5o DOMINGO ORDINARIO, Ciclo B.
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo 7 de febrero de 2021
Mc 1, 29-39
Continuamos con la lectura del evangelio de san Marcos el cual, después de una brevísima presentación de Jesús lo pone “manos a la obra”. Como si tuviera prisa de revelarnos a Jesús como Mesías, Hijo de Dios(Mc 1,1). Mateo y Lucas hacen una presentación más solemne: narran algo sobre la infancia de Jesús, la predicación del bautista, las tentaciones en el desierto. En Marcos no hay infancia y lo demás es dicho de pasada. Mateo antepone el largo sermón del monte(5-7) y Lucas su “evangelio de la infancia”, un poco más amplio que el de Mateo y aquella majestuosa presentación: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor.
Esto nos ayuda a comprender un poco más el estilo y mensaje de Marcos: un lenguaje más directo, menos culto, lenguaje más popular, más sobrio en palabras. Tal vez, sus escritos, menos rebuscados, nos acerquen más a los hechos y dichos de Jesús, a su persona. Ahora se sabe que es el primero de los evangelios que sirvió de base a los demás. Juan Marcos pertenecía a una familia de Jerusalén en cuya casa se reunía una comunidad cristiana. Acompañó a Pedro, Pablo y Bernabé en la misión evangelizadora por Asia y Roma, seguramente de ellos hizo acopio de información, que después otros completaron. Sirva esto sólo de motivación para adentrarse al interior del evangelio de Marcos y demás evangelios, o sea, de leerlos y meditarlos.
En el pasaje que nos ocupa predomina la actividad curativa de Jesús, primero la suegra de Pedro y después muchos otros enfermos y endemoniados. Seguramente curó a aquella gente de sus males corporales, pero también tuvo que ser una medicina para las heridas del alma. La intención última de Jesús era conducirlos a la fe en él, a través de sus milagros. La fe produce una salud integral del hombre.
La condición del ser humano sobre la tierra es la de un “enfermo”, es decir, uno que tiene una herida profunda entre lo que está llamado a ser y lo que actualmente puede ser. Job lo dice más elocuentemente: “La vida del hombre en la tierra es como un servicio militar y sus días, como días de jornalero. Como el esclavo suspira en vano por la sombra y el jornalero se queda aguardando su salario…”(Job 7, 1-2). Da a entender Job que siempre habrá una insatisfacción que nunca podrá ser colmada aquí en la tierra. Existe una inquietud en el interior de cada persona, porque se mueve entre sus límites y sus sueños. Es esta una enfermedad saludable que, sin embargo, puede ser “curada” por el amor de Dios.
Frecuentemente, ésta herida, se contamina por las enfermedades, problemas y fracasos de la vida. Esto tiene que ver no ya con un daño natural, sino con el mal que nos hacemos unos a otros: muerte, pobreza, marginación, exclusión, contaminación, corrupción, violencia, etc. Todo eso que nos conduce a la cultura del descarte, como nos dicen los obispos en Aparecida y lo repite continuamente el Papa: “Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social… Los excluidos no son solamente ‘explotados’ sino ‘sobrantes’ y ‘desechables’(DA 65).
Se podría entender en estas palabras, que se ha llegado a un deterioro de las relaciones humanas, políticas y económicas que hay gente de la que nos quisiéramos deshacer porque estorba a los planes de superación de algunos. Como si hubiera gente-basura que debiera ser “barrida” para que no contamine las ciudades y pueblos. El evangelio que meditamos nos da fe de que Jesús se puso a recorrer pueblos y ciudades, no para barrer la “escorias” de gente indeseable, sino para sanar, consolar e iluminar la mente y el corazón.
Retomando el pensamiento sapiencial de Job: “mis días corren más aprisa que una lanzadera y se consumen sin esperanza”(Job 7, 6), parece encontrar eco en el pensamiento contemporáneo, el cual es muy sensible a los límites humanos, y acusa a épocas pasadas de no haber sido tan comprensiva, de exagerar en organizar la vida de los hombres desde una religiosidad abstracta, que ignoraron y hasta reprimieron sus necesidades inmediatas. Se habla del absurdo, de la angustia, de las paradojas de la existencia, del sin sentido, de la náusea, etc. Tiene el mérito de haber llamado la atención sobre la existencia concreta de los seres humanos, con sus fortalezas y contradicciones, pero también es causante de una visión pesimista del hombre, que lo ha llegado a considerar una “pasión inútil”. Por no aceptar referentes absolutos, sino sólo la libertad, cae en el sin sentido de girar y girar sin llegar a ningún lado, como en el mito de Sísifo, cuyo proyecto consiste en subir una piedra a la cima de un monte para verla caer y recomenzar de nuevo a subirla. Es claro que Job nunca cayó en la depresión y rebelión total, a pesar del pensamiento nihilista de sus “amigos”, que lo presionaban para que renegara de Dios.
Este llamado “pensamiento débil” ha llegado a renunciar a la verdad, a un criterio común de moralidad y con ello al proyecto de una fraternidad universal, a la que nos invitó el Papa en la encíclica “Fratelli Tutti”. “La fraternidad nos lleva a abrirnos al Padre de todos y a ver en el otro un hermano, una hermana para compartir la vida o para sostenerse mutuamente, para amar, para conocer”. Con estas palabras nos invitaba a celebrar “La Jornada por la Fraternidad Universal”, el pasado 4 de febrero.
La fe tiene que ver con dar vida, sanar, reivindicar, siempre serán estos los signos de la presencia del reino de Jesús y que deberán mostrar sus discípulos también. ¿Qué significará esto desde nuestro tiempo? Pareciera que la atención a todas las necesidades del ser humano está suficientemente organizada. De la salud física ya hay quien se encargue, a pesar de que haya enfermedades incurables todavía. De la salud psicológica también hay un bien nivel de atención. De todas las demás necesidades materiales existe alguna estructura de solución, para la alimentación, vestido, educación, comunicación, techo, etc.
Ciertamente falta mucho por hacer para que las condiciones de vida digna lleguen a la mayoría: “La riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumenta también las desigualdades. En los países ricos, nuevas categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de super- desarrollo derrochador y consumista, que contrasta con la miseria deshumanizadora”(La Caridad en la Verdad, 22).
¿Entonces qué nos toca a los cristianos de hoy? Al parecer no hay excusa para la pasividad de la caridad cristiana, porque hay muchas necesidades que la organización política y social no remedia. Más aún, hay una serie de necesidades en los seres humanos que nunca podrán ser satisfechas por las estructuras humanas. Los milagros de Jesús tienen mucho de signos de una salud mayor. Si los redujéramos a su materialidad, no remediarían mucho.
Jesús nos ofrece una salud integral, va tras las enfermedades, pobrezas y hambres más profundas del corazón. Ciertamente que curó la carne, nos dice el texto que meditamos. A poco andar dirá a un paralítico que le presentan: “Hijo, tus pecados te son perdonados”(Mc 2, 5). Los males que aquejan a los hombres tienen un nivel de profundidad al que nadie logrará llegar sino sólo la fe. A la pandemia que ahora padecemos se está sumando otra más grave: el acaparamiento de las vacunas por los poderosos y el riesgo del manejo influyente y político de las pocas que hay. Esa enfermedad del corazón no la va a poder curar ninguna medicina de patente, tal vez alguna terapia psicológica, pero mejor será un proceso de conversión con un tratamiento de gracia de Dios por medio de la Palabra y los sacramentos.
Quizás por ello no nos salen las “cuentas” de que habiendo tanto desarrollo, continua existiendo el hambre, guerras, exclusión de servicios esenciales para muchos(educación, salud, agua, casa, etc), migración, trata de personas, violencia intrafamiliar, etc. Hace más de cien años se nos prometió un “paraíso terrenal”, a condición de purgar de “supersticiones” religiosas el mundo. Ya no sabemos si estamos más cerca o más lejos del dicho paraíso, a pesar de los adelantos. Racionalmente se podrá justificar esto diciendo que es la ley fatal de la vida. Pero los creyentes no nos resignamos a las fatalidades y pensamos que todo tiene una solución en Cristo.
Es una gran mentira que el hombre solo, sin la sabiduría divina pueda construir un mundo fraterno capaz de colmar todas las necesidades del ser humano: “El subdesarrollo tiene una causa más importante que la falta de pensamiento: ‘es la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos…’ La sociedad globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. El hombre, por sí solo, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad, es necesaria la experiencia del amor de Dios”(Benedicto XVI).










