SUBSIDIO PARA LA HOMILÍA DEL DOMINGO XXX ORDINARIO
“A tu prójimo como a ti mismo”
Mateo 22, 39
Lecturas bíblicas: Ex 22, 20-26; Salmo 17; 1T 1,5-10; Mt 22, 34-40
“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?». Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».
Puntos de meditación para preparar durante la semana, la homilía del próximo domingo
• Entrar en la escena
Para entrar en esta narración, tomo tiempo para mirar al grupo de fariseos que rodea a Jesús. Con la imaginación, observo su manera de venir a él, de examinarlo, de interrogarlo. Veo también su desconfianza, su suficiencia y quizá incluso su temor. Me coloco en medio de ellos y me acerco a Jesús. ¿Cómo se dispone mi corazón a este encuentro? ¿Estoy listo para dejarme conmover por sus palabras? O, por el contrario, ¿busco que estas palabras me digan lo que quiero escuchar? Pido al Señor la gracia de un corazón amplio y generoso para recibirlo en toda su novedad.
• Amar a mi Dios
Para Jesús, el gran mandamiento es amar “al Señor mi Dios”. ¿Qué significa esto para mí? Amar. Al Señor. Mi Dios. Dejo que resuenen estas palabras en mí y me coloco en escucha. En la última meditación de sus “Ejercicios
Espirituales”, san Ignacio nos recuerda que “el amor se ha de poner más en las obras”. ¿A través de qué obras concretas podría yo poner en práctica este primer mandamiento? ¿En el trabajo, en familia, con mis prójimos o con un perfecto desconocido o bien en algún otro lugar? Elijo alguna acción a la que, aunque pueda ser muy sencilla, me sienta invitado(a) el día de hoy.
• Con todo mi corazón
En nuestras vidas mezcladas de luz y obscuridad, nuestro corazón algunas veces está muy dividido. Los Padres del desierto utilizan la expresión “guardia del corazón”. ¿Qué evoca esta imagen para mí? ¿Me siento responsable de lo que habita mi corazón? ¿Lo sufro? En este día, me pongo particularmente a la escucha de mi corazón. ¿Qué lo atraviesa al cabo del día, en la superficie y en lo más profundo? ¿Qué me revela de mí mismo, de mis deseos, mis expectativas y mis necesidades? ¿Qué lo lleva a cerrarse o a abrirse?
• Con toda mi alma
En la Visitación, María exclama: “Mi alma glorifica al Señor mi Dios”. En Getsemaní, Jesús confía a sus discípulos: “Mi alma está triste hasta la muerte”. Nuestra alma contiene algo de nuestro soplo de vida, del movimiento de vida en nosotros, que puede ser libre y danzante o asfixiado y pesado. Al confiar al Señor mis “estados de ánimo”, puedo tomar algunos instantes en diferentes momentos del día para respirar lenta y profundamente y poner atención al aire que entra y sale por mi nariz. Y si lo siento así, doy gracias por el don de la vida.
• Con todo mi espíritu
Cuando oímos la palabra “espíritu” en la liturgia, pensamos muy espontáneamente en el Espíritu Santo, Espíritu creador que flota en las aguas. ¿Qué hay de mi espíritu? ¿Qué representa para mí, en mi vida y en el día a día? ¿Mi espíritu se deja animar, inspirar y vitalizar por el Espíritu de Dios? En este día, prestaré atención a los momentos en los que tengo la sensación de que a través de mi espíritu participo en la obra creadora de Dios en nuestro mundo para los hombres, las mujeres y los niños de hoy.
• Mi prójimo
Después del Señor Dios, Jesús nos vuelve hacia nuestro prójimo: “Amarás a tu prójimo”. Este mandamiento es similar al primero, nos precisa. Amar al Señor, amar al prójimo. ¿Qué relación hay en ello para mí? Entre las personas a quienes voy a encontrar, ¿hacia quienes siento resistencia a
sentirme prójimo? Puedo presentar a estas personas al Señor mi Dios, pidiéndole que me ayude a amarlas mejor.
• Amar a mi prójimo como a mí mismo
Algunas veces puede parecer fácil amar al otro que a uno mismo. Pues de nosotros mismos conocemos los rincones más oscuros, los que no nos atrevemos a ver de frente e intentamos ocultar a los demás. El Señor los conoce también y los ve en verdad, con amor y esperanza. En este domingo, dejemos que Cristo nos mire, que nos ame tal como somos y que nos invite a colocar sobre nosotros mismos, sobre nuestros hermanos y hermanas esa misma mirada de amor incondicional que recibe al otro tal como es, con su parte de sombra y de luz, como un misterio sagrado. Elijo un lugar y una duración que me convengan para permanecer en silencio bajo la mirada de Dios y me dejo amar por él, con todo su corazón y todo su Espíritu.
Orar al centro del mundo con el Papa Francisco
Para que, en virtud del bautismo los fieles laicos, en particular las mujeres, participen más en las instancias de responsabilidad de la Iglesia.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”: hermoso programa. Pero ¿quién es mi prójimo? ¿Quién parece estar verdaderamente cerca de mí? ¿Se trata solamente de las personas con quienes convivo en la casa o en el trabajo, o de los amigos o personas que comparten mis ideas, mi cultura y mi fe? ¿O también de aquellos a quienes yo decido acercarme? Esta semana puedo listar, con un grupo de amigos por ejemplo o en familia, a la gente a la que decidimos acercarnos, sea por familiaridad evidente, sea por solidaridad. Y podemos elegir mostrarles o darles testimonio de nuestro apoyo y nuestro afecto.
Conocemos bien estos dos mandamientos que, en realidad, constituyen uno solo. Quizá incluso los conocemos demasiado bien como para medir su actualidad y fuerza. Amar es algo hermoso. Pero, ¿es algo que se ordena? Y luego, ¿es natural amar a un Dios al que no vemos y al que a veces no comprendemos? Por último, amar al prójimo: es una hermosa idea, pero hay días en los que es verdaderamente imposible e incomprensible.
Sin embargo, Jesús no se desalienta: sigue invitándonos a vivir este amor. Este doble mandamiento es como un mapa precioso para elegir la relación más que los miedos y egoísmos.
Entonces, ¡arriba corazones! No nos desalentemos tan rápido y pidámosle que nos dé energía y valor para entrar en esta aventura del amor a Dios y al prójimo.









