– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXVII ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
6 de octubre, 2024
Jesús ha comenzado a enseñar a sus discípulos de una manera íntima, “no quería que nadie lo supiera, porque estaba dedicado a instruir a sus discípulos”(Mc 9, 30). En ese tono hace el segundo anuncio de la pasión. Esa misma decisión había tomado cuando hizo el primer anuncio de su pasión y resurrección, los saca aparte y provoca ese diálogo profundo sobre su identidad(Mc 8, 27). Parece que se trata de un tiempo de definición, de hablar con toda verdad, de ver quién está y quién no está con Jesús(Mc 9, 40). En esa misma actitud estará la enseñanza sobre el servicio y quién es el más importante en reino de Dios(Mc 9, 36-37; 10, 13-15). En este contexto, de poner las cosas muy en claro, es que Jesús habla del matrimonio y la carta de repudio hacia la mujer, pero también el tema de las riquezas. Serán dos temas desde los que Jesús quiere mostrar la radicalidad de su propuesta. Antes que una enseñanza de moral social o matrimonial son la invitación a una experiencia profunda de Dios. Serían muy desalentadoras las dos enseñanzas si no tenemos un encuentro con el Dios de Jesucristo. Recordemos como san Pablo lo ha llamado “gran misterio” es este, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia”(Ef 5, 32). Agradezcamos el amor glorioso, saludable que resplandece en muchos matrimonio y tratemos de sanar el amor herido.
En el caso del matrimonio, que hoy meditamos, está primero el anuncio del Dios fiel para siempre. Será lo exclusivo, lo absoluto, lo desinteresado, lo gozoso, lo pleno, que llega a ser esta relación a momentos lo que le atrae la dignidad de representar el amor de Dios por la humanidad. Pero también lo son los ejemplos de matrimonios que permanecen fieles y enamorados hasta la muerte y un poco más allá. Con muchas limitaciones el amor de los esposos nos alcanza a contar la historia del amor nupcial de Dios para nosotros: “Por eso yo la seduciré; la llevaré al desierto y le hablaré al corazón… Aquel día, oráculo del Señor, me llamarás ‘Mi marido’ y no me llamarás ‘Mi propietario’”(Os 2, 16.18). Tal vez, este pasaje del evangelio, sea primero una invitación a la experiencia mística que hicieron algunos santos y que la describen como una alianza nupcial entre el “alma” y Dios. No nos es ajeno el texto del Cantar de los cantares que saborea santa Teresa de Ávila: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado; él pastorea entre azucenas. Regresa amado mío, antes que sople la brisa del día y huyan las sombras”(Cent 2, 16-17).
Me parece sea válida esta interpretación espiritual antes de sacar conclusiones prácticas y de denunciar el estado que guarda la institución matrimonial, actualmente en crisis, considerando que Jesús está queriendo dar su espíritu a aquellos desconcertados discípulos, para que lo reciban plenamente después de la resurrección. En este mismo ambiente de exclusividad discipular les regaló a Pedro, Santiago y Juan la experiencia de la transfiguración, un llegar a ser “uno solo con Jesús”, para regocijare en el proyecto del amor del Padre que exige la renuncia total de sí mismo. Dios ha “sacramentalizado” el matrimonio haciéndolo más que un ejemplo de su infinita misericordia, un signo de su amor por nosotros. El amor de Dios es una amor encarnado en una historia de salvación, en un pueblo, en la persona de Jesucristo. Esto es quizás lo más escandaloso de la revelación de Jesús, la mediación de su carne humillada.
Así las cosas, Jesús pasará a denunciar el pragmatismo deshumanizador al que siempre conduce el no considerar el proyecto de Dios sobre el matrimonio, que por ahora Jesús busca en el principio. Vistas las cosas desde Dios queda al descubierto la gran injusticia que se comete hacia la mujer que siempre es la adultera, la impura, la pecadora, la repudiada. Si el negocio y lo intereses corrompen el amor se destruye la raíz de la existencia humana. No podemos ocultar todo el sufrimiento que causan las infidelidades, la violencia intrafamiliar, el machismo, el abuso sexual, etc. Mucha de la violencia existente comienza en los “santuarios del amor y la vida”, las familias. Tiene razón los que dicen que sanando estas células básicas de la sociedad se sanaría casi Todo.
Desde la cruz de Jesús, Dios nuestro Padre, continua diciendo: “Aunque las montañas cambien de lugar y se derrumben las colinas, mi amor por ti no cambiará ni se derrumbará mi alianza de paz…”(Is 54, 10). O aquello otro de, “aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, yo nunca me olvidará de ti. ¡Mira, te llevo tatuada en las palmas de mis manos!(Is 49,15-16). Del amor verdadero que lleva hasta la humillación de sí mismo sólo Dios sabe: “¿Cómo voy a dejarte, Efraín, cómo entregarte, Israel? ¡Ah! Mi corazón se conmueve, mis entrañas se estremecen. No actuaré según el ardor de mi ira, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti”(Os 11, 8-9). El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. Este amor Dios Yahvé lo expresará, precisamente, con la imagen del matrimonio: “Ya no te llamarán abandonada ni a tuviera devastada, a ti te llamarán mi favorita y a tu tierra desposada, porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá marido”(Is 62, 4)
Esto será clave para comprender todas las enseñanzas de Jesús sobre el amor, que hoy nos propone el texto del evangelio. Primeramente, cuando habla del amor fiel se está refiriendo a la manera de ser de Dios, antes de hacerse muchas ilusiones de nosotros. Frente a la pregunta de la posibilidad de repudiar a la mujer, Jesús va más allá de la práctica ordinaria, busca en la intención del creador del hombre y la mujer y del matrimonio. Desde ahí comprende y cuestiona la práctica ordinaria. Claro que es un anuncio que nos compromete, porque primero es un don, que si comprendemos deberemos de practicar: “…para que así sean en verdad hijos de su padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos”(Mt 5, 45). Desde el Dios amor, Jesús, invita a amar a los enemigos y a orar por quienes nos persiguen: “Porque si ustedes aman solo a quienes los que los aman ¿qué recompensa merecen?(Mt 5, 46).
De otro modo cómo entender las desconcertantes enseñanzas de Jesús sobre la no violencia: “no hagan resistencia al hombre malvado; al contrario, a cualquiera que te de una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que te pida el manto, cédele también la túnica…”(Mt 5, 39-40). Son enseñanzas muy duras pero que seducen el corazón porque intuye en lo profundo de ellas una gran libertad frente a una de las fuerzas más destructivas de la convivencia humana: el odio, al igual que un deseo profundo de una bondad y una paz que trascienda todo deseo de venganza, sintiéndose, al mismo tiempo, incapaz de poder acoger este maravilloso don. Lo mismo puede suceder con las palabras de Jesús sobre el amor a los pobres: “Cuando ofrezcas un banquete, no invites a tus amigos, hermanos, familiares o vecinos ricos… invita a los pobres, a los inválidos, a los lisiados, a los ciegos. Entonces serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte…(Lc 14, 12-14).
En Jesucristo se revela el amor de “agape”, que es un amor que se ocupa y preocupa del otro. Ya no busca, simplemente, beberse la belleza o la bondad del otro para embriagarse de felicidad, sino que antepone al otro sobre sí mismo, está dispuesto a la renuncia, al sacrifico propio. Este amor busca la permanencia, porque tiende a las realidades definitivas, tiende a la eternidad. Algo de razón tenían los griegos cuando hablaban del amor como experiencia divina, que elevaban la humilde y rutinaria condición humana. Sólo que ellos buscaban la máxima experiencia del amor por medio del amor carnal. De ahí la prostitución sagrada. Jesucristo con su respuesta hoy en el evangelio: -“lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”- y, sobre todo, con su entrega en la cruz, nos va a revelar que el amor de los esposos implica unidad(sólo esta persona) e indisolubilidad(para siempre). De ahí le viene la gran dignidad al matrimonio de ser sacramento, de ser testigo del amor que salva al mundo.
Visto como sacramento del amor de Dios por su pueblo, el matrimonio, no parece tan descabella su indisolubilidad. Si el matrimonio se pudiera disolver entonces Dios no nos ama incondicionalmente y para siempre. Sólo existiría el amor que se puede comprar y vender, sería cierto absolutamente lo que se dice, que “no hay amor sin interés”. Y si el amor se puede negociar se perdería la razón fundamental de la existencia humana, no habría lugar para la gratuidad, la donación, el misterio, la creatividad, seríamos los más desdichados de toda la creación(1 Cor 15, 19).










