ANTONIO CHEVRIER Y EL MINISTERIO
Yves Musset nos presentó hace años puntos de referencia a partir de la vida y escritos de A. Chevrier. La santidad en el ministerio presbiteral nos invita a tomar al p. Chevrier como un guía incomparable.
Introducción:
El tema que me solicitaron tratar es un tema difícil. Ustedes desean, si entendí bien el sentido de su solicitud, que les muestre qué relación hay entre, por una parte, lo que fue el Padre Chevrier, lo que hizo como sacerdote, lo que dijo del sacerdote y del ministerio y, por otra, lo que nosotros mismos estamos llamados a ser, a hacer, a decir como sacerdotes hoy en día. Ustedes intuyen que relacionar al Padre Chevrier con nosotros y a nosotros mismos con el Padre Chevrier puede aportarnos algunas luces que nos ayudarán a ver mejor los caminos que tenemos que abrir actualmente en cuanto a la manera de ejercer el ministerio ante los hombres de nuestros tiempos. Piensan que esto puede ser, para los sacerdotes que somos, una fuente de esperanza y seguridad renovadas. Pero esta relación del Padre Chevrier con nosotros y nuestra con el Padre Chevrier es una operación muy delicada.
El Padre Chevrier no es un teólogo, un pensador, un especulador que nos habría dejado una reflexión teórica cuidadosamente elaborada sobre el sacerdote. No era ésta su gracia. Aquella época se prestaba poco para una renovación doctrinal sobre la Iglesia y el ministerio. El Padre Chevrier era, ante todo, como cada uno de nosotros, un pastor, y un pastor que se enfrentó, desde los primeros años de su ministerio, a los problemas de la evangelización de los pobres en el contexto del mundo obrero naciente. Entonces, es como pastor que vamos a considerar en primer lugar al Padre Chevrier. Pero este pastor fue también un hombre espiritual, marcado para siempre por su encuentro con Cristo en el misterio de su encarnación en Navidad de 1856. En segundo lugar, observaremos lo espiritual en su manera de ser pastor.
Quizá al tratar de ir progresivamente hasta el fondo de las cosas, descubriremos efectivamente algunos puntos de referencia que podrán sernos útiles en función de ciertas preguntas que son nuestras hoy en día.
I. EL PADRE CHEVRIER: UN PASTOR.
¿Qué es un pastor, cuando se trata de un sacerdote? Es alguien que ha recibido de su obispo una misión pastoral, de cualquier naturaleza, para ejercer con otros, sobre un terreno específico y en un momento determinado de la historia, de la sociedad y de la Iglesia.
Se es pastor para la gente y con ella, en alguna parte, en un momento determinado del tiempo, en una sociedad y en Iglesias particulares, mismas que se encuentran en evolución. No se es pastor de la misma manera en Creuse, en Brest, en Marsella, en Córcega o en Lyon, por mencionar sólo a Francia. No se puede ser pastor de la misma manera en 1850, época en que el Padre Chevrier se volvió sacerdote; que en 1950, época de posguerra cuando la cristiandad existía todavía; que en la víspera del año 2000, cuando evidentemente ésta ya no existe en nuestro país.
1. En su forma de ser pastor, el Padre Chevrier no escapó a esta ley de condicionamiento. Si lo vemos en la primera etapa de su ministerio en San Andrés de La Guillotière, entre 1850 y 1857, ¿qué descubrimos al hojear los textos de sus sermones, que son la mejor, si no la única fuente que nos permite conocerlo durante este periodo?
Joven sacerdote, predica como los demás sacerdotes de su tiempo, cuyas ideas y sensibilidad comparte, habiéndose formado con ellos y como ellos.
En sus sermones se le ve, por ejemplo, denunciar el efecto nefasto de la lectura de malos libros, sobre todo de novelas, de las que un buen cristiano debe cuidarse. Recomienda buenas lecturas (III, p. 45-93).
Denuncia a los “falsos profetas”, pues, “sobre todo en nuestros días”, “surgen doctrinas perversas y artificiosas y abundan en todas partes”, “el error parece estar siempre en la verdad”; “los hombres, como cansados de una religión que hace su felicidad, ya no quieren reconocerla y buscan satisfacer su espíritu en las novedades que abundan”… “Encontramos, dice, a estos falsos profetas en las familias, en las conversaciones”: “Quién no ha oído repetir cien veces que todas las religiones son buenas; que los sacerdotes inventaron la religión; que son como los demás; que cualquiera es honesto cuando no hace mal a nadie; que cuando morimos, todo es muerte” (III, p. 582-584).
Antonio Chevrier culpa particularmente a los falsos profetas que transportan imágenes de Jesús que se consideran heterodoxas: “Hoy en día, declara, celebramos nuevas doctrinas según la moda de cada día”. Se presenta a Cristo como “el regenerador de la humanidad”, aquél “que estableció los principios de libertad y de caridad”, “el filósofo por excelencia”. Osamos compararlo “con esos hombres que hacen la vergüenza de nuestra historia. ¡Oh Señor Jesús!, en qué tiempos estamos, exclama. Para alabarte, te calumniamos. Para elevarte, te degradamos. Hablan de ti como de un hombre, cuando eres su Dios…” (III, p. 586). Esta imagen de Cristo, profeta humano de la fraternidad universal, es el Cristo de Proudhon y de muchos socialistas utópicos de 1848. para oponerse a estas ideas que consideraba nefastas, el Padre Chevrier demuestra, en homilías que parecen disertaciones, la “divinidad de Jesucristo” (III, p. 94.115).
Lo vemos incluso, en su predicación, explicar las ceremonias de la misa, tratar diversas partes del sacramento de la Penitencia (el examen de conciencia, la confesión, la contrición, el firme propósito, la satisfacción), exaltar largamente las virtudes de María, Etc…
Sin embargo, al mismo tiempo, cuando nos tomamos el tiempo de leer estos sermones que nos transportan a un universo que se nos ha vuelto ajeno, por no decir extraño, descubrimos principios interesantes, aproximaciones de la realidad e intuiciones pastorales que traen el futuro.
Él está atento a las condiciones de vida de la gente: a la dura realidad del trabajo, tanto para los adultos como para los niños, a la miseria de numerosas familias (III, p. 5, 8, 12, 524; IV, p. 665). Evoca un día el siguiente hecho: habiendo muerto una mujer, dejando huérfanos a varios niños, el mayor de los muchachos va donde el carpintero a pedir un ataúd para su madre; pide que se le lleve a la casa; le responden que eso no se hace por los pobres. El Padre Chevrier se indigna (IV, p. 667-669).
No teme hacer un llamado a los laicos para que se movilicen contra la miseria. Así, en la conclusión de su sermón sobre el espíritu cristiano: “Sí, hay almas que mueren de languidez a falta de una acción… Si Dios les inspirara el valor de consagrarse al cuidado de los necesitados, a la instrucción de tantos pobres niños que languidecen en esos talleres y que no reciben ningún alimento espiritual; si les inspirara el gusto de curar las heridas, de cuidar a los enfermos, de ir a buscar pan para los pobres, de consagrarse a esto por devoción, para Dios, por humildad, por imitación de Jesús que lavó los pies de sus apóstoles, ¡qué hermosa obra!… ¡Ah!, ¡sigan estas santas inspiraciones, obedezcan la voz de Dios! (III, p. 365).
Comprueba que a su alrededor, en el mundo obrero, se constituyen asociaciones para resguardarse de la miseria y asistirse mutuamente, pero le parece anormal que la Iglesia permanezca ajena a este movimiento: “Vean en el mundo, dijo en una predicación sobre la caridad, ¡cuántas sociedades se forman, de todo tipo! ¿Por qué? Para ayudarse entre sí, asistirse, ayudarse en las enfermedades, consolarse. Y dicho sea de paso, es vergonzoso para nosotros, cristianos, sacerdotes, que se formen sociedades fuera de la religión, para encontrar asistencia y beneficios que deberían encontrar en la religión misma, que los cristianos se vean obligados a formar sociedades filantrópicas para asistirse. Este es un pensamiento que con frecuencia me viene a la mente cuando veo todas esas sociedades de beneficencia que se forman en todas partes. ¿Por qué la religión ya no es el lazo que debe unir a todos los hombres y éstos se ven obligados a ir a buscar asistencia fuera de la religión? ¿Por qué no tiene cada parroquia su sociedad de beneficencia para la asistencia de los obreros?” (IV, p. 634-635).
Lo vemos también pensar ya en una organización particular de la catequesis para quienes no pueden hacerla normalmente e incluso ahí llama a la responsabilidad de las parroquias: “¿Qué decir de esas parroquias infortunadas, que olvidan sus deberes, que dejan sumir a sus hijos en una vergonzosa ignorancia y [éstos] llegan a una edad avanzada sin haber asistido a ninguna escuela, a ningún catecismo? Si conocen, agrega, a algunos de estos niños, no teman en traérnoslos. Nosotros les impartiremos el catecismo aparte, a una hora que pueda convenirles después del trabajo, con el fin de que ya no estén privados de la instrucción necesaria para su salvación y de que nosotros mismos no seamos responsables de su ignorancia” (III, p. 9).
Él innova al fundar una pequeña sociedad en la que se encuentran jóvenes personas de la parroquia (IV, p. 563-568), de quienes espera, como lo dice en una carta, sean un “núcleo” para atraer a los demás (Carta n° 12).
Desde los tiempos de la parroquia en San Andrés, el Padre Chevrier se nos presenta como un sacerdote que busca abrirse un camino pastoral. No es de los que se contentan con repetir lo que los demás sacerdotes han hecho antes que él o hacen a su alrededor. Es debido a que este camino de invención pastoral va a cerrársele por las reacciones de su párroco que va a tener que abandonar, muy a su pesar, el ministerio parroquial, que él piensa debería ejercerse de otro modo.
2. El hecho de que el ministerio parroquial podría ejercerse de otro modo se ve en la lectura del Reglamento de Parroquias (X, p. 102-105). Contrariamente a lo que está escrito en todas las biografías del Padre Chevrier, el texto parece datar de esta época. Es interesante volver a leer el preámbulo:
“Los sacerdotes de las parroquias están llamados a hacer más bien que todos los demás sacerdotes. Su vocación responde a la de los apóstoles. [Ésta se] conforma más al espíritu de Jesucristo. El sacerdote de parroquia, al tener que vivir en el mundo, con el mundo, debe dar al mundo el ejemplo de las virtudes que predica. Vos estis sal terrae. Debe ser santo en medio de un mundo corrompido y vicioso y sostenerse para luchar contra sus máximas y sus arrastramientos. Ahora bien, para ser santo y santificar a los demás, el sacerdote necesita de sostén, de apoyo, de amigos, de consejeros que lo dirijan, le esclarezcan en su conducta y sus obras.
Considerando que un buen sacerdote se encuentra casi siempre solo, sin saber a quién comunicar sus ideas, cómo desempeñarlas; que con frecuencia, no encuentra corazón amigo para derramar el corazón, amigos verdaderos para asistirle en la necesidad; que muchas sociedades o grupos religiosos se formaron y, sin embargo, no responden a la necesidad de los sacerdotes en el ministerio; que la soledad en la que uno se encuentra, aunque se viva con hermanos, hace que uno olvide sus deberes, que se deje de hacer mucho bien; que se necesita mucha ciencia y que uno se descuida; [que los] sacerdotes se condenan por no cumplir con la misión completa que Jesucristo les confió, que el amor a las riquezas, la búsqueda de comodidad, la falta de caridad y de unión son la fuente de muchos males entre nosotros, etc…, al tratar algunos sacerdotes de salvarse y de salvar a los demás, se comprometen a observar la siguiente regla…” (X, p. 102-103).
Cuando se recorren los reglamentos del Padre Chevrier contenidos en la serie X de sus Escritos (reglamento de parroquias; proyecto de la obra de los sacerdotes catequistas; reglamento de la obra de la primera comunión: reglamento de la obra de la perseverancia; anexo a la regla de los Sacerdotes del Prado), se comprueba que la intención del fundador del Prado no es solamente de orden espiritual. Los Sacerdotes del Prado son llamados a consagrarse a tareas pastorales al servicio de los pobres.
En el Reglamento de Parroquias, se dice, entre otras cosas, que se irá “todos los domingos” a “impartir el catecismo en diversos lugares del territorio” parroquial; que se impartirán “catecismos en diferentes colonias a horas convenientes, si fuera necesario”. La principal ventaja que el Padre Chevrier piensa obtener de una vida en común en parroquia será, piensa, de orden pastoral: “Aumentaremos nuestras luces esclareciéndonos mutuamente para la dirección de las almas, las empresas de ahínco, comunicándonos mutuamente los mejores métodos, haciendo[nos] parte de los éxitos obtenidos y, mediante esto, obtendremos éxitos más duraderos en la predicación, [el] catecismo, la dirección [espiritual], buscando juntos los medios más seguros, los más útiles, comunicándonos mutuamente nuestras ideas y nuestras opiniones…” (X, p. 105).
Hacia 1874-1875, el Padre Chevrier bosqueja un anteproyecto de “Asociación de Sacerdotes que viven en comunidad bajo la regla del Tercer Orden de San Francisco para enseñar el catecismo a los pobres”. Quiere “establecer catecismos en todos los lugares posibles. Como la gente ya no asiste a la iglesia, es necesario, explica, alcanzarla por todos los medios posibles”. Para esto, él quisiera “establecer, con el permiso de Monseñor y de los Señores Párrocos, en las colonias populosas, oratorios donde cada tarde iríamos a catequizar a los niños de los pobres”. Sugiere “dividir las parroquias en colonias y poblaciones” e “ir a pasar un mes o más, según la necesidad, en estas colonias y, ahí, enseñar el catecismo todas las tardes a la gente del pueblo y de la aldea, imitando así a Nuestro Señor que recorría los pueblos y aldeas instruyendo a los pobres, e incluso a los apóstoles, que iban a instruir a los pueblos publice et per domos” (X, p. 107-108).
El Reglamento de los Sacerdotes del Prado, aprobado en 1878 por el arzobispo de Lyon, está precedido por otro reglamento, que también fue aprobado por el obispo: el de la obra de la primera comunión, una obra a la vez de carácter social y de carácter pastoral que requiere que quienes trabajan en ella acepten “pasar su vida con los pobres”, “no ocuparse más que de los pobres”, pues “para hacer bien a esos niños, es necesario estar con ellos, vivir su vida y estar en medio de ellos como padres para ganar su corazón y llevarlos a Dios” (X, p. 176).
Antes de morir, el Padre Chevrier crea una última obra prolongando, precisamente, la de la primera comunión: la obra de la perseverancia. El reglamento de esta obra especifica que tiene por objeto “formar cristianos sólidos y virtuosos” y que, “para llegar a esta meta, se hará subir a los niños de grado en grado” de manera que se vuelvan capaces de “sostener la verdad en el mundo”. Serán “apóstoles”, como los llama el Padre Chevrier (X, p. 168). “Hay que formar catequistas, hermanos y hermanas catequistas, pero también niños que deben ser pequeños apóstoles en el mundo, escribe en este sentido el Padre Chevrier. Sería el complemento perfecto de nuestra obra: tener niños apóstoles, que tengan una instrucción sólida y la comuniquen por el mundo. Doce apóstoles, setenta y dos discípulos” (VII, p. 260-261).
Cuando deja el Prado en manos del Padre Duret, su sucesor, el 6 de enero de 1879, algunos meses antes de morir, escribe, en uno de los últimos textos de su mano que agrega al Reglamento de Sacerdotes del Prado, que el “objetivo fundamental de la Asociación de Sacerdotes del Prado” es, además de “nuestra satisfacción”, “la salvación de las almas”. “Enseñaremos el catecismo todos los días, precisa, y cuando se nos permita, iremos, dice de nuevo, a enseñar el catecismo a las parroquias, a las aldeas, a las ciudades, a los barrios, a las fábricas, para traer a Dios a esa pobre gente que se aleja de nosotros, imitando así a los apóstoles que iban predicando publice et per domos, y volviéndonos así verdaderos pequeños misioneros” (X, p. 191-192).
En todos estos textos, la finalidad es claramente pastoral, no sólo espiritual. La espiritualidad debe encarnarse en prácticas pastorales que tiendan a la evangelización de los pobres, ya sea a través de la parroquia, la obra de la primera comunión y sus avances, las pequeñas misiones del tipo de las que el Padre Chevrier había practicado en Moulin-à-Vent, en Vénissieux y en Saint-Fons.
Esta pastoral, como toda pastoral, está situada en el tiempo, en la duración, en función de lo que entonces era la sociedad, de las tomas de conciencia que se presentaban en la Iglesia y del estado del naciente Prado. No se trata para nosotros de repetir estas prácticas pastorales que se relatan. El mismo Padre Chevrier decía que aunque se le había encomendado fundar una obra de la primera comunión, no todos los sacerdotes del Prado estaban llamados a hacerlo (Padre Jaricot, Pr., t. 2, art. 48).
Pero no debemos olvidar que, primero que nada, somos pastores. Cuando nos reunimos en el marco del Prado, no es sólo para hacer espiritualidad, visto que la pastoral se reflexiona y se hace en otra parte. En nuestras reuniones del Prado, es normal que hablemos de pastoral, de pastoral hacia los pobres. No de pastoral en general, sino de lo que vemos que el maestro de la Viña nos llama a hacer hoy en día, ahí donde Él nos ha enviado, y también de los obstáculos, exteriores e interiores, que encontramos en esta misión.
3. A partir de su experiencia de pastor para los pobres, el Padre Chevrier se forjó en convicciones pastorales. Se hizo cierta idea (lo vemos al leerlo) de lo que debe hacerse en la Iglesia y también de lo que no hay que hacer, para que la Iglesia sea verdaderamente para los pobres el signo, el sacramento de Jesucristo.
A continuación presentamos algunas de las convicciones a las que se apegaba por amor a los pobres, pero también en razón de su amor a la Iglesia, tal como Jesús la deseaba:
– Con respecto al dinero, el Padre Chevrier está contra la multiplicación de solicitudes, contra poner precio a los actos de culto, contra todo lo que da a entender que la religión es “una religión de dinero”; está convencido de que los ministros de la Iglesia deben ser desinteresados; no duda en bendecir las revoluciones que nos obligan “a practicar la pobreza, puesto que no queremos practicarla voluntariamente” (VD, p. 315-316).
– Está convencido de que para llevar a cabo la obra de Dios, siempre hay que comenzar y recomenzar por el interior; la vida con los niños del Prado le enseñó que no hay que juzgar el exterior; piensa que se equivocan y provocan equivocaciones quienes comienzan por el exterior buscando primero construir, embellecer, atraer al mundo mediante la ostentación o desarrollando una religión con gran espectáculo. (VD p. 219- 223; 519-524).
– Aprendió por experiencia que con los pobres y, más ampliamente, con todos los seres humanos, siempre hay que comenzar y recomenzar por el amor (VD, p.430, nota); la llave que abre el corazón, el propio corazón, y cambia la apreciación de los demás es la compasión (VD, p.419); en el encuentro con la gente, hay que proceder con miramientos y dulzura (VD, p. 371 ss.); su religión no es la de los “grandes ayunadores”, o de los “grandes oradores” (VD, p. 463), de los que moralizan ardientemente.
– Cree que la gente sencilla puede entender e incluso “explicar” el Evangelio mejor que los demás, que son más instruidos (VD, p. 218); él mismo enseña de tal manera que aquellos que se nutren con su enseñanza pueden a su vez comunicarla a otros (Carta n° 310).
II. EL PADRE CHEVRIER: UN ESPIRITUAL EN SU MANERA DE SER PASTOR
1. Una convicción nacida de su conversión en Navidad de 1856: sólo se puede ser pastor de las ovejas de Jesucristo a la manera de Jesucristo, para quien el sacerdote es el sacramento. El estudio del Evangelio y de San Pablo muestra el camino a seguir para volverse un pastor a la manera de Jesús. “Tomo a Jesús por modelo y me esforzaré en imitarlo lo más perfectamente que me sea posible, escribe el Padre Chevrier en su primer reglamento personal del 31 de diciembre de 1857… El sacerdote es la luz del mundo y la sal de la tierra. Sólo puede ser realmente la sal y la luz del mundo si imita a Jesús, verdadera luz de los hombres y sal de la tierra… Estudiar a Jesús en su vida mortal, en su vida eucarística, conformará todo mi estudio” (X, 4).
2. Es en sus ESCRITOS SOBRE EL SACERDOCIO (1873-1874)
que el Padre Chevrier estudió de manera más amplia y profunda el ministerio apostólico. La idea directriz que preside estos trabajos es que el sacerdote es el enviado de Jesucristo, como Jesucristo es el Enviado del Padre. Esta idea central se impuso en el fundador del Prado a partir de un doble estudio, uno de los Apóstoles y el otro de San Pablo, “perfecto modelo del Sacerdote”.
El sacerdote comparte la vocación de los apóstoles. Debe aplicar a sí mismo las instrucciones que Jesús dejó a sus apóstoles. Su misión es la de los apóstoles: ser con Jesús, anunciar el Evangelio, curar. Su suerte será también la de los apóstoles: mismas persecuciones, mismos sufrimientos, mismas recompensas.
Un texto manuscrito de contenido muy denso se lee en las últimas páginas del cuaderno “Apóstoles”. El Padre Chevrier expresa ahí en algunas palabras la idea que se hace de la misión del sacerdote, tal y como se desprende de su estudio acerca de los apóstoles:
“Jesucristo es el Enviado del Padre. El sacerdote es el enviado de Jesucristo. Todo lo que Jesucristo dice de sí mismo a este respecto, el sacerdote debe aplicárselo a sí mismo. Está revestido, como Jesucristo, de las características de un enviado y, como tal, debe cumplir con sus obligaciones.
Jesús conoce a su Padre. Habla de acuerdo con él. Actúa de acuerdo con él. Y todo lo que hace y dice, lo hace y [dice] en la unión con su Padre. Así, el sacerdote debe actuar y hablar de acuerdo con Jesucristo y estar unido a él; y, al hacerlo, estará unido al Padre y hará todo según Dios.
Pobreza: “Et mea omnia tua sunt; et tua, mea sunt” (Jn 17, 10). La pobreza es la primera virtud que Jesucristo exige de sus apóstoles. “Vade, vende… et sequere me”… Los apóstoles… El desprendimiento de las cosas terrenales…
La muerte espiritual en nosotros produce la vida en los demás (2 Co 4, 9)”.
Esta visión del sacerdote-enviado, del sacerdote-apóstol, se arraiga en la convicción de que el sacerdote tiene como función hacer realidad en el mundo la misión de Jesucristo, el Enviado del Padre. Unido a Jesucristo por el carácter sacerdotal y la misión recibida del obispo, el sacerdote es invitado a no ser sino uno con Cristo en la misión que sigue siendo aquélla de Jesucristo a lo largo de los tiempos y que se dirige a todos los hombres. De ahí la necesidad para el sacerdote de no hacer nada ni decir nada fuera de Jesucristo, a quien tienen la función de representar, ya que a todos aquéllos que busca alcanzar mediante su presencia, sus palabras, su acción, tiene el deber de ponerlos en relación con Aquél de quien es ministro. “El sacerdote debe desaparecer ante Jesucristo; no es sino un instrumento” (X, Padre 283).
En esta perspectiva, la pobreza es la primera característica del verdadero enviado: pobre de todo, el sacerdote prueba así que los únicos bienes que ha compartido son aquéllos que recibe de Jesucristo y que, por su ministerio, ofrece a todos. Las demás características del verdadero apóstol son el sufrimiento y la caridad, en su triple dimensión de amor tierno, de ahínco y de sacrificio.
Notaremos también que la visión del sacerdote esbozada aquí por el Padre Chevrier presenta acentos diferentes a los desarrollados, del siglo XVII al XIX, por la Escuela Francesa. El Padre Chevrier acentúa el carácter apostólico del ministerio, mientras que en los autores de la Escuela Francesa (Bérulle, Olier, St Jean Eudes, etc…) el acento se pone primero en la virtud de la religión, así como en el espíritu de sacrificio y de Inmolación.
3. En el VERDADERO DISCÍPULO (1875-1878), todo se considera a partir de la relación más fundamental que existe, la que caracteriza el ser de todo bautizado: la relación Maestro-discípulo y discípulo-Maestro.
Una página es particularmente esclarecedora, la página 222, en la que el Padre Chevrier se explica acerca de lo que debe ser la formación del discípulo. Quien dice formación, dice forma. ¿Qué forma va a dar el discípulo a su vida? La forma que Dios ha tomado en Jesucristo para manifestarse en el mundo, responde el Padre Chevrier. “Sígueme, yo soy tu reglamento, tu vida, la forma exterior que debes imitar…”
El contexto es aquél de “la fundación de la Iglesia, la mayor obra del Todopoderoso, la obra más hermosa del mundo”, fundación que se lleva a cabo mediante la constitución del grupo de los Doce y la formación que Jesús les da. Es a estos Doce, al grupo de los apóstoles, que se confían “los grandes principios de la vida evangélica y apostólica”, no como principios que hay que conservar, administrar y recordar a los demás, a los miembros de los Institutos de vida consagrada, sino como principios que deben practicar ellos mismos, ya que a estos Doce que él ha elegido, Jesús se dedica a “formarlos en la vida evangélica y apostólica”. La tradición cristiana siempre ha visto esta forma de vida, que los apóstoles estuvieron llamados a practicar siguiendo de cerca de Jesucristo, como un modelo para la Iglesia entera y la Iglesia de todos los tiempos. Consignada en los Evangelios, particularmente en los sinópticos en que seguir a Jesús en su camino pascual es uno de los principales temas, esta forma de vida ha recibido con todo derecho la denominación de vida “según el Evangelio”.
“Sígueme. Yo soy tu reglamento, tu vida, la forma exterior que debes imitar”. Estas palabras, que se sabe dijo Jesús a sus discípulos, expresan de manera feliz y condensada la concepción que el Padre Chevrier tenía del Evangelio, comprendido y recibido como una regla de vida propuesta al cristiano, al sacerdote y a la Iglesia entera por Jesucristo, su fundador. Ésta se dirige a la vez a aquéllos que, en la Iglesia, están investidos del ministerio apostólico y están llamados a reproducir en su vida la figura histórica de Jesucristo pobre, crucificado, entregado, como sacramentos instituidos por Cristo Cabeza, Esposo, Pastor; pero también a la Iglesia en su totalidad y a cada uno de sus miembros, ya que la razón de ser de la Iglesia es ser verdaderamente en el mundo el sacramento, la “forma” de Jesucristo, “Luz de las Naciones” (Cf. Lumen Gentium, 1,1).
El Padre Chevrier habla aquí de “forma” y de “forma exterior”. El Verbo, que es el pensamiento de Dios, ha debido, en efecto, tomar “una forma exterior para manifestarse a los hombres” (VD, p. 62-63), la “forma del Esclavo” (Flp 2,7), pobre, humilde, crucificado, entregado. En la existencia del pastor, como también en el funcionamiento de la institución eclesial, deben aparecer visible y externamente, a los ojos de todos y, en especial, de los pobres, las características del verdadero apóstol y de la verdadera Iglesia, que son, a los ojos del Padre Chevrier, la pobreza, el sufrimiento y la caridad de Jesucristo.
Si la razón de ser de la Iglesia es reproducir en el mundo la forma que el Verbo de Dios ha tomado en su encarnación para manifestar a los hombres la verdad de lo que es Dios y de lo que los hombres están llamados a ser, entonces es necesario que, en la Iglesia y, particularmente en el ejercicio del ministerio, se reproduzca la forma de relación que Jesús tenía con las diversas realidades que tienen importancia a los ojos de los hombres: el dinero; el trabajo; la política; la enfermedad, el sufrimiento, la muerte; el respeto a las personas y las libertades humanas, etc… Si, sobre cierto número de estos puntos, que son puntos sensibles, porque tienen valor de prueba, los ministros de la Iglesia funcionan de manera distinta a la de Jesús, esto no puede más que engendrar graves problemas para la Iglesia y en la Iglesia. Es ahí, en particular, que esperamos de ésta que sea fiel al Evangelio.
Se trata pues para nosotros, sacerdotes y laicos, de trabajar juntos en construir una Iglesia que acepta someterse al Evangelio:
– en todo lo que tiene, porque no tiene otras riquezas que compartir que aquéllas de Jesucristo;
– en todo lo que dice, porque no tiene nada que decir que no sea lo que dijo Jesucristo y cómo lo dijo;
– en todo lo que hace, porque no tiene competencia sino para continuar la obra de Jesucristo, haciendo como Jesucristo;
– en todo lo que sufre, porque está feliz de completar en su carne lo que falta a la pasión del Maestro;
– en todo lo que es, porque no es otra cosa que la Esposa de Jesucristo, y su belleza no puede ser sino la de Jesús y su Evangelio.
Jesús se entregó y dio su vida para que pudiera existir en el mundo esta forma de Iglesia, una Iglesia a su imagen (Cf. Ef 5, 26-27). Es esta Iglesia la que debemos crear con Él (Cf. Ga 4,19). Es esto, el trabajo del pastor y de aquéllos y aquéllas que forman parte actuante del ministerio apostólico, lo que no sólo ejercen los obispos y sacerdotes, sino también muchos hombres y mujeres que le consagran una parte importante o incluso la totalidad de su vida.
Me parece que la “necesidad de la Iglesia” hoy en día es que, en nuestras Iglesias diocesanas, obispo, sacerdotes, diáconos, laicos llamados a ministerios como permanentes o benefactores, sin olvidar a los religiosos y religiosas, aprendamos juntos, como verdaderos discípulos de Jesús, a construir la Iglesia tal como la quiso, es decir, una Iglesia “según el Evangelio”. Una Iglesia cuyos diversos ministros comprenden que, en sus actividades pastorales y también en su vida, están llamados a juzgar, a decidir, a obrar juntos según el Evangelio.
En este ámbito, el Padre Chevrier nos muestra un camino, él que comienza a invitarnos a comenzar por el estudio del Evangelio para poder volvernos en el mundo, sacerdotes y laicos juntos, verdaderos siervos de este Evangelio. Así puede agruparse en verdad la familia de Dios, que está hecha de aquéllos y aquéllas que se ponen juntos a la escucha de la palabra de Jesús para comprenderla y ponerla en práctica (Cf. Lc 8, 19-21; VD, p. 151).
Si sacerdotes y laicos, en nuestras maneras de trabajar juntos, tuviéramos así más preocupación por comenzar por el interior, y no primero por cuestiones de organización, de repartición de las tareas, de aplicación práctica, cierto número de problemas se solucionarían, quizá, por sí solos. “Cuando una cosa importante se hace bien, decía el Padre Chevrier, el resto sale bien también” (VD, p. 229).










