octubre, 2023
La parábola de los dos hijos nos recuerda las palabras de Simeón, según la cual Jesús “hará que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signos de contradicción…(Lc 1, 34), porque ha venido para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos(Jn 9, 41), para declarar que derriba del trono a los poderos y enaltece a los humildes(Lc 1, 52). Esto sucedió durante toda la misión de Jesús, pero hacia el final se dejará sentir con mayor fuerza en su confrontación con las autoridades religiosas, que lo conducirá a la muerte. En su última subida a Jerusalén, adoptará, con más claridad, un lenguaje profético contra el culto vacío que se practicaba en el templo y la hipocresía de quienes lidereaban aquella farsa: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que cierran a los demás la puerta del reino de los cielos! Ustedes no entran, y los que quieren entrar, no los dejan”(Mt 23, 13). La expulsión de los mercaderes del templo, con la que había ingresado a Jerusalén(Mt 21, 12-17), será el principio del fin porque es la denuncia más elocuente contra un pueblo que honra a Dios sólo con los labios, pero que su corazón está lejos de él(Mt 15, 8), que dice que sí en toda su apariencia religiosa(ayuno, oración, limosna), pero que está reprobado en justicia y santidad.
La nota común que define a toda aquella camarilla de líderes religiosos es la hipocresía(Mt 23, 13-33), son “guías ciegos”(Mt 23, 16), “sepulcros blanqueados”, “asesinos”(Mt 23, 30). Son una “raza de víboras”, “responsables de toda la sangre inocente derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías”(Mt 23,33- 35). Jesús llega hasta las últimas consecuencias de las contradicciones que se dan entre la apariencia y las verdaderas intenciones, hacen correr sangre. Por activa o por pasiva la simulación de la justicia significa la muerte del inocente. Lo que llevará a Jesús a la muerte será una “cueva de intereses” que se defenderán en nombre de Dios.
Habrá que tener cuidado de no quedarnos en la sola condenación de los maestros de la ley y fariseos, y consolarnos pensando que ya no existen. Si bien, la hipocresía, la incoherencia, el ser aparentes tuvo una expresión diabólica en las autoridades judías, es una actitud que ha amenazado siempre la obra de Dios, más aún, es la peor amenaza de la actitud religiosa de todos los tiempos, es como un cáncer en la relación con Dios. La experiencia de fe es la dinámica integradora más fuerte que existe, precisamente porque su centro no está en el mismo hombre, sino en Otro. Su esencia es la radical dependencia de Otro. Simular que vivimos este dinamismo es la mayor mentira que existe. La tentación de usar a Dios para provecho propio siempre ha existido. Es extraño cómo nos atraen las simbologías del bien, pero luego no las honramos con nuestra conducta: buena imagen, tradiciones religiosas, hermosas liturgias, instituciones de servicio, elegantes discursos, pero que al final son “pieles de oveja” en los que se ocultan “lobos rapaces”. Tal vez la intención sea ser siempre íntegros, pero de nada sirve si siempre se es perverso. La desconfianza generalizada que vivimos se debe, en gran parte, a la manipulación del bien y del Bien. A tanto defraudar la justicia y la verdad, terminamos por ser incrédulos de todo. El gran pecado de la fe sigue siendo el divorcio con la vida que hacemos los creyentes.
Con la parábola de los dos hijos, Jesús, va a la raíz de la actitud religiosa que vive aquel pueblo, sobre todo sus líderes. Podemos interpretar al hijo que dijo que sí, y hasta con elegancia porque le dice: ‘Ya voy señor’, como superficialidad interesada en el reconocimiento de los demás: “¿cómo van a creer ustedes, si lo que les preocupa es recibir gloria unos de los otros y nos interesan por la verdadera gloria que viene del Dios único?(Jn 6, 44). Su diagnóstico es fatal, no hay buen espíritu, están llenos de “mundanidad espiritual”, haciendo ostentación de largos rezos en realidad les interesan los bienes de las viudas(Mc 12, 40); “recorren mar y tierra para ganar un adepto, y cuando lo logran lo hacen más digno de condenación que ellos mismos”(Mt 23, 15). Ahora, con la capacidad que tenían de “colar el mosquito y tragarse el camello”(Mt 23, 24), cuestionan a Jesús acerca de su autoridad para hacer todo aquello que estaba haciendo. Estaban tan ofuscados con la manera de proceder de Jesús que “están viendo la pelusa en el ojo ajeno sin ver la viga que traen en el suyo”(Mt 7, 3). Ellos sabían de poder, Jesucristo era un experto en autoridad. La autoridad tiene que ver con la coherencia de vida, con la capacidad de guiarse a sí mismo de acuerdo con los principios que marca la propia identidad. La identidad es la correspondencia entre lo que somos y lo que debemos ser. La autoridad que se admiraba en Jesús es que se cumplía lo que decía: “Y aquellos hombres, maravillados, se preguntaban: ¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen”(Mt 8, 27). Sin darse cuenta estos hombres se metieron en un tema donde ellos eran unos viles ignorantes y Jesús un “viejo lobo de mar”.
Los escribas y fariseos preguntan por el fundamento de toda actuación, intentan parecer profundos, pero ellos eran superficiales, aparentes. Ellos están preguntando, seguramente, por una estructura humana que diera prestigio, un grupo reconocido, alguna escuela de estudio de la ley, su relación con el templo, su observancia de la ley, etc. Tenían una visión pragmática de la autoridad: dinero, fama, influencias, poder político, fuerza. Jesús conoce el fundamento último de todo poder sobre la tierra, el del procurador y el del emperador: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto…”(Jn 19, 11). Sabe que la autoridad procede de estar en sintonía con la voluntad de Dios: “Yo les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta; él hace únicamente lo que ve hacer al Padre…”(Jn 5, 19). Si no se pone la autoridad en la docilidad al Espíritu de Dios, es como construir sobre arena, “cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, chocaron contra la casa, y ésta se derrumbó”.(Mt 7, 27). Esto sucede al que construye sobre tradiciones humanas, que no sacian el corazón y lo acostumbran al autoengaño para saciar su necesidad de afecto. El problema de no alimentarse de la sabia del Espíritu es la esterilidad.
Entre el episodio del templo y la parábola de los dos hijos, Jesús, se indigna contra una higuera que no tenía frutos. No parece casualidad que se narre este episodio entre la “purificación del templo(Mt 21, 12- 17) y las parábolas de los dos hijos y los viñadores asesinos(Mt 21, 28- 46). Es imposible no pensar que se trata de la esterilidad de la religión judía de aquel tiempo. Esto será una clave para interpretar todas las confrontaciones que Jesús tendrá con las autoridades, y que se cumplirán en la falta del fruto principal que es la fe en Jesucristo: “Mi Padre recibe gloria cuando producen fruto en abundancia, y se manifiestan como discípulos míos”(Jn 15, 8). En última instancia, el hijo que dijo que sí y no fue a trabajar a la viña se refiere a quienes rechazaron a Jesús habiendo conocido la ley y los profetas(Jn 5, 39-40). Obviamente que se refiere a una fe que se concretiza en el amor al Prójimo.
Podemos traducir el divorcio entre la respuesta y la conducta del primer hijo, para nuestro tiempo, con la forma de relacionarnos con Dios por medio de cantos y rezos muy emotivos que se deshacen en alabanzas a Dios, o conocimientos doctrinales muy precisos, pero que no dan los frutos de “los mismos sentimientos que tuvo Cristo. El cual “siendo Dios no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres…”(Flp 2, 6-7), como nos lo enseña san Pablo en este domingo. O, que no producen misericordia ni temor de Dios. ¿Por qué este afán de simular? Prometemos personalmente o institucionalmente pertenecer a una causa justa y honesta, pero siempre estamos buscando la forma de hacer trampa, regateando la generosidad.
Mateo está terminando como comenzó, denunciando la religión mecánica, pragmática, superficial y, por lo tanto estéril. Comienza cuestionando la religión dogmática y ritualista que se asemeja más a una sabiduría humana, para ungirla con el Espíritu de Dios, que pone horizontes infinitos a la relación con Dios: “Han oído que se dijo a nuestros antepasados: No matarás; y el que mate será llevado al juicio. Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano será llevado a Juicio…”(Mt 5, 21-22). Todas las curaciones que lleva a cabo Jesús llevarán implícita una denuncia al sistema de creencias imperante: “¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados quedan perdonados; o decir: Levántate y camina?…”(Mt 9, 5).










