HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXX ORDINARIO
Domingo 24 de Octubre 2021
(Mc 10, 46-52)
“JESÚS: ¡Ten piedad de mí”!
“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Se trata de unas palabras muy lúcidas para expresar la fe en Jesús. Son muy significativas en el contexto de escándalo frente a la persona de Jesús que se ha suscitado por el anuncio de su pasión. Por fin alguien ha reaccionado como corresponde a la revelación que ha hecho Jesús de sí mismo. Todos los demás han errado en su percepción de Jesús o han negado su verdadera identidad, en favor de sus expectativas o intereses. Podemos decir que se trata de una profesión de fe inoportuna, tal vez por eso “muchos lo reprendían para que se callara…” Ciertamente hay otras expresiones humildes de fe semejantes anteriormente: “¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!(Mc 9, 24); “¡Señor, también los perritos, debajo de la mesa, se comen las migajas que caen de los hijos!(Mc 7, 28); “¡Mi hijita se está muriendo! ¡Ven a imponerle las manos para que sane y viva!(Mc 5, 23). Pero por el contexto de resistencia, especialmente de los discípulos, la fe de Bartimeo es un paso adelante.
Esta petición del ciego de Jericó es muy semejante a la que sugirió el monje al “peregrino ruso”, que había sido cautivado por la invitación de san Pablo a los Tesalonicences: “Oren sin cesar”: “La oración interior y constante, consiste en la invocación continua e ininterrumpida del nombre de Jesús con los labios, el corazón y la inteligencia, en el sentimiento de su presencia, en todo lugar y en todo tiempo, aun durante el sueño. Esa oración se expresa por estas palabras: “¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí! Todo el que se acostumbra a esta invocación siente muy grande consolación y necesidad de decir siempre esta oración; al cabo de algún tiempo, no puede ya pasar sin ella y se le hace como su misma sangre y carne”. Una luz muy intensa hay en estas palabras, que van provocando que muchas cosas se acomoden en el corazón del hombre.
Creo que antes que una súplica penitencial es un profundo acto de fe. Somos seres limitados abiertos a la plenitud de la vida. Siempre estamos inquietos en relación de un futuro lleno de santidad y perfección. Es más un gesto de adoración que de reproche de los pecados. No podemos ignorar esto, por más que queramos conformarnos una vocecita nos “acusa” nuestra vocación a la trascendencia. De entrada la súplica de piedad es un acto de fe en el que es tres veces santo e infinita misericordia. Actuando así recreamos nuestro ser, Dios no se beneficia en nada de esto, no necesita nada de nosotros. En cuanto creaturas, debemos sanar nuestros límites en la medicina de la inmensidad del amor de Dios. Esto es un ejercicio de verdad básico, seamos creyentes o no, el medirnos con las realidades definitivas, nos hace humildes y nos abre a la esperanza. Si no suplicamos piedad seremos seres conformistas o vanidosos, desde nuestra autosuficiencia.
Seguramente buscaremos ídolos que justifiquen nuestra mediocridad. Después vendrán las súplicas de perdón al tomar conciencia de nuestros pecados.
Una fe como, la de Bartimeo, que llega al punto de la adoración es un lujo en el contexto de aquel ambiente pagano y profano que ha rodeado a Jesús en aquellos días. La ceguera de los discípulos se ha convertido en sacrilegio, porque pareciera que conscientemente se burlan de los sentimientos más nobles de Jesús. Apenas Jesús les muestra su lucha interna por ser fiel al proyecto de Dios, los discípulos le echan encima sus intereses mezquinos. No dan señal de ningún signo de contrición, ni en sentido amplio menos en sentido estricto, es decir ni como necesidad existencial de sentir un fundamento, ni en sentido moral de experimentar el perdón de Dios.
Adorar, antes que echar encima a Dios nuestras “legiones de demonios”, es regocijarnos porque Dios es Dios, así como es, justo y misericordioso, como se está revelando en Jesucristo. Puede ayudar a entrar en actitud de adoración la imagen de Jesús lleno de gozo, “porque el Padre ha ocultado los secretos del reino a los sabios y prudentes y se los ha revelado a los pequeños”(Lc 10, 21). Y lo reitera diciendo: “¡Sí, Padre, porque así lo has querido! Lo que para muchos puede ser una señal de fracaso, por todos los que no han creído en su mensaje, él reconoce en ello la inmensa bondad de Dios que hace las cosas como quiere. Tal vez, también Jesús haya batallado para comprender esta manera de proceder de Dios, que “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”, pero reconoce y asume con toda docilidad y mansedumbre su voluntad. Es este un modelo de fe y de adoración. Aprender a adorar a Dios, a agradecerle aunque las cosas no salgan como nosotros esperamos, es salud y salvación. Esto me recuerda la oración de Habacuc: “Aunque la higuera no retoñe y las vides no den fruto, aunque el olivo deje de producir y los campos no den alimento, aunque no haya ovejas en el redil ni queden vacas en el establo, ¡aun así yo exulto en el Señor; me regocijo en Dios, mi salvador!(Hab 3, 17-18).
Qué grandioso acto de fe el de este ciego, Jesús se lo reconocerá al final. Esto lo podemos apreciar en toda la forma de proceder de este hombre. La fe ciertamente parte del interior, pero se debe de reflejar en las actitudes y el comportamiento. Con su obrar, Bartimeo, refleja que no estaba instalado en su condición de ciego, que no era un limosnero. Había en él un instinto de buscar cualquier oportunidad para salir de su situación. Apenas escucha que el que pasaba era Jesús y se pone a gritarle. Que está convencido de que Jesús puede hacer algo por él, lo demuestra enfrentando a los que le dicen que se calle. La capacidad de superar contradicciones y adversidades por Jesús es señal de fe verdadera. Frecuentemente la fe no nos alcanza para perseverar en medio de la persecución. Es lo que les está pasando a los discípulos, se resisten a creer en el Jesús que será humillado en Jerusalén.
Si en el primer momento en este proceso de iluminación de este ciego pudiera prevalecer el interés personal de ser curado, por lo cual pudo superar todos los obstáculos, el gesto de tirar su manto muy bien puede ser interpretado como el despojo total de sí mismo. Las vestiduras nos representan, de algún modo somos nosotros mismos. Aquel hombre deja las vestiduras de las tinieblas y se reviste de luz. Por último reconoce con toda humildad su necesidad de Jesús y se deja sanar por él. Acepta la invitación de Jesús a caminar en la fe.
Ya había curado Jesús al ciego de Betsaida, pero aquel fue más pasivo, él no tomó la iniciativa, sino que fue llevado ante Jesús. El proceso de curación fue más largo y no se puso a seguir a Jesús(Mc 8, 22-26). Ya “un hombre” había encontrado a Jesús por el camino, pero se presentó arrogante ante él, pareciera que más bien buscando una alabanza por parte de Jesús, sin embargo no fue capaz de ser libre frente a los bienes materiales y tampoco lo sigue(Mc 10, 22). Un poco antes, Santiago y Juan le habían pedido los primeros lugares. Ellos aparentemente lo siguen pero van tras sus intereses(Mc 10, 36-37).
Lo que le pide Bartimeo a Jesús y la forma como se lo pide refleja la actitud más sensata para iniciar el seguimiento de su persona, como nos lo enseña la iglesia: “Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe(Rom 16, 26; 1, 5; 2 Cor 10, 5-6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela”(DV, 5). Saberse situar frente a Dios es el acto más digno del ser humano, por eso evangelizar es humanizar. La verdadera fe siempre será una recreación de la condición humana.
La curación de la ceguera, el paso de las tinieblas a la luz, ha sido una imagen favorita para representar el proceso de fe. Al bautismo, el sacramento que nos da la fe, en algún tiempo se le llamó Iluminación, y dentro de él el encendido de la vela es un signo muy elocuente de este sacramento. La vigilia pascual, en la que celebramos la vida nueva por la resurrección de Cristo, la representamos con el fuego nuevo que vence a las tinieblas. La luz es símbolo de la vida, nos dice san Juan: “En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”(Jn 1, 4). La luz es, también, conocimiento, logos: “La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre”(Jn 1, 9). De hecho, san Juan, nos dice abiertamente que “Dios es luz y en él no hay tiniebla”(1 Jn 1, 5). Y la sabiduría popular relaciona la vista con el amor: “de la vista nace el amor”. Jesucristo nos ha enseñado que “el ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará iluminado, pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará oscuro…”(Mt 6, 22). Al sanar a este ciego, Jesús, le ha dado vida nueva.










