SERVIR LA FORMACIÓN EN ODRES NUEVOS
Con ocasión de la renovación del compromiso en el Prado en el 50 aniversario de la ordenación del P. Emilio Zaragoza.
X. Xulio Rodríguez.
Introducción
La Formación es en sí y por sí misma permanente. Es algo que está en continua gestación y que nunca se termina de hacer. Es, pues, una tarea constante, como expresa el mismo Pablo en su misión apostólica: ¡Hijitos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gal 4,19). La formación engendra la persona con una nueva identidad, la de Jesucristo: Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús (1 Cor 4,15). El misterio pascual es el centro de la Formación y toda la Formación Pradosiana se desarrolla en el dinamismo pascual. Tener los sentimientos de Jesucristo no significa simplemente imitarlo, sino llegar a descubrir la identidad de su misterio y descubrir en él nuestro propio Misterio.
Para el P. Chevrier la prioridad de la formación es algo muy claro, tanto en lo que toca a la obra de la Primera Comunión (Formación de catequistas) como a la Escuela Clerical (la formación de futuros sacerdotes). La comprensión y el ideal que A. Chevrier tiene de la formación puede resumirse en estas dos frases tan conocidas y citadas en el Prado: Conocer a Jesucristo es todo; el sacerdote es otro Jesucristo.
Las fuentes y documentos del Prado expresan también esta misma preocupación: “La vocación y la misión de la Asociación de los Sacerdotes del Prado exigen una formación específica para los miembros del Instituto” (Cons 73). “La Formación es un elemento constitutivo de nuestro ministerio y de nuestra vida pradosiana. En los nuevos contextos sociales, culturales y religiosos en que vivimos estamos llamados a actualizar la experiencia místico-misionera de A. Chevrier” (Doc. Final AG 2013).
Todo lo que acabamos de expresar forma parte del patrimonio y de la gracia recibidos. Este momento histórico que estamos viviendo y la programación nacida de la Asamblea General 2013 nos sitúan ante el reto de cultivar, renovar, recrear nuestra formación, que es un proceso continuo y permanente. Toda nuestra vida es en sí misma Formación ya que consiste en el engendramiento paciente de Jesucristo en nosotros por la gracia del Padre y el poder del Espíritu Santo.
1. Insertos en el corazón del mundo
La Iglesia hoy y también el Prado deben afrontar nuevos desafíos. Por esta razón los apóstoles y testigos de Jesucristo hoy han de cuidar de manera especial la formación para ir al encuentro del mundo de hoy y poder hacer la propuesta de la fe en un lenguaje inteligible al contexto sociocultural en el que se desenvuelve la vida y se está ejerciendo el ministerio apostólico.
El mundo occidental ha expulsado a Dios del entorno cultural y de la vida social. Dios se ha convertido, especialmente en Europa, en un extraño en nuestra casa. Sin embargo este Dios extraño es el Dios de la Escritura, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Es el Dios de Jesucristo que resulta siempre incómodo y sorprendente. Este es el gran desafío para la Iglesia hoy y para nuestra misión pastoral: Cómo recuperar el Dios que interpela, que sorprende, que entra en diálogo con la humanidad, que guía la historia. El Dios de Jesús está vivo y habla hoy. El que murió es el Dios-moral, el primer principio de la metafísica clásica. Pero para que este mensaje llegue a nuestro entorno cultural es necesario descodificar modelos, formas de expresión y de pensamiento que están muy arraigadas en nuestra sociedad: la secularización, la cultura del relativismo, la cultura de la imagen, un tipo de religión que oscila entre el sincretismo y el Fundamentalismo…
La posmodernidad se convirtió en el marco de referencia que estructura lo que se ha llamado el “pensamiento débil” y que modela la personalidad de un sector importante de la población en nuestro entorno. El mundo que aparece en las pantallas está configurando fuertemente la vida de las personas y de diferentes grupos sociales. Estamos en la globalización de la información. La comunicación de masas a través de la prensa, la televisión, el correo electrónico, el teléfono móvil… son hoy una verdadera invasión.
La cultura de la imagen puede ser comprendida como la era del vacío, de la superficialidad, de lo inmediato y del hedonismo. Reina hoy una gran confusión en torno a lo que se consideran los cimientos sobre los que se construye la persona y todo lo que existe. Vivimos en una época de hipocresía metafísica donde el ser es el aparecer, el fenómeno es el fundamento y la apariencia es la realidad. En esta comprensión cualquiera puede hacer oír su voz, pues no hay una palabra verdadera o falsa en sí. La verdad depende del punto de vista o simplemente de la opinión de cada uno. En este cuadro el eclecticismo y el pluralismo se convierten en la gran panacea y en el fundamento de la nueva sabiduría.
En este contexto no es nada fácil presentar a Jesucristo como la verdad absoluta: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). En muchos ambientes esta pretensión puede ser percibida como una agresión frente a otras comprensiones de la realidad y frente a la autonomía y a la libertad del ser humano, pues nada tiene un valor universal. Existe el gran riesgo de caer en un subjetivismo primordial. Las redes sociales con sus múltiples perfiles creados por el sujeto incitan y afirman una cultura imaginaria que lleva a la atrofia espiritual y al vacío del corazón. Hace ya casi veinte años Juan Pablo II advertía: “en este final de siglo tenemos el reto de saber realizar el paso, tan necesario y urgente, del fenómeno al fundamento. No basta quedar en la sola experiencia… La Palabra de Dios se refiere continuamente a lo que supera la experiencia e incluso el pensamiento del hombre” (F et R 83).
Otro gran desafío, marcado por la postmodernidad, es el mundo de las comunicaciones y de las nuevas tecnologías, que están configurando un estilo de vida y una personalidad fragmentarias, por un parte, y un ritmo de vida marcado por un activismo estresante por otra. Esto hace que muchísimos individuos estén acaparados y entretenidos por estos medios. De este modo no resulta fácil reservar espacios para la reflexión, el silencio y la conciencia del propio ser y de la propia identidad. Es una nueva forma de alienación.
Internet se ha convertido en un foro universal en el espacio global, en el que aparece casi todo. Todos los conocimientos están a disposición del público, los buenos y los malos. Por este medio se puede decir que estamos permanentemente conectados y enredados. Este tipo de comunicación excita el consumo por el intercambio de informaciones efímeras y pasajeras que se van marginando y borrando casi de forma inmediata, pues es imposible procesar todo lo que se recibe. De este modo cuando se habla de todo no se habla de nada, porque la invasión de mensajes y de voces impide la emergencia del silencio que es el único medio de que dispone la persona para encontrarse consigo misma. Nuestra sociedad teme y huye de este encuentro, por esto le pone tantos obstáculos. Sin el silencio, sin una cierta soledad non puede haber vida interior ni una verdadera significación de la Palabra. Por consiguiente la formación y la educación en la fe, el cuidado de la espiritualidad son un gran desafío a nuestro ministerio y a la misión evangelizadora de la Iglesia.
Nuestra formación apostólica necesita de muchos cuidados, pues el tiempo en el que estamos nos pide mucha atención y mucho aprendizaje para que el Evangelio pueda ser escuchado y acogido de tal manera que pueda echar raíces donde la indiferencia o la incredulidad están ganando terreno. No podemos conformarnos con repetir lo que hasta ahora hemos venido Haciendo.
Muchas de nuestras conversaciones y también las de muchos cristianos rezuman pesimismo y un cierto desánimo al ver cómo las iglesias se están despoblando o están frecuentadas casi únicamente por gente de edad ya avanzada. Se acostumbra a decir que hay que cambiar el lenguaje, cuidar la comunicación y la manera de transmitir la fe, acomodarse a los tiempos que estamos viviendo… Todo esto se ha de tener en cuenta, pero el problema es mucho más profundo y radical. La cuestión no está en un desfase del lenguaje ni tampoco estamos exclusivamente ante un problema de pedagogía o de hermenéutica de la fe en un contexto que exige la renovación del lenguaje (la modernidad) sino que nos encontramos ante un problema fundamental que afecta a la gramática de la fe (la postmodernidad). Dicho problema se encuentra en el ser humano y en el tejido social y cultural como presupuestos necesarios para la fe. No se trata tampoco de un problema del contenido objetivo de la fe, ni del anuncio explícito de la misma ni del testimonio sincero de los creyentes. El problema se sitúa sobre todo en el hombre de hoy que perdió la capacidad de escuchar y de interpretar, aunque potencialmente sigue siendo capaz de conocer y de abrirse a Dios.
Estamos ante una crisis de fe que nos exige buscar una nueva gramática de la fe desde la recuperación de sus elementos esenciales. No podemos olvidar que la gramática de la fe es el hombre. Es a él a quien hay que conquistar y a quien que entender en su lenguaje, en su constitución permanente e en sus códigos actuales y cambiantes para transmitirle la fe en su propio lenguaje y en su propia gramática.
Este es un gran reto para nosotros. La reacción más inmediata y espontánea es condenar y descalificar la cultura de la postmodernidad por los componentes negativos, por las insuficiencias y por los ataques a la fe. Pero no podemos olvidar el camino que escogió el Señor para hacer presente su Reino en el mundo: la encarnación. El asume la condición humana con sus contradicciones, la historia con todas sus ambigüedades trazando el camino para crear un mundo nuevo y un hombre nuevo. Este es, pues, el camino a seguir por la Iglesia y dentro de ella por el Prado que tiene en el misterio de la encarnación la fuente de su espiritualidad Apostólica.
A grandes rasgos tratamos de apuntar algunos trazos del contexto social y cultural de nuestro tiempo y su influencia en la vida de los cristianos y en la misión de la Iglesia. Este es el aire que respiramos y que, en alguna medida, nos va contagiando y va influyendo en muchas de nuestras acciones y reacciones.
2. En formación permanente
La formación es una prioridad y una tarea inaplazable. En sí misma la Formación es Permanente, es decir, es un proceso siempre abierto, en gestación e inacabado. El Espíritu Santo por la fe ha comenzado a formar a Jesucristo en nosotros y continúa formándolo después de la vocación bautismal, de la ordenación presbiteral y del compromiso pradosiano: “El proceso de la formación, que debe contribuir a hacer crecer una gracia especial al servicio de la evangelización de los pobres, se va realizando por etapas y jamás puede darse por concluido. Urgidos por el dinamismo de la Encarnación redentora, cada día tenemos que dejarnos transformar por el Espíritu en pan de vida para aquellos que tienen hombre de pan, de dignidad y de Dios. Así llegaremos a ser los sacramentos del Buen Pastor que, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” (DGF 8).
La formación es un itinerario de la asimilación progresiva de los sentimientos del Buen Pastor, que se preocupa de sus ovejas y quiere salvarlas. Por tanto la formación no es algo negociable u opcional sino una prioridad y una necesidad inaplazables, como nos recuerda Pastores Dabo Vobis: “La formación permanente es expresión y exigencia de la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser, que se realiza ante todo en la caridad pastoral” (PDV 70).
Todos somos muy conscientes de la prioridad de la formación que afecta a todos los campos y espacios de nuestra vida, pero también es verdad que somos hijos de nuestro tiempo y que se nos contagian ciertos aires y ciertos virus que se respiran en el ambiente, como acabamos de mostrar en el primer punto de esta reflexión. No estamos inmunes ni tenemos aún la vacuna que nos haga fuertes y firmes a las investidas de estas influencias. Ciertas manifestaciones de la postmodernidad corren el riesgo de instalarse en nuestro estilo de vida. Hay que estar muy atentos y siempre vigilantes.
Nuestra experiencia personal y pastoral nos hace sentir una cierta ruptura entre oración y acción, entre el tiempo dedicado a la formación y el tiempo destinado a la acción pastoral y a los encuentros con la gente. Esto mismo se percibe en los equipos del Prado cuando se comparte la vida. Aflora la dificultad de encontrar un equilibrio entre el tiempo necesario para el Estudio personal del Evangelio y las tareas de la formación o la preparación de los encuentros del equipo de base, por una parte, y la acumulación de trabajos y de preocupaciones de una vida pastoral cargada de muchas actividades, por otra. Tenemos el riesgo en nuestro subconsciente de caer en una trampa o de buscar razonamientos que justifiquen la falta de dedicación y de tiempo a lo que acostumbramos a llamar específicamente la formación porque nos acaparan las actividades pastorales. De este modo la formación vendría a ser un obstáculo para la acción pastoral. Para garantizar lo que es fundamental necesitamos una vigilancia y una ascética que salvaguarden la vida interior para hacer frente al ataque de una vida arrastrada por mil esfuerzos y por mil urgencias y compromisos. Esto nos exige renunciar al clericalismo y a reestructurar la invasión de los medios de comunicación social (hoy en el bolsillo). Es necesario redistribuir responsabilidades, ministerios y competencias en la comunidad cristiana, para que el presbítero pueda ocuparse de la oración y del ministerio de la Palabra. Al mismo tiempo se impone hacer enmudecer la desbordante invasión de comunicaciones y entretenimientos que nos viene encima en medidas descomunales por parte de los medios de comunicación, que hay que saber sintonizar con sabiduría y discernimiento.
Aún no hemos llegado a la meta. La formación es una carrera continua que necesita de entrenamiento diario, sabiendo que la meta es la configuración con Jesucristo en quien hemos puesto nuestra vida y nuestro corazón: sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, filos ojos en Jesús, el inicia y consuma la fe (Hb 12,1-2). Este es el espíritu y el talante de la formación que se realiza en la vida de cada día, en el ejercicio del ministerio que nos ha sido conferido y dado como gracia. Dos puntos hemos de considerar. El primero, poner los ojos en Jesucristo que lleva nuestra fe a la perfección. El segundo es nuestra colaboración en la carrera de la lucha contra el pecado secundando la acción de Cristo. Esto nos exige cultivar estas dos dimensiones de nuestra formación: la atención y la inteligencia. No son las únicas a cuidar, hay otras muchas que debemos trabajar, pero en el contexto actual estas dos pueden aportarnos algo muy importante al Prado y a la Iglesia. Quizás nos resulte sorprendente o extraño el cuidado de la inteligencia cuando el Señor busca preferentemente a los sencillos y a nosotros nos ha llamado para estar preferentemente entre los últimos, entre los pobres, los ignorantes y pecadores…
La atención: estar atentos
Analizando la etimología de esta palabra vemos que Ad expresa movimiento, algo dinámico. Tender expresa una tensión, es decir, una solicitud hacia algo que es importante y central para el sujeto. Atención (aguardar, tender) hasta llegar a captar su presencia o algunas señales de la Misma.
La atención nace de la certeza de encontrarse ante algo muy importante y de la voluntad de permanecer en contacto con este valor, de no perderlo, para que continúe dando sentido y verdad a la vida. Se trata de mantener la mirada fija sobre aquello que se ha esperado pacientemente y se ha buscado para tenerlo siempre presente y seguirlo buscando. El objeto de la atención es algo específico, admirado, no puede ser algo genérico o abstracto. La atención es siempre una atención dirigida, pues implica la elección de anteponer un punto de vista preciso desde el que se aborda y contempla la realidad. Para el creyente-discípulo este punto de vista es el misterio pascual, que se convierte en el criterio de lectura de una realidad que está llena de símbolos Pascuales.
La atención contribuye a que el sujeto alcance la unidad de vida y del amor dentro de sí mismo y pueda poseer aquella única pasión que el discípulo tiene en su corazón. Jesús lo expresa admirablemente en muchos momentos de su vida: el Calvario, Getsemaní, en Sicar ante la samaritana: mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra (Jn 4,34). A. Chevrier formula esto mismo con expresiones que nos resultan muy familiares: “Conocer a Jesucristo es todo”, “el sacerdote es otro Jesucristo”.
Estar atentos, cuidar la atención es un gran trabajo en nuestra formación. La falta de atención, el peligro enorme de las distracciones, la falta de pasión por Jesucristo y por la misión son una gran amenaza siempre. Como las vírgenes insensatas (Mt 25,1-13) podemos mostrar también una cierta falta de interés y síntomas de haber perdido nuestro centro. Hoy hay muchos apóstoles que son tan cumplidores como insignificantes, correctos en lo que hacen porque lo hacen por inercia, repitiendo siempre las mismas cosas sin ninguna fantasía. Es esta fantasía que nace de la tensión del amor la que los haría creativos. La atención nos pide que cuidemos la lectura y todo alimento espiritual, pues la lectura desordenada adormece el espíritu y lo incapacita para la reflexión, la concentración y también para la producción.
María, la hermana de Marta, es un bello ejemplo de lo que constituye la verdadera atención. Ella está centrada y absorbida en la escucha del Maestro. Eso es para ella lo único necesario. Todo apunta a un único centro, Jesús el Maestro. La atención, pues, es fundamental para la calidad de la vida espiritual; está en la base de la actitud contemplativa y orante. Solo un corazón atento puede dejarse conducir por el Espíritu, penetrar dentro de la Palabra y entrar en contacto orante con Dios. La atención es como la chispa o el motor de la inteligencia.
Consecuentemente la Formación Permanente es la mejor manera de cuidar de sí mismo y la forma más elevada de atender a Dios Padre, que reproduce en nosotros cada día los sentimientos del Hijo.
La inteligencia: ser inteligentes
Esta condición y esta dimensión de la Formación nos puede parecer algo extraño o fuera de lugar, pues la condición de ser inteligentes es algo que viene dado por la naturaleza y por las capacidades con las que cada uno está dotado. Como paso previo hemos de clarificar lo que quiere decir ser inteligente. No es lo mismo ser inteligente que ser intelectual. El ser inteligente no está asociado ni principal ni únicamente al mundo académico-científico, a títulos y grados universitarios, a escribir libros o a consagrarse a la investigación.
Inteligencia en su etimología, Intus legere, quiere decir leer allá dentro, en lo más profundo. La inteligencia es, pues, una capacidad o una cualidad de la lectura de la realidad que se encuentra en nosotros y a nuestro lado. Es una capacidad para hacer una lectura profunda de la realidad más allá de lo que de golpe parece evidente y convincente, pero también más allá de los propios temores, de las pre-comprensiones y modos superficiales de interpretar lo real, para poder llegar a los umbrales de misterio de la realidad considerada.
En este sentido se puede hablar de diversos tipos de inteligencia: teórica, intelectual, práctica, filosófica, escolar, emocional… Y existe también la inteligencia de la fe. Esta está constituida no solo por la capacidad de abstracción y de concentración, sino también por el corazón y los deseos, por el abandono y la confianza, por la apertura al misterio y la familiaridad con él. La fe es una forma de inteligencia (quizás la más elevada) que en ciertas dimensiones si sitúa en otro nivel y en otros parámetros que son muy diferentes de los que se aplican o se refieren a esta potencia que habita al ser humano. La inteligencia de la fe es accesible a todos, aún más, es indispensable para vivir en la verdad. Por esta razón la inteligencia de la fe puede y debe convertirse en objeto de formación… de formación permanente.
Todos tenemos la obligación de ser inteligentes en el sentido que acabamos de apuntar, pues la inteligencia es accesible a todos. De este modo ser inteligente no es solo un don de la naturaleza, sino que es el fruto del esfuerzo, de la disciplina (no solamente mental). Por esto mismo ser inteligente es un deber aún mayor para quien ha recibido el don de la fe, pues el creyente deberá mostrar que la fe expresa en el grado más elevado la inteligencia humana. La fe exige la inteligencia, pero también la provoca, la pone en crisis y la incita. Cultivar y alimentar la inteligencia de la fe es una aventura que nos permite vivir abiertos a la novedad del Espíritu, a ser conscientes de que la inteligencia es una cierta no-inteligencia ante lo que todos creen comprender. Quien es consciente de que no sabe ni comprende tiene necesidad de aprender, de formarse, de dejarse enseñar. Este es el primer paso o la primera condición para llegar a ser inteligentes, para formar nuestra mente creyente, siendo conscientes de que no comprendemos todo y aceptando situarnos humildemente a leer en el interior del misterio o de acercarnos a la puerta.
Como pastores tenemos el riesgo de creer que ya estamos formados, que somos unos profesionales que conocen bien su campo y su especialidad. Si nuestra mirada es miope o superficial quiere decir que nuestra fe es poco inteligente. El riesgo del fideísmo y del fundamentalismo son la muestra de una fe superficial, no inteligente. Algunas posiciones o diagnósticos que hacemos hoy en relación con nuestra misión y la vida de la Iglesia quizás no son inteligentes, pues no hemos aprendido a mirar suficientemente con la inteligencia de la fe. Son con frecuencia el reflejo de una comprensión superficial que manifiesta nuestros temores, nuestras pre-comprensiones y nuestra vulnerabilidad interior. Los pastores y los educadores de la fe tenemos además otro riesgo más sutil: convertir la fe o las fórmulas de la fe en un modo o en una coartada para no leer en profundidad la realidad o para defendernos de ella porque nos supera o no la comprendemos. Es como si la fe se convirtiese en una manera de cubrir la ausencia de fe, aquel paganismo o aquel ateísmo que hay en el corazón de todo discípulo y de todo creyente.
En esta escuela de aprendizaje de la inteligencia de la fe el presbítero deberá cultivar y formarse en estas cuatro actitudes profundas:
Mirar: la inteligencia de la fe nace gracias a la mirada que llega a lo más profundo, al hábito de buscar en toda circunstancia y situación de la vida el Reino de Dios que llega sin hacer ruido.
Escuchar: Para aprender a escuchar hay un secreto: aprender a escuchar a todos. El presbítero es un hombre de muchas relaciones. El presbítero inteligente busca que estas relaciones lo formen y lo evangelicen. Esto sólo ocurre si se ha aprendido a escuchar.
Pensar: Para el maestro en la fe es muy importante pensar y el gusto por pensar, para no caer en la pereza mental o en la eutanasia de la capacidad reflexiva. Es la única manera de ser convincente y creativo y de no repetir siempre los mismos rollos o de contentarse con desempeñar su oficio.
Dialogar: el discípulo es un hombre de diálogo porque es un hombre inteligente que aprendió a pensar, a considerar como creyente y a reflexionar sobre sí mismo, sobre la propia historia iluminada por la fe, y no sobre sistemas de pensamiento. Tan sólo quien haya aprendido a pensar correctamente podrá también dialogar con el otro y con su misterio.
El objetivo de la Formación Permanente es poner al sujeto en condiciones de saber leerse a sí mismo ya los otros, de saber leer la vida y la muerte de cada día, los acontecimientos en su complejidad y, sobre todo, saber leer a Dios y su Reino que viene a cada instante, saber leer el propio mundo interior y exterior con todas sus contradicciones. ¿Cuál es la fuente que alimenta esta capacidad de lectura y de inteligencia? Es la lectura de las Sagradas Escrituras, la lectura de la Palabra de cada día, el encuentro con el Verbo de Dios. En las Escrituras Dios habla de sí mismo, pero también habla de cada uno de nosotros de una forma siempre nueva, pues el Dios de la Escritura nos hace comprender que el Dios de ayer es el ídolo de hoy.
Ser inteligente, cultivar la inteligencia de la fe es algo fundamental y necesario. Esta inteligencia no sólo se sitúa en la mente, sino también en el corazón porque sólo el corazón puede llegar más allá y leer más adentro. Por esto se puede decir que solo el corazón es inteligente. Pero cuando decimos el corazón no hablamos de la pura emotividad sino de lo más profundo de la persona, de su espíritu, del ser hombre como imagen de Dios. Este es el proceso por el que nos vamos formando, tomando en nuestra vida la forma o la conformación con Jesucristo.
Atención e inteligencia son inseparables en el itinerario de la formación. Hemos hecho estas dos afirmaciones: solo un corazón atento puede dejarse conducir por el Espíritu, y solo el corazón es inteligente. Atención e inteligencia hacen referencia a lo que llamamos el corazón humano, es decir, lo más profundo y genuino de su misterio que se ilumina en el misterio pascual de Jesucristo, que es el corazón de la formación.
3. El modelo de formación
El contexto histórico, cultural y eclesial que estamos viviendo es complejo e está colmado de grandes desafíos. Por esto en nuestro camino de formación hemos subrayados la importancia de la atención y de la inteligencia. Las dos apuntan a lo mismo, al fundamento más profundo, que es Jesucristo. S. Pablo insiste en esto mismo en la primera carta a los Corintios: Pues nadie puede poner otro cimiento que ya puesto, Jesucristo (1 Cor 3,11). Es otra manera de subrayar lo mismo que afirma la carta a los Filipenses: tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2,5). Se trata de orientar la vida, las convicciones más profundas, la forma de pensar en conformidad con Jesucristo. Es lo que dice de forma similar la carta a los Romanos que utiliza la misma palabra que Filipenses (“fronema”) Sentir según la carne lleva a la muerte; sentir conforme al Espíritu conduce a la vida y a la paz (Rom 8,6).
La Formación es la obra del Espíritu que forma a Jesucristo en nosotros. El objetivo central del camino formativo es la preparación de la personas para su total consagración a Dios en el seguimiento de Jesucristo al servicio de la misión (VC 65). El modelo, el icono de la formación es Jesucristo que se entrega enteramente al Padre y a los hermanos, tal como se refleja en el texto paulino que precede al himno de la kénosis del Hijo en la carta a los Filipenses: tener los sentimientos (la forma de pensar) de una vida en Jesucristo.
La configuración con Jesucristo en el misterio pascual abarca la totalidad de la persona, es decir, su consagración a la causa de Jesucristo. Por esto la formación o el proceso de ir adquiriendo la forma de Cristo en clave pascual deberá ser formación de toda la persona. En nuestro toca todos los ámbitos de la vida cristiana y de la vida ministerial, como señala Pastores Dabo Vobis: humano, cultural, espiritual y pastoral. La totalidad de la vida de la persona tiene que ven con la calidad de formación, que dura toda la vida, que es permanente.
El marco de referencia del proyecto de formación no es el modelo cultual, ni el de la habilitación apostólica, ni el de la perfección personal… Es el modelo del Hijo, de una persona viva, de su forma de vivir y de su coraje para morir. Este modelo no propone un seguimiento genérico o en abstracto sino un modo especial de seguir a Jesús: el modelo kenótico, símbolo y clave interpretativa de la vida y de la muerte por amor, de no reservarse nada para sí, ni siquiera el amor recibido del Padre. Esto es lo que quiere decir tener los sentimientos de Cristo o vivir una vida en Cristo Jesús, como traducen algunas versiones de la Biblia. Ter los sentimientos de Cristo no significa tratar de imitarlo exteriormente, sino captar en profundidad su misterio y descubrir en él nuestro propio misterio.
Este sentido de la configuración con Cristo se encuentra en algunas expresiones muy recurrentes en los escritos del P. Chevrier: modelo o imitar a Jesucristo. Así se recoge en el Reglamento de los Sacerdotes del Prado: “Tenemos como divisa estas palabras de los Santos Padres: Sacerdos alter Christus, para recordarnos constantemente que nuestro gran deber es configurar toda nuestra vida a la de Jesucristo, nuestro modelo”. He ahí nuestra divisa: Jesús es el sacerdote por excelencia, él es el verdadero sacerdote, el bien amado del Padre. Él es nuestro modelo. Nuestro deber es imitarlo” (VD 101).
El mural de St. Fons se convierte para todo pradosiano en la referencia fundamental de su proceso de formación que es permanente. Esta convicción ha de estar muy presente en la animación del Prado como estaba presente en la vida de A. Chevrier: el sacerdote es otro Jesucristo. Este es el principio dinámico de la formación y de la vocación del Prado: “Parecerse a Jesucristo, ese es nuestro trabajo continuo, la atención continua de nuestro espíritu y el deseo sincero de nuestro corazón. Todo lo que Jesucristo ha dicho de sí mismo, el sacerdote debe poder decirlo también de sí mismo. Nuestra unión a Jesucristo debe ser tan íntima, tan visible, tan perfecta que los hombres deben decir al vernos: mirad otro Jesucristo…. Debemos representar a Jesucristo pobre se su pesebre, a Jesucristo sufriendo en su Pasión, a Jesucristo dejándose comer en la Santa Eucaristía” (VD 101).
Para ser otro Jesucristo, para configurarse plenamente con él el presbítero sabe que ha de buscar antes que ninguna otra cosa conocer a su Maestro y a su Señor que le llamó para ser su apóstol y representarlo en el seno de la comunidad: “Todo se contiene en el conocimiento que tengamos de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo… Ningún estudio, ninguna ciencia ha de ser preferida a esta. Es la más necesaria, la más útil, la más importante, sobre todo para aquel que quiera ser sacerdote, su discípulo” (VD 113). Este es nuestro primer trabajo, el que nunca puede faltar y en el que nos estamos formando sin cesar. ¿Qué hemos de hacer en este momento? La luz y el camino a seguir lo encontramos en la propuesta formativa del fundador del Prado que también se hacía esta pregunta: “¿Qué tenemos que hacer? Estudiar a Nuestro Señor Jesucristo, escuchar su palabra y examinar sus acciones a fin de configurarnos con él y llenarnos del Espíritu Santo” (VD 225).
El conocimiento y la configuración con Jesucristo hacen que el sacerdote pueda llegar a ser otro Jesucristo. Estos dos principios formativos que encontramos en A. Chevrier son uno solo, un único principio dinámico que conforma la formación pradosiana: Conocer a Jesucristo y seguirlo más de cerca para estar al servicio de la evangelización de los pobres viene a ser lo mismo que ser otro Jesucristo sobre la tierra, representándolo en la encarnación, la cruz y la Eucaristía.
Este es el legado y el tesoro que estamos llamados a ofrecer hoy a nuestras Iglesias y a este mundo descreído y autosuficiente en el que nos ha tocado vivir. La formación pradosiana, como la formación permanente sacerdotal, está unida y es inseparable de la misión. Estamos en formación permanente y nos formamos siendo colaboradores del Espíritu en la formación de discípulos y apóstoles de Jesucristo en nuestras parroquias y en los medios donde estamos. La formación enriquece la misión apostólica, le da vida y la hace actual y permanente. Dicha formación no es un saber a transmitir sino una persona a quien conocer, amar y seguir, pues su objetivo es poner a Jesucristo como fundamento de todo y a los pobres como los invitados preferidos o los primeros a sentarse en la mesa del Reino.
La Iglesia hoy ha de afrontar nuevos retos para anunciar la perenne novedad de Jesucristo que conduce a la verdadera vida y colma las aspiraciones más profundas del ser humano que muchas veces no sabe satisfacer o expresar. Son tiempos de mucho trabajo en conjunto, de contemplación, de estudio y reflexión. Hay que privilegiar el cuidado de la atención y de la inteligencia, como hemos indicado. Hoy más que nunca necesitamos abrirnos a la novedad del Espíritu, discernir, buscar nuevos caminos, leer los mensajes que el Señor nos quiere transmitir a través del curso de la historia, de una cultura que nos desconcierta, de la vida de nuestro pueblo y sobre todo del caminar de los pobres. Todo esto no se puede hacer individualmente. Es un camino a hacer como Iglesia, en comunidad presbiteral y en equipo del Prado. El Prado puede y debe proponer, sugerir, y comprometerse en un proceso formativo y en una acción pastoral que sea colegial y que tenga como fundamento a Jesucristo en el camino que lleva de la encarnación a la cruz y a la exaltación.










