DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Jn 20, 1-19
– hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos –
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo 4 de abril 2021
Celebramos, hoy, el acontecimiento fundante de nuestra fe: la resurrección: “Si Cristo no ha resucitado, vana sería nuestra fe”(1 Cor 15, 17), nos dice san Pablo. La fe verdadera comienza el domingo de resurrección, porque “hasta entonces, los discípulos no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos”(Jn 20, 9). Es el mismo Juan(“el otro discípulo”) el que da el anterior testimonio. Todos habían acompañado a Jesús desde el principio y habían sido testigos de los siete signos, comenzando por la trasformación del agua en vino en las bodas de Caná(Jn 2, 1-12) y terminando con la resurrección de Lázaro(Jn 11, 38-44), pasando por la multiplicación de los panes(Jn 6, 1-15). Habían escuchado toda la argumentación de Jesús contra la incredulidad de los judíos durante toda su misión. Más aún, había vivido aquellos momentos de intimidad con Jesús de la última cena(Jn 13-17).
En lo que corresponde a Juan, había escuchado el testimonio de Juan Bautista: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…Yo he visto que el Espíritu bajaba desde el cielo como una paloma y permanecía sobre él”(Jn 1, 29. 32). Y junto con Andrés había vivido un momento inolvidable junto a Jesús: “…eran como las cuatro de la tarde”(Jn 1, 39). Fue uno de los que acompañó a Jesús al monte de la trasfiguración, junto con Pedro y Santiago, donde pudo escuchar el testimonio de Elías y Moisés, así como de la voz venida del cielo(Lc 9, 28-36). En la Última cena se había reclinado en el pecho de Jesús, en un gesto de mucha cercanía(Jn 13, 25). Y sin embargo, frente a la experiencia de Cristo resucitado dice no haber entendido nada hasta entonces. Ciertamente la resurrección es como el octavo signo que dará la comprensión a los demás.
La resurrección es un acontecimiento que supone necesariamente la fe, no se trata de un simple hecho. En última instancia se trata del testimonio que da el Espíritu Santo en nuestro corazón. Por otro lado, la fe madura trata de las posibilidades de Dios, que se han revelado en la resurrección de Jesús: “…porque para Dios todo es posible”(Mc 10, 27). Visto desde el evangelio de san Juan, la resurrección es creer en Jesucristo: “Vio y creyó”(Jn 20, 8).
“El sepulcro vacío”, como lo encuentran hoy María Magdalena, Pedro y Juan, fue el argumento primero y más inmediato que tuvieron los discípulos para defenderse de los judíos que los miraban con desconfianza. Las autoridades tratan por todos los medios de evitar una “segunda impostura porque sería peor que la primera”, a tal grado de mandar sellar la tumba(Mt 27, 64. 66). Pero al obrar así se convirtieron en un testimonio en favor de la resurrección, poniendo de manifiesto que el poder de este mundo no aprende la lección, que siempre querrá callar la verdad de la vida nueva en Cristo con “sobornos” ideológicos, económicos o violentos.
Es cierto que el “sepulcro vacío” es el presupuesto básico para anunciar la resurrección, porque si el cuerpo permanece ahí, todo se viene abajo. Sin embargo no se trata de un argumento contundente, porque, como decían las autoridades, el cuerpo puede estar escondido en otro lugar. A los creyentes tampoco nos conviene quedarnos con este simple argumento de: “no hay nada”, “no sabemos”, “no podemos”. Seríamos discípulos del “muerto perdido”, lo cual daría pie a una fe vergonzante, que debemos ocultar para que nadie nos vaya a pedir cuentas de ella. Los cristianos seríamos unos autistas, que evaden la dura realidad construyendo su mundo de fantasía. Nos dedicaríamos a huir del mundo para no ser cuestionados. Tendríamos como maestro a un experto en la muerte, pero que no sabe nada de la vida. Entonces sí seríamos gente que endiosa sus impotencias, sus miedos e ignorancias. En realidad no sabríamos si resucitó, pero como los seres humanos tenemos necesidad de creer en algo, digamos que el “muerto que se perdió” resucitó, y no faltará quien compre la historia. Claro que esto sería un fraude que vive de explotar la esperanza de la gente.
Así entendida la fe, sería una especie de enfermedad, un refugio para desahuciados, para ancianos, niños o gente ignorante, una religión de esclavos, como ha dicho alguien. Entonces tendrían razón los que acusan a la fe de ser el “opio del pueblo”. Así las cosas, todos los creyentes tendríamos que pedirle perdón al mundo por no poder ser normales, y agradecerles que nos toleren. Esta fe no alcanzaría a dar razón de los testimonios heroicos de tanta gente que, escuchamos, han amado a sus hermanos hasta dar la vida por ellos, a la manera de Jesús. Hay tantos santos, canonizados y sin canonizar, que no se podría comprender su vida desde esta fe de perdedores. El nacimiento de la Iglesia estuvo marcado por la persecución, ¿cómo explicar tanta abnegación y sacrificio?
Además de “la tumba vacía” están los testimonios de “encuentros” con el resucitado. Según Marcos y Juan, a la primera que se le apareció fue a María Magdalena. Después están los discípulos de Emaús y la comunidad apostólica, el domingo por la tarde. Al parecer también estos testimonios tuvieron inconvenientes, porque permanecían como experiencias de algunos. Los discípulos quedaron tan desilusionados después de la crucifixión que no daban fe a los testimonios de ellos mismos. Los discípulos de Emaús ponen en cuestión la versión de las mujeres: “Es cierto que algunas de nuestras mujeres nos han sorprendido, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron su cuerpo. Hablan incluso de que se les habían aparecido unos ángeles que decían que está vivo” (Lc 24, 22).
El caso más conocido es el de Tomás que se resiste a creer hasta no ver y tocar(Jn 20, 25). Y sin embargo, tal vez sea este el testimonio más contundente de que la resurrección es de “carne y hueso”. Aquí se sale al paso de todas las incredulidades de aquel tiempo y de todos los tiempos. Fue como un argumento contra el “trauma” de todo creyente, que consiste en, aparentemente, no tener pruebas de su fe. La comunidad primitiva lo enfrenta en uno de los suyos, que se supone es más escandaloso porque ya tenía alguna experiencia de Jesús. Las dudas y desencantos que proceden del seno de la comunidad son las que han hecho más daños a lo largo de los siglos. Este episodio, al mismo tiempo, que sirve para decir nuestra fe es “positiva”, tiene comprobación de alguna manera, llama “dichosos” a los que creen sin haber visto(Jn 20, 29).
Nuestra fe tiene “pruebas” a condición de no reducir el conocimiento a la sensibilidad, sino que se trate de un conocimiento humano. Esto es, que no pidamos sólo pruebas científicas, sino que aceptemos también la forma ordinaria de conocer, que va más allá del paladar y el estómago. No es que estemos promoviendo el oscurantismo desde la fe, sino simplemente que no le apliquemos criterios que no le pedimos a la mayoría de nuestros conocimientos cotidianos. Son muy pocos los que han comprobado que sus papás en verdad lo son y, sin embargo, la mayoría lo aceptamos ciegamente. Muchas de nuestras discusiones son sobre asuntos que ni conocemos de primera mano.
Si bien, no tenemos pruebas directas de la resurrección de Jesús, -un huesito, un mechón de cabellos, un pedazo de túnica-(tal vez el manto de Turín), sólo hay personas diciendo que ha resucitado, pero hay muchas historias de muertos aparecidos y no pasa de ahí. Sin embargo, tan cierto como que “no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”(Mt 5, 14), tampoco se puede negar que algo pasó en Palestina el año 33 de nuestra era. Para bien, decimos los creyentes, para mal podrán decir algunos, pero el hecho es que no se puede negar que algo comenzó.
La comunidad de discípulos imperfectos es la mejor prueba de la resurrección: “Yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a la unión perfecta, y el mundo pueda reconocer así que tú me has enviado, y que los amas a ellos como me amas a mí”(Jn 17, 23). De pronto, sobre un grupo de galileos rudos, pobres e ignorantes, se da una transformación muy radical y se convierten en hombres espirituales, interesados por un proyecto de humanidad que los sobrepasa, en mensajeros de paz y reconciliación. Los ideales más nobles, buscados por las culturas más desarrolladas de aquel tiempo, de pronto se apoderan de aquellos personajes insignificantes. La “utopía” del hombre libre, justo, fraterno y amigo de Dios se adueñó de su corazón. Pero lo original de su propuesta era el camino a seguir: el amor, el perdón, la humildad, el servicio, la pobreza de espíritu. Todo aquel proyecto les quedaba demasiado grande a aquellos espíritus tan sencillos, como eran los apóstoles, no podía venir de ellos –ni de nadie- estos sublimes sentimientos.
No cabe duda, esta obra lleva la firma de Dios, está hecha a su más puro estilos: “ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha elegido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para aniquilar a quienes creen que son algo”(1Cor 1, 27-28). Dios se ha salido con la suya una vez más y, esta vez, para siempre: ha herido de su amor al mundo. ¡Ha resucitado!










