– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXV ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
22 de septiembre, 2024
Desde el domingo pasado, san Marcos, nos viene iniciando con más intención en la centralidad del conocimiento de Jesucristo, en el sentido que lo expresa san Pablo: “Más aún, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús”(Flp 2, 8). Se trata de un conocimiento que no está al alcance de la capacidad humana. Por tres ocasiones Jesús anuncia su pasión a sus discípulos, las mismas que ellos reaccionaran de una manera frívola, vulgar. Como si Jesús se “desvenara” frente a ellos, mostrándoles sus más profundos sentimientos, lo más sagrado de su corazón, y ellos responden como unos salvajes, casi como los soldados que lo crucificaron que se burlaban de su realeza divina. A la hora de lo más decisivo de la enseñanza de Jesús nadie atinamos a comprender nada. La reprimenda que dio Jesús a Pedro llamándolo satanás, el que ahora tampoco entiendan y tengan miedo preguntar, es la prueba de que estamos frente a la sabiduría de la cruz, “que ninguno de los poderosos de este mundo ha conocido,…”(1 Cor 2, 8). Se trata de una sabiduría que “ni el ojo vio, ni el oído oyó,”(1 Cor 2, 9). Este conocimiento sólo es posible bajo la acción del Espíritu Santo: “…eso es lo que nos ha manifestado Dios por medio de su Espíritu. El Espíritu, en efecto, lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios”(1Cor 2, 10).
Lo primero que quiere enseñarnos san Marcos es una actitud discipular, la cual no consiste en una metodología, en una disciplina o en la observancia de reglamentos, por más meticuloso que estos sean. Todo lo anterior son presupuesto importantísimos, pero vendrían a equivaler a lo que san Pablo llama “una perdida” frente al conocimiento de Jesucristo: “…todo lo tengo por estiércol con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él con una salvación que no procede de la ley, sino de la fe en Cristo, una salvación que viene de Dios y se funda en la fe”(Flp. 3, 8-9). Jesucristo es la sabiduría que viene de Dios la única capaz de “hacernos puros, amantes de la paz, comprensivos, dóciles, llenos de misericordia, fecundos, imparciales y sinceros”(St 3, 17). El fruto más precioso del verdadero conocimiento de Cristo es la paz(St 3, 18). La “sabiduría” del mundo siempre producirá guerras, codicias, asesinatos, ambiciones”(St 4, 2). San Marcos no promueve el conocimiento gnóstico de Jesucristo, que conduce a la soberbia, sino el único conocimiento que puede hacernos hermanos. En la reacción de los discípulos en los tres anuncios podemos ver un retrato muy elocuente de la condición humana; se trata de una aspiración sagrada y muy legítima a ser importante a triunfar, que por su misma grandeza reclama una sabiduría más grande que la meramente humana, para que el éxito no se vuelva contra nosotros mismos.
La primera lectura, del libro de la sabiduría, nos muestra, también, la incapacidad del hombre para comprender la sabiduría de Dios encarnada en el proceder del justo. Los malvados, por un lado, reconocen cierta superioridad del justo, porque se sienten denunciados por su obras y palabras, pero en lugar de reconocer sus faltas proceden a eliminarlo, y buscan cómo hacerlo tropezar. No son capaces de poner en cuestión sus vanos criterios, sino que prefieren eliminar a Dios que actúa a través del justo. Aquí podemos ya ver anticipado el drama del juicio que se le hará a Jesús. Los anuncios de su pasión son ya una denuncia contra los malvados que le darán muerte, pero, también, de la dureza del corazón del hombre que prefiere matar a Dios antes que cuestionar sus “malas pasiones”.
Estamos frente al anuncio central del evangelio de Marcos: Jesucristo resucitado es el crucificado. Todos los malos entendidos sobre la persona de Jesús, en lo que va de su misión, proceden de su identidad de servidor, no tiene “psicología de príncipe”, sino que más bien se identifica con los humildes de la tierra: “es el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y de José, Judas y Simón”(Mc 6, 3). Jesús les había denunciado que la falta de fe hacia su persona estaba al mismo nivel de la incredulidad del pueblo de Israel en el pasado: “A los de afuera, en cambio, todo les resulta enigmático, para que por más que miren no vean, y por más que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”(Mc 4, 12). La transfiguración vivida por Pedro, Santiago y Juan, después del primer anuncio de la pasión, va encaminada a superar el escándalo que ha generado en los discípulo el anuncio de su pasión.
En el texto que meditamos es resaltado el mensaje central de Marcos: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”(Mc 9, 35). Jesús instruye a parte a sus discípulos, se trata de una enseñanza sumamente importante. Hablar del Cristo pobre, “entregado” es, también, hablar de las actitudes fundamentales para construir la comunidad. Si se pierde de vista al Servidor de Dios la lucha por el poder crece en la Iglesia y en la sociedad. La misma incomprensión de los discípulos es un llamar la atención sobre la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.
Como en el primer anuncio sirvió la resistencia de Pedro para llamar la atención sobre la identidad de Jesús como humilde servidor, ahora sirve el pleito sobre el más importante para invitar a profundizar en su conocimiento. En el tercer anuncio contrastará la petición de los hijos de Zebedeo(Mc 10, 37-38). Ahí les advertirá de apartarse de las actitudes de los jefes de las naciones, que las tiranizan haciéndose llamar bienhechores. “¡Que no sea así entre ustedes!(Mc 10, 43).Terminar en la cruz por parte de Jesús corresponde a pisar “la cabeza” de la tentación principal en este mundo: “Serán como Dios”(Gn 3, 5).
El pecado original tiene que ver con la vocación a la libertad del ser humano para recrearse a imagen y semejanza de Dios, que se pervierte por la ambición de hacerlo a costa de los demás. De pronto esta libertad comenzó a significar dominio de unos para con otros, explotación, manipulación, control, muerte. La libertad es un don maravilloso que fácilmente puede degenerar en abuso de poder, de conciencia y sexual. La historia de la humanidad es una historia de sometimiento del más fuerte hacia el más débil. La fraternidad, la familia, la comunidad siempre ha estado amenazada por el abuso de la libertad. Si ahora, Jesús; llama la atención a sus discípulos es porque los sintió enfrentados, divididos. No podía ser otra cosa, sino lo único que divide a los hermanos: el afán de poder, como nos lo dice Santiago: “Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”(St. 4, 2).
El problema no es que alguien se empodere y escale hacia la cima, esto es muy legítimo. El problema es cómo hacer para que el poder, el enriquecimiento y los privilegios de algunos no signifiquen hambre, pobreza y muerte para otros. No debemos de temer progresar, superarnos, crecer, a lo que debemos de temer es a que esto signifique sufrimiento, tragedia para otros. Las arrogancias, las prepotencias, los privilegios, las ambiciones desmedidas son diabólicas porque otro hermano más frágil va a tener que pagar mis excesos. A todos nos gusta presumir cómo arreglamos nuestros asuntos sin las complicaciones con que lo hacen la mayoría de las personas que no tienen “palancas”, “influencias”, dinero -la prole, la plebe, la perrada-. Sin embargo, todos nos sentimos muy humillados, con justa razón, porque los influyentes se nos adelantan en “la fila”, pero si nosotros tenemos la oportunidad de ser tratados con privilegios, o de hacer una trampa para resolver algún problema lo hacemos.
En la Iglesia, también, hemos dejado que se metieran estas dinámicas de favoritismos, de influencias, de alardes de poder, empoderándose mutuamente frente al pueblo pobre y sencillo que tiene que hacer “fila” para todo. Si hay modo de facilitar las cosa para algunos que lo haya para todos. En el caso de la Iglesia no deberían dispensarse nunca los procesos evangelizadores, ni favorecerse las celebraciones privadas, excéntricas, excluyentes, aunque se trate de gente “muy importante” o muy cercana a nuestro corazón.
Si Jesucristo reacciona enérgicamente frente a los halagos de Pedro o la discusión, ahora de los discípulos, es porque está frente a la fuerza que lo corrompe todo. Aquí está la raíz de todos los problemas, como dice Santiago. Si Jesús y Marcos insisten en que “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres…” no es porque quieran promover una fe pesimista, derrotista, negativa, están tratando problemas vitales muy graves, que aquejan a su comunidad y a la humanidad entera: siempre estamos frente al riesgo, en las comunidades civiles y religiosas, de que algunos se hagan del poder y destruyen a sus hermanos. Las comunidades cristianas de Marcos sufrían la tiranía del imperio romano, pero seguramente también en su interior se daban, lo que viven todas las comunidades, luchas intestinas por el poder. El anuncio de la pasión de Jesucristo es, en el fondo, un llamado a la fraternidad.









