– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XIII ORDINARIO
Mt 10,37-42 (2 Reyes 4,8-11.14-16a)
28 de junio de 2026
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Todavía en el discurso misionero, Jesús continua ayudando a sus discípulos a tomar conciencia de lo que está en juego en la misión que les encarga, se trata de conquistar al mundo por medio del Evangelio, para consagrarlo a su dueño original. La verdadera consagración de los pueblos y ciudades se lleva a cabo por el anuncio del Evangelio. Se trata de contribuir con la oración sacerdotal de Jesús: “Santifícalos en la verdad, tu palabra es la verdad”(Jn 17, 17). Está en juego hacer presente la santidad de Dios, para que el mundo viva. “La gloria de Dios es la vida del hombre”(San Ireneo). Es por ello que, en el texto que meditamos, Jesús le pone un precio tan alto, el sacrificio de los afectos familiares. La misión es un ministerio de vida y de salud para la humanidad. Es darle la forma del amor a toda actividad humana en beneficio de los hermanos. La identidad y dicha más profunda de todo ser humano es ser buena noticia para los demás. Ser apóstoles de la vida y la dignidad. La vida es una misión, no sólo la de los misioneros o consagrados, sino la de todo ser humano, aun la de los no creyentes.
Por ser tan santa y tan digna la misión de sanar y construir la humanidad, de evangelizarla, Jesús continúa fortaleciéndola. Así como el miedo puede destruirla, pueden hacerlo, también, los lazos afectivos que brotan de lo más profundo de nuestro corazón. Los afectos nos anuncian que el ser humano está hecho para la donación y la entrega, esta es su esencia, pero también participan de la ambigüedad de todo lo que existe, puede haber egoísmo en ellos, pueden conducir a la simple búsqueda de sí mismos. Sabemos de la fuerza de los lazos de la carne y de la sangre. Muchos piensan que los afectos no deben ser cuestionados. Es cierto que deben ser respetados pero también educados. Cuántas experiencias de dejar correr los afectos a ciegas se ha convertido en grandes tragedias: hijos maleducados, relaciones posesivas, matrimonios a la ligera, infidelidades, etc.
Un verdadero ejercicio de libertad es lo que nos propone Jesús ahora, primero, porque su obra es liberadora de toda opresión externa, que es lo más fácil de comprender; pero, también, de toda opresión interna, de la cual maliciamos menos. Las cadenas de fuera espontáneamente las rechazamos, las de dentro están hechas por nuestros deseos profundos. Todo el mundo afectivo es expresión de nuestra radical indigencia, necesitados de un amor que nos introduzca en la plenitud de la vida, nos da razón de que somos seres necesitados de complementariedad, principalmente de relaciones fundantes de paternidad-maternidad-fraternidad, y de ahí de todo lo demás. Esto es un condicionamiento fatal para todos. Lo que Jesucristo nos propone no es negar nuestra naturaleza, sino llevarla a su plenitud. La libertad no consiste sólo en negar condicionamientos (libertad de) sino en someter esos condicionamientos a un proyecto (libertad para). Los condicionamientos afectivos y el miedo, nos perseguirán toda la vida, pero no nos podrán impedir la elección de ser “eunucos por el reino de los cielos”( Mt 19, 12), es decir el gestionar el nivel excluyente de la afectividad para ponerla al servicio de la universalidad, porque si es cierto que estamos obligados a pertenecer a una familia concreta, lo es también que pertenecemos a la fraternidad universal. Ninguna de las dos es opcional, si descuidamos a una se nos descompone la otra. La verdadera libertad tiene que ver con la capacidad de poder ser hermano de Todos.
Así tenemos que Jesucristo simplemente está enseñando los criterios que nos pueden ayudar a cumplir con nuestra vocación de seres humanos y cristianos. Los afectos familiares bien pueden quedar como un simbolismo de todo lo que encierra al ser humano en su yo, pueden ser las riquezas, los vicios, las comodidades, todo lo que ea búsqueda de sí mismo. En el fondo, Jesús, cuestiona los criterios egoístas con los que organizamos la convivencia humana. Ciertamente que está hablando Jesús de condiciones para formar una comunidad de discípulos suyos, pero que son las mismas condiciones para constituir hombres y mujeres comprometidos con el bien común. Este es el camino de la fama, la gloria, el éxito que nos propone Jesús, ser servidores de todos. El amor meramente espontáneo, natural es como querer salvar la propia vida, pero que al final se perderá, porque nos meterá por caminos de rivalidades, celos, competencias desleales, y hasta asesinato. En cambio el amor que renuncia a intereses muy particulares se llenará de la inmensa alegría del encuentro, de superar la aparente amenaza de las diferencias con los demás y experimentar la complementariedad de los otros.
Pero también le interesa a Jesucristo inculcar la santidad de la misión. En esta semana el evangelio nos dijo que no diéramos a los perros las cosas santas ni echaremos las perlas a los cerdos(Mt 7, 6). Jesús está confiando el proyecto de salvación de Dios su Padre que vibra en lo más profundo de su corazón. Se anticipa a fortalecer el corazón de sus discípulos para que no vayan a malbaratar los tesoros de la gracia. Si las empresas humanas son sumamente celosas de los perfiles de sus trabajadores en sus capacidades técnicas, psicológicas, morales, para administrar recursos perecederos, cuanto más se deberá cuidar la integridad de quienes administren los bienes eternos. Lo que Jesús confía a sus discípulos vale la propia vida. Esto es así porque, en realidad, Jesús no pide nada para sí mismo, sino que quiere regalarle al mundo su pastoreo a través de sus discípulos. Por ello: “quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”(Mt 10, 40). Es por ello, también, que ofrece la misma recompensa de sus servidores a quienes asistan a sus discípulos: “El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo”(Mt 10, 41).
Jesús nos invita a educar nuestro corazón de tal forma que aprenda a anteponer los valores del evangelio antes que sus emociones, enseñarlo a enternecerse y apasionarse con el amor de Dios, y a ser libre frente a los afectos del mundo. Nos promete Jesús que creceremos humanamente además de espiritualmente. No se trata de sacrificar el amor que ama a los que le aman o a los que le caen bien, sino de enseñarlo a amar a los enemigos(Mt 5, 44), que aprenda a invitar a la fiesta de su vida a los que no tienen con qué pagarnos(Lc 14, 13), de estar dispuestos a entregar la propia vida por amor(Jn 15, 13). Si no podemos ir más allá del amor de la carne y la sangre no podremos construir la gran familia de Dios. Los lazos de la carne abandonados a sí mismos tienen sus límites, llegan a odiarse y a hasta a devorarse unos a otros.
Parece cruel lo que pide Jesús de ir más allá de los lazos familiares y si es necesario renunciar a ellos, pero más cruel es lo que se hacen las mismas familias entre sí cuando no se abren a la familiaridad con Dios, son capaces de matarse; luego los lazos hechos de pura sangre hacen correr sangre. O sin llegar a correr sangre, luego sangre con el mismo ADN anda rodando por ahí sin llegar a reconocerse. A veces el papá anda por un lado, el hijo por otro, el hermano por otro y la mamá por otro, sin reconocerse. Mi respeto por la lucha que libra cada familia para sostenerse, pero menciono ciertas dificultades para que veamos que lo que nos puede escandalizar sobre el rompimiento que pide Jesús de la familia, de hecho sucede por otros motivos. Los lazos afectivos y de sangre no son tan resistentes como parece, se rompen y cada vez más. Jesús cuestiona las relaciones familiares sólo en relación a su seguimiento y para que aprendamos a ser verdaderamente familias. Pongamos a Jesús por encima de nuestras familias y muchas cosas se arreglaran en Ellas..
Por último, pudiéramos iluminar nuestros procesos de iniciación a la fe a la luz de las condiciones que Jesús pide para llegar a ser sus discípulos. Por mucho tiempo la vida litúrgica ha sido casi el único medio de iniciación a la vida cristiana. Hace algún tiempo que se ofrecen cursos de preparación a los sacramentos. Pero no alcanzamos a superar el paradigma sacramentalista, en el que el fin es recibir el sacramento a como de lugar, la fe, el evangelio, los sacramentos, la comunidad, la misión, el estilo de vida de Jesús, no importan. La manera de vivirlo se parece más a un trámite civil, a una devoción, a una tradición cultural, a un evento social, etc., que a una experiencia fuerte de Dios. Casi escucho el reproche de Jesús junto con el profeta Isaías: “Es inútil el culto que me ofrecen, pues las doctrinas que enseña son preceptos humanos”(Mc 7, 7). Los requisitos para recibir los sacramentos están muy lejos del espíritu de las condiciones que pide Jesús para ser sus discípulos, “porque hay muchos que viven como enemigos de la Cruz de Cristo”(Flp 3, 18).










