– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XIV ORDINARIO
Mt 11, 25-30
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
9 de julio de 2023
Este pasaje nos permite asomarnos a lo profundo del corazón de Jesús y conocer de qué está hecho, cuáles son sus motivaciones más profundas, y darnos cuenta de que su consuelo y fortaleza es la voluntad de Dios, que “revela los secretos del reino a la gente sencilla”(Mt 11, 25). Cuando el Papa Francisco visitó México, en Morelia, nos decía algo semejante: “Dime cómo rezas y te diré cómo vives, dime cómo vives y te diré cómo rezas, porque mostrándome cómo rezas, aprenderé a descubrir el Dios que vives y, mostrándome cómo vives, aprenderé a creer en el Dios al que rezas”. Creo que sea válido , también, traducir estas palabras del Papa diciendo: dime cómo rezas y te diré quien eres, parafraseando aquella otra expresión: dime con quien andas y te diré quién eres. La oración es una relación personal fundamental que dice todo de nosotros mismos. Una verdadera oración nos da identidad y nos proyecta. Nos retratamos de “cuerpo entero en la oración”. Y en el caso de que no se haga oración, también se dice mucho de sí mismo. Todos, de algún modo somos lo que amamos, y la oración transparente dónde está nuestro tesoro(Mt 6, 21). En un determinado momento de su oración, más allá de que Dios revela los secreto del reino a la gente sencilla, Jesús, se concreta a decir: “¡Así te ha parecido bien!(Mt 11, 26) y punto. Claro que sin olvidar lo que le ha parecido bien. Independientemente de qué le haya parecido bien a su Padre, nos muestra que él se complace en su voluntad a ciegas, que en última instancia no la cuestiona.
Una mirada no cultivada en los criterio de Dios, tal vez renegaría de que las cosas fueran así y caería en un pesimismo fatal, pero quien busca la mirada de Dios continuamente, podrá reconocer el avanzar del reino a pesar de todo(Mt 13). Los parámetros de Jesús no son los de la opinión pública, sino lo que piensa Dios de él: “Nadie conoce al hijo sino del Padre…”(Mt 11, 27). Existen mucho rumores y chismes sobre su persona(Mt 12, 24). No importa, su identidad y su misión están a salvo en el corazón del Padre. Vivir de la verdad fundante de las cosas, que está en el corazón del Padre, es la experiencia de fe y, por lo tanto, un don. Esto es lo único que nos podrá dar consuelo y que sólo lo podrán comprender los “mansos y humildes de corazón”(Mt 11, 29): “Quién acusara a los elegidos de Dios? ¡Dios es quien hace justos! ¿Quién, entonces, condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que resucitó y está a la derecha de Dios y que además interceder nosotros?(Rom 8, 33.34). Me parece que esto mismo es el mensaje de san Pablo al anunciar que la presencia del Espíritu que resucitó a Jesús, está en nosotros(Rom 8, 10). ¿Quién puede destruir al que esconde sus motivaciones y convicciones en el corazón de Dios su Padre? Por eso Jesús decía: “La verdad los hará libres”(Jn 8, 32).
Según san Mateo, la misión de Jesús pasa por momentos difíciles. A propósito de la duda de Juan el Bautista, Jesús retrata muy bien las resistencias a la obra de Dios que ambos llevan a cabo: “Porque vino Juan, que no comía ni bebía, y ustedes dijeron: ´¡Está endemoniado! ´Viene el Hijo el hombre, que come y bebe, y ustedes dicen: ´¡Este hombre es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!´(Mt 11, 18-19). La misma duda de Juan debería de haber desanimado a Jesús, porque se supone que era el más informado sobre él. Alguna vez se apoyó en el testimonio de Juan el Bautista, aclarando que lo hacía en atención a los que lo escuchaban(Jn 5, 33-34). Sin embargo, siempre se atuvo al testimonio definitivo de su Padre(Jn 5, 36). Y para colmo de males del ambiente adverso a la misión de Jesús está la incredulidad de las ciudades de Corazaín y Betsaida(Mt 11, 21). La identidad de Jesús es la de ser el enviado de Dios a anunciar el amor de su Padre(Jn 5, 36; Jn 20, 21), pero, al parecer, está fracasando rotundamente.
En esta oración podemos aprender de la sabiduría de Jesús “que se justifica por sus obras”(Mt 11, 19), según sus palabras. Toda esta situación la enfrenta con humildad y mansedumbre, siendo él el primero en el que se verifican sus palabras, porque el Padre le revela los secretos del reino: “El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos”.(Mt 11, 27). Jesús se “repliega” a lo esencial, a sus convicciones más profundas. Mientras el mundo lo rechaza, siente que Dios ha puesto toda su confianza en él. El criterio definitivo, no es la opinión pública, sino lo que Dios piensa de él. Se siente tan seguro, que denuncia la incapacidad para conocerlo de quienes lo rechazan, y anuncia que el conocimiento de su persona es un don que se tiene que recibir de lo alto. Mas bien, ofrece su compasión a todos, sobre todo a quienes lo persiguen. En medio de todo esto, Jesús, hace una revelación fundamental acerca del corazón de Dios: “revela los secretos del reino a los sencillo y se los oculta a los sabios y entendidos”(Mt 11, 26). De esta manera se cumple en él la primera bienaventuranza: “Dichosos los que tienen espíritu de pobres, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos”(Mt 5, 4).
Desde esta verdad absoluta, de amor preferencial de Dios por los pobres, Jesús encuentra la paz y una capacidad incansable de seguir adelante con su misión. Lo que está sucediendo no es el fracaso de la misión, sino que se está cumpliendo la voluntad de Dios. No se trata de resignación, sino de comunión con el corazón misericordioso del Padre. La resignación es pasiva e impotente, en este caso, Jesús, encuentra el sentido y la fuerza para consolara a otros. La primera misericordia la realiza Dios con los pobres(EG, 198). En las circunstancias más adversas, los pobres son el consuelo de Jesús, porque lo conducen al corazón misericordioso de Dios; le permiten hacer la experiencia de sentirse amado y conocido por su Padre. La Iglesia nos enseña que existe una reserva de sabiduría y humanidad en lo los pobres de la que debemos aprender: “La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos”(EG, 198).
La esencia misericordiosa de Dios que encuentra sus primeros destinatarios en los descartados del mundo, es la premisa fundamental sobre la que se debiera apoyar todo proyecto de gobierno y plan pastoral para enfrentar los problemas fundamentales que nos aquejan como sociedad y como iglesia: “Sin la opción preferencial por los más pobres, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de las palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día”(EG, 199). El consumismo y la “dictadura del relativismo” amenaza con arrancarnos de esta raíz fundamental que es la mirada compasiva de Dios, que se revela a los sencillos. Nos importan todos los “likes” del mundo, quedar bien con la cultura imperante, pero no el gran “LIKE” del amor de Dios, que es el evangelio de la mansedumbre y la humildad de Jesucristo. Aprender a mirar las cosas desde Dios es fuente de mucha alegría y consuelo.
Se deberá de tener cuidado de que esto no signifique enajenación, adormecer la conciencia para que no se vean las injusticias, sino por el contrario, anunciar el lugar privilegiado que tiene los pobres en el proyecto de Dios, para superar todo pesimismo, pero, también, toda manipulación: “El pobre, cuando es amado, es estimado como de alto valor, y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses personales o políticos(EG, 199). La mansedumbre verdadera procede de sentirse amado más allá de la utilidad que se pueda tener, amado por sí mismo. En la oración de Jesús no hay éxitos que negociar, simplemente abandono y gratitud. Esto, reduce los problemas al tamaño que son, sin el drama que muchas veces provocan las pretensiones humanas. Si Dios nos concediera la gracia de ver con sus ojos todo lo que sucede, como lo hace Jesús, tendríamos la fuerza suficiente para cargar no sólo con nuestros problemas sino los de los demás: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio”(Mt 11, 28). ¿De dónde nace la entereza de Jesús para ofrecer alivio y consuelo en medio de la adversidad? No hay otra respuesta más que sabe vivir de los consuelos de Dios, que son “yugo” suave y “carga” ligera, antes que de los “consuelos” falsos del mundo.










