– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XVI ORDINARIO
Mt 13, 24-43
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
23 de julio de 2023
Continúa Jesús hablando del reino de Dios en parábolas, y al final de la parábola de la levadura, el evangelista, nos invita a detener la atención en la manera de hablar de Jesús, haciendo referencia al Salmo 78, 2: “…hablaré por medio de parábolas y revelaré los enigmas del pasado”, como si se tratara del lenguaje más elocuente para hablar de los misterios de Dios. Así como es importante la conclusión que saca Jesús después de algunas parábolas, lo es ahora el remate que hace el evangelista después de estas narraciones: Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas en parábolas, y sin parábolas nada les decía…”(Mt 13, 35). Ya había llamado la atención sobre esto después de la parábola del sembrador: “Por eso les hablo en parábolas, porque, aunque miran, no ven, y aunque oyen, no escuchan ni comprenden”(Mt 13, 13). Al parecer, estamos frente a una revelación demasiado importante, tal vez, como el misterio escondido desde la creación del mundo que se le reveló a san Pablo (Ef 3, 3-5).
Puede ser que se trate sólo del estilo de Mateo que quiere fundamentar lo que va diciendo sobre Jesús en pasajes del Antiguo Testamento, para apuntalar su tesis de que es el Mesías prometido. Pero puede tratarse, también, de una invitación a profundizar en la fuerza de la Palabra(Heb 4, 1), dicha de una forma tan elegante y potente como es la parábola. Las parábolas siempre hacen referencia a las realidades más definitivas, que suponen la fe. En términos generales tratan de las cosas del cielo hablando de las realidades temporales, porque “si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo van a creer cuando les hable de las cosas del cielo? (Jn 3, 12). Estas palabras se las dice Jesús a Nicodemo cuando le habla de la necesidad de “nacer de nuevo” con una cierta carga analógica. San Juan aprovechará la confusión continua que causarán las metáforas de Jesús para invitar a la fe: “Los judíos murmuraban porque había dicho: ‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’. Y decían: ´¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: ‘He bajado del cielo?” (Jn 6, 41-42).
Las parábolas son la presentación más elocuente de la Palabra de Dios, cuyo rechazo no significará incapacidad natural para comprenderla, sino una postura de rebeldía, “pues se endureció el corazón de este pueblo”(Mt 13, 15). A la vez que participa, la parábola, del dinamismo de la encarnación, porque hacen accesible el misterio de Dios para el hombre, actualizan el pleito de Dios Yahvé con su pueblo, que cierra sus ojos, sus oídos y su corazón a la salvación de Dios(Is 6, 9-10). Las parábolas sirven para actualizar bien el drama de la historia de salvación: “Y esta es la causa de su condenación: vino la luz al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”(Jn 3, 19). Es admirable la serenidad con la que Jesús enfrenta los problemas más graves que sufre su misión y la de la iglesia naciente: “Los envío como ovejas en medio de lobos… Cuídense de la gente, pues los entregarán al tribunal y los azotarán en las sinagogas”(Mt 10, 16-17).
Hasta nos puede parecer que Jesús es demasiado diplomático con las fuerzas del mal al hablar de esta forma tan inocente. Sin embargo es la denuncia más radical de los límites del maligno, anunciando la superioridad del reino de Dios. Creo que no podemos acusar a Jesús de ingenuo, porque no evade enfrentar el problema del mal con toda su crudeza. El sufrimiento, la pobreza, la injusticia, la enfermedad, la violencia, el desprecio, etc., no le son ajenos, vive su misión en medio de la persecución y el rechazo: “Todos los odiaran por mi causa, pero Dios salvará a quien persevere hasta el fin”(Mt 10, 22). En el fondo de las parábolas aparece nuevamente el drama de los “sabios y entendidos”(Mt 11, 25), que creen poder darse el lujo de rechazar a Jesús, pero que en realidad han sido privados de la dicha que muchos profetas y justos desearon ver, y no lo vieron(Mt 13, 17).
En todas las parábolas de Jesús alcanzamos a ver un corazón muy optimista de la obra de Dios en el mundo y, por lo tanto, lleno de fiesta, de esperanza y de bondad, como el de un niño. Con este lenguaje Jesús familiariza las cosas del cielo con las de la tierra por medio de comparaciones(metáforas). Esto es reflejo de la actitud con que se enfrenta la vida, ordinariamente hablamos como vivimos: “La boca habla de aquello de lo que está lleno el corazón. La gente buena saca cosas buenas de su bien tesoro; la gente mala saca cosas malas de su mal tesoro”(Mt 12, 34-35). La semejanza entre el cielo y la tierra no es sólo en el discurso, sino que supone que Dios está, de algún modo, presente en toda la vida, en su creación, las criaturas son signo que nos hablan de un creador, pero a la vez son huella o imagen(presencia) de ese autor. Las parábolas suponen que toda la creación es una metáfora del cielo. Esto supone que Dios está más allá de toda su obra, que la trasciende, pero, también, que algo de él se manifiesta en las distintas realidades y, sobre todo, en las personas, de alguna manera. El que habla en parábolas es casi seguro que es un místico y después un poeta y, por todo esto, un profeta. Jesús hará alusión a su ministerio profético un poco después de concluir con las parábolas: “Un profeta sólo es menospreciado en su pueblo y en su familia”(Mt 13, 57).
De cara a los problemas más desafiantes para la misión evangelizadora, Jesús parece hacer la experiencia del niño en brazos de su madre(Is 66, 13). Me parece que el común denominador de las tres parábolas sea la absoluta certeza de que el mundo y la historia están bajo el dominio de Dios. Se podrá estar “acosado por todas partes, pero no angustiados; desorientados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados…”(2 Cor 4, 8-9). Esta es la espiritualidad del apóstol Pablo. Podrá haber cizaña por todos lados, pero está sentenciada a desaparecer un día, porque el sembrador sembró buena semilla y será la que prevalezca finalmente. Podrá estar masificado el mundo en torno a criterios banales, estériles, pero es relativo a un fermento de reino sólido y profundo. Tal vez existan problemas gigantescos, pero ya está sembrada la semilla discreta del evangelio, que posee una fuerza irrevocable a condición de ser cultivada con mansedumbre y humildad. Parece que Jesús “juega con fuego”, porque trata temas muy peligrosos con cierta ingenuidad. Sin embargo, Jesucristo no se paraliza frente al mal, no porque sea ingenuo, sino porque su absoluto es la voluntad de su Padre.
En la parábola del trigo y la cizaña, trata Jesús el difícil y eterno problema del mal, que ha puesto en cuestión, desde siempre, la existencia de Dios, mas aun, al Dios de la Biblia, que es justo y misericordioso. Con ligereza se piensa que si el mal existe Dios no existe. No hay alternativa, si no quiere o no puede acabar con el mal, entonces no es Dios. Esto nos conduce a la duda que continuamente atormenta el corazón del hombre, ¿por qué a los malos les va bien y a los buenos, mal? Y, tal vez, el interrogante más escandaloso, en este tema, es el sufrimiento de los inocentes. Jesús acepta meterse con estas preguntas radicales, sabiendo que no hay respuestas satisfactorias desde la razón orgullosa, sino sólo desde la humildad y la compasión de Dios. Jesús no cede frente al pesimismo existente en esos tiempos en relación a este tema. Se pensaba que el mal se debía a la “caída” en la materia y a la sensibilidad con la que entramos en contacto con ella. Fuimos exiliados en el mundo y eso nos hace perversos intrínsecamente. La única solución es escapar de la cárcel del mundo material, renunciando al comercio con él. Esto hacía del mal una divinidad dueña de este mundo, donde es casi imposible un proyecto de vida y de amor. El reino de Dios no es posible en este mundo, es necesario salir de él. En la religión judía prevalecía este pesimismo y algunos lo aprovechaban para hacer negocio con el mal, condenando a los enfermos, a los pobres y a los que consideraban pecadores, para afirmar su supremacía.
Jesús, en lugar de negar el mal, o de caer en el pesimismo total, habla de él como una posibilidad siempre presente debido a los límites de las criaturas, corrompidos, más aún, estos límites, por el abuso de la libertad humana, adquiriendo características diabólicas. No se pone a pelear contra Dios, ni contra el ritmo de la vida. El mal es un “homenaje” a la infinita misericordia de Dios en atención a lo bueno. Más importante, para Jesús, sin dejar de denunciar la injusticia, es dar testimonio de la fuerza transformadora del Evangelio. Es más importante aprender a escuchar y gestionar el poder del reino de Dios, que trabaja silenciosamente, que incitar a la violencia contra los malvados(Mt 5, 39).










