– Semana Santa-
REFLEXIÓN DE SEMANA SANTA
Del Domingo de Ramos: Jesucristo, hombre humilde y despojado
En el relato de la pasión según San Juan, en el momento del juicio, en un momento dado, Pilato presenta a Jesús diciendo: “Éste es el hombre”. Empieza luego el griterio de los religiosos y guardias diciendo: “¡crucifícalo, crucifícalo!”.
“Éste es el hombre”, pero que tipo de hombre contemplamos en Jesús. Podemos imaginarlo, porque unos versos antes se dice que Jesús ha sido azotado, se le pone una corona de espinas, se le viste con un manto de púpura, burlandose de él diciendo: “Salve, rey de los judíos y le daban bofetadas”.
En este hombre disminuido, golpeado, torturado se nos presenta al “Hombre” por excelencia. De hecho, el profeta Isaías nos hablara de este hombre servidor como “alguien que no tenía gracia ni belleza, ningun aspecto atractivo, un don nadie”.
En estos dias de semana santa los invito a meditar y contemplar el misterio de este “Hombre” que nosotros consideramos Hijo de Dios, nuestro Salvador. Nos preguntamos qué tipo de hombre se nos revela para aprender a ser como él, a ser personas animadas por su vida y por su ejemplo.
Hoy domingo meditemos en “Jesucristo, Hombre humilde y despojado”. La Palabra nos ilustra sobre la humildad de Nuestro Señor:
- Él, siendo Dios no quiso aferrarse a su condición divina, no se apropio de sus privilegios sino que tomo la decisión de salir de sí mismo, ponerse en movimiento “descendente”, salir al encuentro de la humanidad y por esto se “anonadó” a sí mismo.
- Pero esto implico para él tomar otra condición renunciando a sus privilegios: San Pablo lo afirma de una manera concreta. Jesucristo, estando en la esfera de la divinidad, aquello que el escritor expresa tambien con otros términos: Jesucristo, “siendo el resplandor de la gloria de Dios, el que sostiene todo con su palabra poderosa”, quiso hacerse nuestro hermano.
- No solamente se hizo semejante a los hombres sino mas especificamente, se humilló a sí mismo, tomo la condición de un esclavo, de un siervo. Y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz.
- El profeta Isaías nos presenta a Jesús como un discípulo obediente y dependiente del Padre. Atento a su Palabra y a su voluntad. Por esto afirma en San Juan “el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso tambien lo hace igualmente el Hijo… Yo no puedo hacer nada por mi cuenta…” (Jn. 5,19.30).
- Pero en la pasión es donde podemos ver que Jesucristo, Hijo de Dios es despojado de todo privilegio y dignidad. Como dice San Pablo el aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. San Marcos nos habla de la tortura inflingida a Jesús: comenzando por la traición de uno de los suyos, todos lo abandonan y huyen, lo declaran reo de muerte, lo escupen y tapandole la cara lo abofetean y se burlan… hasta los criados le dan de bofetadas. Hasta los que estaban crucificados con él tambien lo insultaban.
- Es probable que Jesús se sienta abandonado del Padre Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?. Y sin embargo no desea otra cosa que realizar su voluntad.
- “Aun siendo Hijo, por el sufrimiento aprendió a obedecer”. No se le ha ahorrado nada, aun como Hijo de Dios
La escuela de la humildad es el Hijo. El nos invita a venir a El para aprender su mansedumbre y su humildad. Pero tambien se reconoce como el Enviado del Padre. El no viene de sí mismo. La fuente de su ser y su misión está en el Padre. Su ser más profundo está configurado por la relación con Aquel que lo envía. De Él recibe su identidad profunda.
La fuente de la humildad del Enviado se encuentra en saberse Hijo: “Aun siendo Hijo, por el sufrimiento aprendió a obedecer”. Hacerse y presentarse como Hermano “el no se averguenza de llamarnos hermanos”; y Presentarse como Servidor. El Maestro y Señor, se despoja de sus vestidos de Hijo para ceñirse los del Siervo. Esta en la mesa como servidor y de El debemos aprender todos.
Podemos preguntarnos, ¿porqué Jesus ha recorrido este camino de humildad y despojo? San Juan nos dice para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos y reconducirlos a su origen que es la comunión con el Padre Dios. O como se afirma en otro texto: “Para conducir a la gloria… además, Él compartio nuestra carne y nuestra sangre, para reducir a la impotencia mediante su muerte al que tenia el dominio sobre la muerte, es decir al Diablo y liberar a los que por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Heb. 2,14).
Al iniciar la Semana Santa somos invitados a contemplar a Jesucristo, Hombre humilde y despojado, nuestro Maestro y Señor que nos provoca e invita a ir detrás de Él. Es él quien nos invita a entrar por los caminos de la humildad y la renuncia. Y si su identidad mas profunda la alimenta constantemente al saberse Hijo, hacerse hermano y presentarse como Servidor. Alli encontramos un camino concreto para crecer como personas y como discipulos.
Siendo realistas, nos damos cuenta que no estamos ante algo espontáneo. Todos queremos triunfar por nuestros medios. Dios interviene para conducirnos a la humildad. Nos pide renunciar a la fuerza de los hombres, asi, el mundo podrá comprender que la victoria le corresponde a Dios. El quiere triunfar y revelarse con los pequeños y sencillos. Quien permanece pobre y pequeño en el nombre del señor no temblará ni El Señor, le hará temblar. Pero quien, como Pedro, pretenda seguir a Jesús desde sus propia fuerzas, antes que cante el gallo lo negará.
Digamos como Pedro, después de la Resurrección: “Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Es la humildad del discípulo la base sobre la que puede alzarse el edificio de la fe. De otra forma, cuando arrecien los vientos de la tempestad nuestro edificio se derrumbará como un castillo de naipes.
El hombre humilde y despojado, es fecundo como su maestro. Toda su persona se hace disponibilidad al espíritu que prosigue la obra del Hijo en el mundo. Lleno del Espíritu podrá comunicarlo a los hombres, enriqueciéndolos así con su dignidad de hijos y con ellos glorificar al Padre que ha elegido lo que no es según el mundo para confundir a los soberbios de corazón.
Jueves Santo: Jesucristo, hombre generoso y comido.
“Este es el hombre”, asi presenta Pilatos a Jesús en el momento del Juicio. Nos preguntamos de nuevo, ¿que tipo de Hombre se nos revela en Jesus?
San Pablo resume el mensaje de Evangelio diciendo que él aprendio de Jesús que “Hay mayor felicidad en dar que en recibir”(Hech. 20,35). De hecho el evangelista San Marcos anota como en los dias de su ministerio, mientras servia a la gente “no les quedaba (a él y los suyos) tiempo ni para comer” de tanta gente que lo buscaba (Mc. 6,31).
Es San Marcos quien nos describe un dia pastoral en la vida de Jesús en el primer capitulo de su evangelio: al llegar el sabado entra en la sinagoga y cura un endemoniado; va luego a la casa de Pedro y sana a su suegra; realiza despues numerosas curaciones, la multitud lo rodea. Posteriormente se retira en la madrugada para estar en soledad y oración. A Jesús lo vemos siempre en referencia con la gente, vuelto hacia ella y sus necesidades. Su ritmo de vida, sus prioridades, su agenda lo marca la vida de su pueblo. El se gasta y desgasta sirviendo, sanando, liberando y luchando contra el maligno, origen y causa del temor, y quien tiene sometido a la gente. Asi lo afirma el escritor “…como los hijos comparten la sangre y la carne, asi también compartió él las mismas, para reducir a la impotencia mediante su muerte al que tenía el dominiio sobre la muerte, es decir, al diablo y liberar a los que, por temor a la muerte estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Heb. 2,14s).
Jesús hace de su fraternidad y compasión, de su amistad y entrega un pan que nutre la fe, que alegra el camino y fortalece la confianza. Un pan que alimenta y abre a la esperanza. Las primeras comunidades no dudaron en comparar a Jesús con un pelicano. El pelicano es uno de los pocos animales capaces de lastimarse a sí mismo para alimentar a sus crias, por esto el pelicano es un símbolo de la generosidad llevados hasta el sacrificio completo de sí mismo. Precisamente lo que hizo Jesús por la humanidad, por nosotros.
La institución de la Eucaristía que celebramos hoy, hace referencia al gran misterio del cuerpo y la sangre de Jesucristo, sacramento que recoge muy bien la vida toda del maestro. La última cena, no es un hecho aislado como si fuera una mera despedida de Jesus, sino el ultimo gesto que celebra con los suyos y como él mismo lo dice “deseaba celebrar y comer la Pascua antes de padecer” (Lc. 22,14).
Jesús, en la ultima cena, no solamente celebra el acontecimiento del exodo que es motivo de la fiesta y se celebra con un cordero como memorial del Dios liberador que en el pasado habia mostrado su predilección por Moisés y su pueblo y que ante todo deseaba establecer una alianza de amor y misericordia con los suyos. El mismo les habia dado a conocer: Yo sere tu Dios y tu seras mi pueblo.
Pero ahora, en esta nueva pascua Jesús se presenta como el nuevo cordero pascual. De hecho es San Juan quien asi nos presenta al Señor: el cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Cristo, es nuestro cordero pascual que ha sido inmolado (1Cor. 5,7). Por esto, ahora el desea celebrar esta fiesta re-significando y dándole un nuevo sentido: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes, Hagan esto en memoria mia”.
La eucaristía es nuestra fiesta pascual por la cual Dios viene a purificarnos y redimirnos: como hemos dicho en el Salmo: Gracias, Señor por tu sangre que nos lava. Tu sangre que nos reconcilia y nos purifica. Por este misterio de amor que nos devuelve nuestra primera identidad como hijos e hijas, imagen y semejanza tuya, y Jesucristo como primogenito entre muchos hermanos.
Jesucristo nos invita a pasar (Pascua) junto con el a una nueva manera de ser y de vivir. Su generosidad y su servicio lo ha renovado todo. Pero tambien nos invita a entrar en su manera de vivir: “ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor les he lavado los pies, tambien ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros”. Celebrar esta noche la Pascua es entrar en comunion con Jesús y recordar que no solamente participamos en un rito y en un recuerdo del pasado, sino que entramos a ser parte con Él, uno con Él. Llamados a ser como el Maestro y Señor.
El P. Antonio Chevrier, sacerdote del siglo XIX decia con toda convicción que el Sacerdote es Otro Jesucristo: Un hombre despojado como Jesus en el Pesebre, un hombre crucificado como Jesús en la cruz, un hombre comido como Jesús en la Eucaristía. Pero yo creo que no es solo el sacerdote, sino toda la iglesia, todos los discipulos los que estamos llamados a reflejar en nosotros y nuestras vidas el misterio de Jesús.
“Mi Cuerpo entregado por vosotros”. Meditemos qué puede significar para nosotros dar nuestro cuerpo en el Cuerpo de Cristo. Damos nuestro cuerpo para que siga creciendo y desarrollándose el Cuerpo del Resucitado en la historia, que es la iglesia. Por el don del cuerpo, Cristo nos asocia a su Cuerpo espiritual. El Esposo. (Cristo) y la Esposa (La Iglesia) no pueden separarse. Cristo, al dar su Cuerpo y su Sangre, nos hace su Cuerpo y su Sangre y nos invita a entrar en el dinamismo de su caridad aprendiendo a hacer ofrenda de nuestra vida.
Celebrar la institución de la eucaristía es ir aprendiendo a hacer ofrenda y oblación nuestra existencia. A ser generosos como Jesús y hacer de nuestra vida un PAN. Es decir, nuestro cuerpo, nuestro tiempo, nuestros bienes, nuestra vida para bien de la iglesia y del mundo. Con Jesús hacer de nuestra vida un pan, alimento de esperanza para los hermanos… para que otros tengan vida. Es Cristo en nosotros que sigue diciendo: “tomad y comed”. La vida cristiana es un dejarse triturar con Cristo para llegar a ser buen pan para los hombres. El discípulo permite que Jesús Maestro siga entregándose en él para que viva su Iglesia. De esta forma la vida del discípulo se nutre incesantemente de la eucaristía para llegar a ser un Pan que alimenta al mundo de Fe, Esperanza. De amistad y caridad, de servicio y entrega para que este mundo vaya siendo mas fraterno y reinen los valores del Reino.
Viernes Santo: Jesucristo, hombre inmolado en favor de la humanidad.
“Este es el hombre”, hemos escuchado en el evangelio, como Pilatos presenta a Jesús en el momento del Juicio. Nos preguntamos de nuevo, ¿que tipo de Hombre se nos revela en Jesus hoy que celebramos su pasion y muerte?
San Alfonso Maria de Ligorio, un santo que vivio de 1696 a 1787(originario de Napoles, Italia), se imagina un dialogo entre el Padre Dios y el hijo ante la realidad del mundo:
Dios Padre pregunta: ¿Quién querrá ir a rescatar al hombre?, mientras los ángeles guardan silencio, el Verbo eterno exclama: “Heme aquí envíame” sigue un largo dialogo entre el Padre y el Hijo. El Padre dice Piensa oh hijo mío, que al encargarte de pagar por el hombre, serás obligado a llevar una vida llena de fatiga y de dolor. –No importa, dice el Hijo, heme aquí estoy, envíame.
Piensa que te verás obligado a nacer en un establo hecho para las bestias; que, incluso de niño serás obligado a huir a Egipto para evitar caer en las manos de estos mismos hombres a quienes quieres salvar y que, desde tu más tierna infancia, tratarán de arrancarte la vida. –No importa, Padre mío, aquí estoy, heme aquí, envíame.
Piensa que, de regreso a Palestina, vivirás en el desprecio y rechazo, sencillo obrero de un pobre artesano. –No importa, heme aquí envíame. –Que cuando salgas para predicar y manifestar quién eres, solamente tendrás pocos discípulos que se te unirán, que todos los demás te denigrarán y calumniarán, llamándote impostor, hechicero, insensato, samaritano y que, finalmente te perseguirán hasta hacerte morir vergonzosamente a fuerza de tormentos, sobre un madero infame. Y Jesús responde, “No importa, envíame”.
La Carta a los Hebreos pone precisamente en labios de Jesús estas mismas palabras que proceden del Salmo 40: “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo… entonces yo dije ¡He aquí que yo vengo a hacer, oh Dios tu voluntad!”. Y como hemos escuchado de la misma carta (2ª. Lectura) que nos ha referido que realizar la voluntad del Padre no le ha sido sencillo: “en los dias de su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, con poderoso clamor y lagrimas a aquel que podia librarlo de la muerte, y fue escuchado por su actitud reverente…aun siendo el Hijo, aprendio en el sufrimiento a obedecer”. De la misma manera en la primera lectura, se nos habla precisamente de un hombre humilde y sufriente, “hombre de dolores”, “siervo sufriente”. Hombre que no tenía apariencia ni presencia. Despreciado, marginado, hombre doliente y enermizo, Despreciable, un Don Nadie y con todo era nuestras dolencias las que él llevaba… el soportó el castigo que nos trae la paz, con sus cardenales hemos sido curados… como un cordero fue llevado al matadero”.
Nuestro Señor es un hombre familiarizado con el sufrimiento y con el dolor: Ya desde el momento de su nacimiento no se les concede espacio en la posada, no hay lugar para ellos. Con sus padres deben huir a Egipto porque Herodes desea matarlo. Apenas al comenzar su evangelio, San Marcos comenta que los fariseos se confabulan con los herodianos contra Jesús para ver como eliminarlo (Mc. 3,6). Tambien sus mismos parientes van a buscarlo porque afirman que Jesús “está fuera de sí”, “esta loco” (Mc. 3,21). El Evangelio nos habla de como Jesús suscita mucho entusiasmo al principio pero progresivamente la gente lo va dejando solo. Como dice el anciano Simeon a la Virgen Maria: “Tu hijo, esta puesto para caida y elevación de muchos en Israel y como signo de contradicción, y a ti una espada atravesará el alma”.
Recordemos que Jesús nos comparte una convicción que sintetiza su visión sobre el sentido de la vida: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardara para una vida eterna”. La vida es pues para gastarla y desgastarla en el servicio, en la construcción de un mundo mas fraterno y solidario, en la construcción de la gran familia de los hijos – as de Dios.
Estamos ante una de las paradojas del Evangelio: para vivir hay que aprender a morir poco a poco, para ganar hay que entrar en la dinamica de perder. Para subir y ascender (algo tan inscrito en el corazón) hay que descender y bajar. Para conquistar es preciso renunciar. Por vivir la vida asi, Jesucristo se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”
Y es que Jesús nos ha enseñado que la vida del creyente es una busqueda permanete de agradar al padre Dios, de buscar su voluntad aunque esto suponga renunciar y morir a su voluntad, a su fama, a su familia, al mundo. Disponerse a inmolarse por causa de este bien mayor que es el Reino de Dios. “Cuanto más muerto se está, mas vida se tiene, mas vida se da”.
Ayer deciamos que el Cristiano es llamado a ser Otro Jesucristo: Un hombre despojado como Jesus en el Pesebre, un hombre crucificado como Jesús en la cruz, un hombre comido como Jesús en la Eucaristía. “Los sacerdotes junto con los fieles son invitados y conducidos a ofrecerse a si mismos, sus trabajos y todas sus cosas en unión con Cristo mismo (PO 5). Conviene decir que la “inmolación” con Cristo no es masoquismo, ni desprecio a la vida, es mas bien un camino de alegría y de liberación pascual. Es el camino de plenitud en el que Jesucristo desea introducirnos. El discipulo de Jesús está llamado a llevar por todas partes el morir de Cristo. Sólo los hombres que, guiados por el amor, aceptan el “absurdo” de la inmolación, serán “fecundos” para hacer la obra de Dios. Quien acepta ser asociado a la ofrenda del Hijo al Padre, será un manantial de vida y de gozo para su comunidad.
Asi pues hemos de aprender a inmolarnos dia con dia, como dice Jesús, ir detrás de él cargando con la cruz. Hemos de aprender a ofrecernos con Cristo, a inmolarnos con El, en el trabajo y responsabilidad de cada dia. Desde aquí adquiere sentido el esfuerzo, luchas y cumplimineto de responsablidades cada dia. Inmolarnos con Cristo en la oración, en la penitencia, en el esfuerzo de construir nuestra familia. El trabajo de cada dia o cuando somos probados en la enfermedad o cualquier tipo de crisis.
Jesucristo Hombre inmolado para nuestra salvación nos invita a seguirlo y a inmolarnos dia con dia en todo lo que vivimos. Aprendamos a decir con el: Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.
Pascua: ser personas a la manera de Jesus para construir una humanidad nueva
“..No se asusten. Buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí…” (Mc 16,6). Con estas palabras el mensajero pascual sorprende a las mujeres que se dirigen al sepulcro. Las mujeres, se encaminaban presurosas al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús, y se preguntaban cómo moverían la piedra del sepulcro sin sospechar la novedad y riqueza de la Buena Noticia: “…el Crucificado ha resucitado, no está aquí”.
Nos encontramos hermanos ante un acontecimientos definitivo, la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es el núcleo central de la experiencia cristiana y el fundamento de la fe, a través de la cual se proclama a Jesús Cristo y Señor. En estos dias hemos celebrado la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo , y puede quedarnos la impresión de un aparente fracaso o sinsentido de la vida de Jesús. De hecho es interesante constatar en el Evangelio de San Marcos este camino marcado por la dificultad y el conflicto vivido por nuestro Señor: Jesús se presenta en Israel sin éxito (Mc 1,14-8,26); luego fue revelando el misterio de su destino a sus discípulos también sin mucho fruto (8,27-10,52). En todas partes Jesús parece no encontrar sino incomprensión y espíritus cerrados. De hecho la relación con sus discípulos parece estar marcada por la incomprensión y dificultad para entender (4,13.40; 6,52; 7,18; 8,17-21; 9,9s.31s). Es, después de su crucifixión cuando el centurión pagano proclama: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15,39).
El Evangelio insiste en presentarnos la persona de Jesús resucitado totalmente identificado con el mismo Jesús crucificado. La presentación de Jesús resucitado con los signos de la pasión, sus manos y sus pies traspasados (Jn 20,27), confirman a los discípulos sobre la identidad real entre Jesús crucificado y el Señor que se revela ahora glorificado. En este sentido se puede decir que la resurrección es la respuesta de Dios Padre a la condena y al suplicio inflingidos a Jesús por los hombres (cf. Hech 2,23-24; 3,13-15).
De esta manera, Dios, que parece guardar silencio en la pasión, se manifiesta ahora de una forma nueva y definitiva, “levantando” a su Hijo de entre los muertos. Avalando y justificando asi TODO lo que Jesús había vivido y enseñado con su palabra.
La Resurrección nos muestra que una vida vivida asi es grande y bella a los ojos de Dios y ésta glorifica al Padre (Jn 3,16; 15,13; Gal 2,20). Una vida asi da fruto abundante, perdura para siempre y tiene “la fuerza de una vida indestructible” o como lo dice el Cantar de los cantares, “El amor es mas fuerte que la muerte” (8,6).
Esta “vida indestructible” beneficia a toda la “la humanidad”. Todos somos favorecidos por la vida del Señor Jesús, que también como “cordero pascual” ha venido a hacernos partícipes de la libertad que Dios quiere para todos sus hijos. Todos somos invitados a ir a Galilea, a ir detrás de Jesús en su camino de humildad, generosidad, fraternidad e inmolacion.
La Resurrección es un grito de Esperanza en medio de nuestro mundo. La Resurrección ilumina no sólo el destino humano, sino también el destino de todo el mundo por la solidaridad que existe desde la historia de la creación. El sentido último de la historia, de la vida humana y del mundo es definido por la resurrección de Jesús. El Pecado no tiene la ultima Palabra, la muerte no es lo definitivo para la humanidad. Por esto la resurrección del Señor es garantía y anticipación de aquella plenitud de vida a la cual estamos destinados.
La Resurrección es un grito de confianza. Las mujeres que se encaminan al sepulcro discuten sobre cómo acceder al cuerpo de Cristo que se encontraba en aquel lugar cubierto por una piedra grande e inamovible para ellas. Cual será su sorpresa al llegar y ver que la piedra, el obstáculo había sido removido, pero también al escuchar la palabra que invita a la confianza y a la apertura: “No se espanten. Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. No está aquí; ha resucitado…”. En Jesús resucitado, Dios Padre viene a desechar nuestros temores y abrirnos a la confianza. No hay nada imposible para él, por mas que temamos y nos preguntemos sobre tantos obstáculos y “piedras” que nos parecen inamovibles, El siempre nos puede sorprender.
La Resurrección es una invitación a salir e ir al encuentro de otros para compartirles nuestra alegría. Las mujeres son invitadas al testimonio: “vayan a decirles a sus discípulos y a Pedro: ‘El irá delante de ustedes a Galilea…”. El Evangelio de la Resurrección es necesario proclamarlo, gritarlo con la palabra y la vida, en la confianza de que el Resucitado “va delante”. Jesús resucitado ha sido constituido Señor y Guía de la humanidad gracias a la fuerza de su amor, de su entrega, de su cruz.
De esta certeza sobre la resurrección del Señor surge también la urgencia de vivir de manera diferente. Para la comunidad más primitiva, creer significaba vivir ya –aquí y ahora- en la Pascua del tiempo de salvación. Como quien había sido arrancado de una generación corrompida para ser una nueva criatura (Col 3,9s).
En el camino de nuestra historia, Dios por su bondad en su Hijo Jesucristo ha querido compartir con nosotros toda nuestra vida (Heb 2,18). Como hemos meditado en los dias de cuaresma, en Jesucristo nos ha ofrecido un Hermano (Heb 2,11.17), guía (2,10; 12,2), un maestro (Jn 13,13) un intercesor y ante todo un maestro de vida. Es a causa de su amor incondicional, su obediencia filial, su fidelidad hasta la muerte que ha sido constituido como señor del Universo (Fil 2,9). Pero en Jesús Hijo de Dios se nos revela el hijo (a) que todos somos llamados a ser; en Jesús Hombre Nuevo se nos manifiesta la Humanidad que Dios quiere recrear y renovar, en Jesucristo hermano se nos revela la fraternidad que somos llamados a construir. En Jesucristo Hijo de Dios y Hombre en plenitud se nos manifiesta la vocación última que como bautizados estamos invitados a vivir y el hombre que hemos de construir en nosotros. (“reproducir la imagen de su Hijo” cf. Rom 8,29).
Purificados de la “levadura vieja” (1Cor 5,7) y reconciliados después de haber caminado juntos en el tiempo cuaresmal. Habiendo renovado nuestras promesas bautismales siendo así reanimados por el Espíritu del Resucitado dispongámonos a ser “levadura evangélica” (Mt. 13,33) a ser “luz y sal” (Mt 5,13.14), a ser hombres-mujeres a la manera de Jesús en medio de todo lo que somos y vivimos.










